David Uclés: “Hablo de amor y de sentimientos. No sé si hacerlo es un gesto político”
El autor de ‘La península de las casas vacías’ regresa con la novela que le valió el Premio Nadal, ‘La ciudad de las luces muertas’, una ficción sobre la capacidad del arte “para darnos luz y dispersar la bruma”.
Ruta (literaria) por Iberia de la mano de David Uclés
“Otro naufragio sonado fue el del barco donde viajaba el pianista Enrique Granados”, escribe David Uclés en un pasaje de su nueva novela, con la que obtuvo el pasado enero el Premio Nadal. “Como no se hundió cerca de la costa, los hijos del compositor leridano se quedaron toda la noche sentados en un rompeolas, esperando ilusionados al padre. Lloraban de emoción porque las aguas les traían el sonido de la segunda Danza Íbera compuesta por él, la Oriental, como si el mar hubiera querido encerrar la última música tocada por el hombre. Estuvieron tanto tiempo inmóviles sobre la superficie que se les calcificaron las posaderas sobre las rocas. Pasada la oscuridad, tendrían que ser desprendidos con mucho cuidado, con cacillos de agua tibia, aceite y unas espátulas de cuero endurecido”. Tras el fenómeno de La península de las casas vacías, el jiennense se mantiene fiel a sí mismo en La ciudad de las luces muertas (Destino), crónica de una Barcelona sumida en la penumbra por la que deambulan artistas de épocas diversas y en la que Uclés, que visitó ayer Sevilla con el Centro Andaluz de las Letras, despliega de nuevo todo un festín de imaginación, humor y ternura.
Pregunta.–En algún momento de La ciudad de las luces muertas, Gaudí sostiene que la responsabilidad de los artistas es dar luz a la gente. Quizás sea un buen resumen del libro.
Respuesta.–Sí. Yo creo que, en periodos de oscuridad, el arte es una de las herramientas que tenemos, entre otras, para obtener algo de luz y dispersar la bruma. Siempre ha sido así. También hay otras armas como la política o la dialéctica, pero en este caso elijo 75 personajes que son todos artistas. Aquí no hay políticos, sino hombres y mujeres que crean y que utilizan la palabra o la imagen para devolver la luz a una ciudad desprovista de ella.
P.–La trama arranca con una visita de Carmen Laforet a los Juegos Florales. Una escritora que se adentra en un mundo concebido para los hombres...
R.–Prueba de ello es que esos Juegos Florales los ganó Caterina Albert, y se presentó para participar con un seudónimo masculino, Víctor Català. Lo curioso es que una vez que se destapó su verdadera identidad ella siguió firmando así, quizás porque creería que el nombre de hombre le abriría más puertas. También Mercè Rodoreda estuvo a punto de lograr el Premio Sant Jordi por La plaza del diamante, pero el libro se llamaba entonces Colometa y Josep Pla se negó a galardonar una novela que en su opinión tenía el título de una sardana. Pla dijo que prefería premiar una historia de putas y estraperlistas antes que las vivencias de una mujer.
“En esta novela son los artistas, y no los políticos, los que buscan las soluciones”
P.–Cada personaje real que asoma por la novela va acompañado de un oficio, de una definición, y Gabriel García Márquez es aquí “el mago”.
R.–Lo que yo hago es realismo mágico, pero la verdad es que no me pudo marcar García Márquez: el libro suyo que leí en el instituto fue Crónica de una muerte anunciada, que no era precisamente muy fantasioso. Esa etiqueta del boom latinoamericano se forjó en Barcelona, y junto a Gabo aparecen en el libro Vargas Llosa o Carlos Fuentes. No podía desaprovechar a un personaje como García Márquez, lo retrato cargando todas sus ideas fabulosas en un barco. Me divertí mucho imaginándolo...
P.–En esta galería de ilustres que reúne se aprecia lo efímera e ingrata que es la fama: la diva Raquel Meller, portada del Time y pintada por Sorolla en su tiempo, hoy no es tan conocida por el gran público...
R.–Da pena asumir algo así, pero el tiempo lo borra casi todo. Nuestra función, la de los escritores, la de los periodistas, es recuperar el legado de quienes nos precedieron. Con Rodoreda yo ahora estoy a tope: ando preparando una nueva edición de La muerte y la primavera que saldrá en abril con una cubierta que he dibujado y un prólogo que he escrito. Yo fui a Club Editor, el sello que ha publicado a Rodoreda toda la vida, y les insistí en que ese libro merecía una portada impactante, que me dejaran hacerla. Pero no puedes luchar por todos los autores que te han maravillado. Es ley de vida que con el tiempo no se acuerden de la gente, como un día se olvidarán de nosotros.
P.–De todos los prodigios que relata, ¿qué hallazgo le causó mayor asombro mientras investigaba?
R.–El dato de que Cortázar murió de sida, por una transfusión de sangre, algo que se supo hace poco por unas cartas de Peri Rossi, que como uruguaya exiliada en Barcelona no podía faltar en esta novela. También me sorprendió encontrarme con el episodio de La Capuchinada, del que nunca había oído hablar y que fue nuestro mayo del 68. Acercarse a Jean Genet también me resultó fascinante. Yo había leído su teatro, pero con lo que cuenta de sus días en Barcelona en Diario del ladrón me quedé de piedra. ¡Si no hemos inventado nada! Si ya en los años 20 había drags y muchas historias que creemos nuevas... Cuando indagas en un enclave tan cosmopolita como Barcelona, te llevas muchas sorpresas. La ciudad de las luces muertas es un homenaje a ese lugar, y fue posible gracias a una beca que me concedieron allí. Para mí, ser escritor no se diferencia mucho de un corresponsal: vas a un sitio, te haces con el territorio y lo cuentas.
P.–Sus novelas desprenden una rara ternura. Se nota que siente cariño por los personajes...
R.–Hace poco, en una reseña en Goodreads [una plataforma donde el público comenta los libros que lee] alguien decía que le iba a poner cuatro estrellas a este libro porque le gustaba una chispa menos que La península, pero que los personajes eran tan tiernos que subía a cinco estrellas y que se pensaba leer todo lo de ese Uclés. [Ríe] Ese comentario y otros que me han hecho luego insisten en la ternura, y es verdad que está ahí. Incluso en los personajes más canallas, como podría ser Picasso, me interesa su humanidad: a Picasso lo retrato emocionado por el suicidio de su amigo Carles Casagemas. Quizás mi mirada quiera ver eso, la parte noble. En La península..., todos eran muy inocentes. Algunos me dijeron entonces que era un poco cursi, pero porque hablo del amor y de sentimientos, no tengo miedo de expresarlos. No sé si eso es un gesto político.
P.–Usted hace un cameo en la novela, como Hitchcock aparecía en sus películas.
R.–Es que yo cantaba en un café que se llama El Cangrejo Flamenco, tenía ahí un espectáculo de chanson française... y en ese local Carmen Amaya dio sus primeros pasos, y Lorca iba a escribir en los descansos de Doña Rosita. Aunque algunos lectores creen reconocerme en otra escena, cuando se dice que se forma después de una explosión una boina sobre la ciudad de Barcelona. [Ríe] ¡Pero, hombre, yo no soy todas las boinas!
P.–A sus personajes les asaltan recuerdos del futuro. ¿Qué pálpito le inspira a usted el povenir?
R.–Está la cosa mala, como dice Chiquito [ríe]. Veo el futuro muy tecnológico, está cambiando mucho con la IA y más que va a cambiar, y nos tendremos que adaptar, no queda otro remedio. Y en lo político, en fin, viene una etapa negra, aunque el mundo es cíclico. A ver cómo lo digo sin meterme en demasiados berenjenales: yo soy progresista y quiero que haya un gran partido de izquierdas, pero también uno de derechas. Y por ciertas decisiones erráticas que está tomando el PP, uno auguraría que en unos años va a desaparecer engullido por Vox.
“No me sentía cómodo con el cartel de ‘Letras en Sevilla’ y me bajé. No hay nada más”
P.–Usted habla abiertamente sobre política, pero otros creadores parecen tener miedo de pronunciarse. La semana pasada, por ejemplo, el jurado de la Berlinale evitó pronunciarse sobre Gaza.
R.–Yo me di cuenta pronto de una historia: en este país, si opinas está mal, y si no lo haces también. Si escoges el blanco habrá quien te señale, y si eliges negro ocurrirá igual. No pronunciarse sobre lo que ocurre en Palestina, callar ante algo así, también es una forma de mojarse. Si tienes voz, y vives en sociedad, tienes que expresarte ante los problemas del mundo.
P.–Hace unas semanas ya que canceló su participación en las jornadas Letras en Sevilla. ¿Cómo se encuentra después de esa polémica?
R.–Todo lo que pensaba lo dije en el vídeo de dos minutos que grabé. No ha habido ninguna reflexión posterior por mi parte, tampoco ha habido arrepentimiento. Simplemente, no me sentía cómodo y me bajé del cartel, no hay nada más. He recibido algunas críticas desde entonces que me han hecho más fuerte, pero también siento el cariño, un cariño inmenso, de la gente. Últimamente he estado en presentaciones a las que han ido 500 personas, y me han hecho tantas fotos con los móviles al entrar que me ponía colorado. Estoy viviendo un sueño. Sería idiota si me quejara.
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