Música para una visión desolada

JOAQUÍN RIQUELME & ENRIQUE BAGARÍA | CRÍTICA

Riquelme, Bagaría y el más oscuro Shostakovich. / Guillermo Mendo

La ficha

****Programa: ‘Oració al Maig’, de E. Toldrá; ‘Siete canciones populares españolas’, de M. de Falla; ‘Le Grand Tango’, de Á. Piazzolla; Sonata para viola y piano op. 147, de D. Shostakovich. Viola: Joaquín Riquelme. Piano: Enrique Bagaría. Lugar: Teatro de la Maestranza (Sala Manuel García). Fecha: Domingo, 11 de enero. Aforo: Dos tercios de entrada.

Comprende uno el amor hacia la viola que profesaron músicos de la altura de Bach o Mozart cuando escucha a un intérprete como Riquelme capaz de extraer del instrumento esa inacabable gama de colores y texturas. Su afinación (nada sencilla en este instrumento) es impecable en toda la gama y en todas las cuerdas y su articulación llena de detalles y matices hace cantar a la viola como si fuera una voz humana plegada a todos los sentimientos posibles. Únase a ello su fraseo siempre acorde a la música que pone en su atril y la presencia de un pianista tan sólido y brillante como Enrique Bagaría para suponer que fue un concierto espléndido.

Riquelme exploró las tonalidades más doradas de la viola en la obra de Toldrá, aderezada con un muy elegante y medido legato hasta culminar con un evanescente pianissimo. Toda la gama de volumen y de detalles tímbricos emergió en las versiones de las famosas canciones de Falla (suponemos que en la transcripción de Emilio Mateu), en las que Bagaría tuvo ocasión de desplegar sutileza en el uso del pedal, delicadeza en la pulsación (Nana) y energía en los ataques (Polo). Por su parte, Riquelme jugó con la sutilidad de los armónicos (Canción), con la soñadora delicadeza de la sordina (Nana) y con la garra y el rubato de la Jota, el mismo rubato que pudo ir un poco más allá en Piazzolla, que también hubiera agradecido una articulación más eléctrica y enérgica por parte de la viola.

Con todo, el verdadero corazón del concierto fue la sonata de Shostakovich, una obra terminal que cada vez que se la escucha nos inunda de congoja y desolación, incluso cuando en el segundo movimiento despliega una de sus típicas danzas sarcásticas e irónicas, que aquí se tiñen de amargura y de rabia contenida. Los sobrenaturales trémolos sobre armónicos de la viola en el primer tiempo crearon esa atmósdera de desasimiento, de situarse fuera de lo cotidiano, de disolución en la nada, un paisaje emocional remachado por los sonidos negros del piano. Ambos intérpretes forzaron la acidez de los ataques de la viola y la contundencia percutiva del piano en la danza deformada hasta lo exasperante del segundo tiempo, consiguiendo esa especie de grito desesperado que Shostakovich escupe sobre su mundo al final de sus días. Y el tercer movimiento fue ya el despeñarse inexorablemente hacia la oscuridad final, con el apoyo finísimo del piano y una viola dejando colgada del tiempo y el espacio una larguísima nota final, en un efecto realmente angustioso. Y después sólo cabía el silencio, pero todo se derrumbó con una innecesaria propina, por mucho Falla que fuese.

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