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Pilar Larrondo

Hipocondría emocional

06 de octubre 2017 - 22:10

Drama. Siempre drama. Hay un tipo de personas a las que me gusta llamar hipocondríacos emocionales que sienten la imperiosa necesidad de padecer. De sufrir. El universo se alía a su favor y les pone una vida perfecta en bandeja pero algo no les cuadra. Sienten sudoración, las manos bajan diez o doce grados su temperatura habitual y el estómago se les contrae hasta producirles náuseas. Algo no va bien. La felicidad ha llegado a sus vidas y el embravecido mar que para ellos ha sido su existencia no presenta ni una ola. La calma chicha, deben pensar. Y empiezan a elucubrar cómo será la tormenta después de tanta paz.

Los hay que, después de años de preparación, por fin dan con el trabajo con el que habían soñado. Buen sueldo, buenos compañeros, buen horario. De repente todo se nubla. La oficina está pasando Mordor, su jefe usa Varón Dandy y no hay un solo patio en el que echarse un cigarrillo. Otros, tras varias experiencias frustradas en Tinder, conocen a su media naranja en el mundo de las personas de carne y hueso. Cine, besos, playa, regalos absurdos pero altamente significativos para la relación y paseos bajo la luna. Ni en una película de sobremesa hay tan grandes dosis de ñoñería. Hasta que un día cambia los emoticonos con forma de corazón por una cara sonriente, se olvida de escribir un mensaje de buenos días (la criatura no atina si quiera a meterse en la ducha, que son las siete de la mañana) y come caramelos sin compartir. La relación hace aguas, seguro que hay cuernos y es probable que hasta un cambio de orientación sexual. También los hay que van a Fátima, a Lourdes y hasta al centro de la Tierra para conseguir ser padres y un día la Madre Naturaleza les concede el milagro. Pero la felicidad es efímera porque la criatura llora más de lo que pone en los libros (los expertos dicen que deben ser cinco veces al día y el suyo lo hace seis), parece no ser muy fan de la leche materna (¡oh, no, otra excluida de la Liga de la Leche!) y ha sacado la misma nariz que la tía Gertrudis, la de Soria. Para echarse a llorar.

Y es que uno, a veces, no sabe si darles la enhorabuena por la racha de suerte o rezarle a la Virgen para que el nuevo psicodrama autoinfundado, por una, vez conceda algo de tregua.

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