Análisis

Teodoro León Gross

Tú a Moncloa, yo a San Telmo

Pedro Sánchez y Juanma Moreno, en un acto conjunto en Granada.
Pedro Sánchez y Juanma Moreno, en un acto conjunto en Granada. / Álex Cámara

12 de abril 2020 - 06:00

Poco queda de la tregua virtual establecida por el coronavirus. En las primeras semanas, cada cual parecía asumir su propio campo batalla: tú en San Telmo, yo en Moncloa, o viceversa, parafraseando el título de la aquella comedia de la factoría Disney en los sesenta, Tú a Boston y yo a California. Ya ha reaparecido el trincherismo en clave y tú más, incluso entre instituciones. Pedro Sánchez dice que en Andalucía tal, y en Andalucía lamentan que Sánchez cual… O al revés. No ha tardado en resurgir, tras la tregua, el fuego cruzado.

Bajo el estado de alarma, la actividad parlamentaria estaba casi hibernada, pero esta semana se ha convertido en el campo de batalla. La derecha lleva días acusando duramente a Sánchez de secuestrar el Congreso y la izquierda a Juanma Moreno de sustraerse al control. "Va a ir a rastras" dice X, da igual con quién se despeje la X. Esto funciona con la lógica de los vasos comunicantes. Si aumenta la presión de la oposición en Madrid, aumenta la presión de la oposición en las comunidades. También se podía haber titulado esto Tú a San Jerónimo, yo a Cinco Llagas. La refriega ha regresado al frente parlamentario. Los gobiernos tienen flancos débiles y las oposiciones se ven con coartada. Nada como el y tú más.

El resultado es inevitable… mente chusco. Y sobre todo con la peor crisis sanitaria en un siglo como telón de fondo. Pero esto va así: mientras allí a la izquierda le escandaliza un discurso montaraz de García Egea, acá a la derecha le estará escandalizando un discurso montaraz de Sánchez Haro. Si allí la izquierda siente que la deslealtad de la derecha es detestable, acá la derecha estará sintiendo que la deslealtad de la izquierda es detestable. Cayetana dice, José Fiscal dice. Juego de espejos.

En cualquier escenario estará sucediendo lo mismo y la coartada será que el otro también. Parece que los partidos han detectado que una oposición moderada les diluye y han desatado la estrategia de hacer oposición más altisonante. Claro que esa dinámica les funciona bien a los populismos y nacionalpopulismos como Vox o Podemos, y por supuesto los indepes, pero es un riesgo para los grandes partidos, ya sea el PP, con un constante marcaje a Vox para evitar que éste capitalice la indignación, o al PSOE en Andalucía, donde ha gobernado casi 37 años de los 38 de autonomía.

Si se quiere ir al choque, es fácil dar con motivos. La metodología de los datos, las residencias de ancianos, el desamparo de los sanitarios, los defectos de transparencia en que han incurrido todos, los eslóganes huecos. Al Gobierno central le persigue su ineficacia como central de compras (sólo Andalucía y Madrid han logrado más que Moncloa) y haber ido tarde durante las primeras semanas. Pero algunas críticas, por excesivas, pueden tener efecto búmeran. De hecho, presumiblemente el Gobierno se fortalece con los mensajes radicales. En definitiva hay críticas que se desacreditan solas. Como quien parecía celebrar que el respirador andaluz pudiera tener deficiencias, como si no importaran los enfermos sino debilitar a Elías Bendodo. Ahora, con el respirador aprobado, a otra cosa.

Al Gobierno andaluz, más que la gestión sanitaria, se le cuestiona sobre todo el decreto de trabas administrativas, aprobado en el momento incomprensible del estado de alarma. En este punto, no parece que esté calando la crítica. Podría suceder que con la economía al borde el del crash, cayendo hacia los dos dígitos de PIB, los argumentos con que se cuestiona un decreto de flexibilización para fomentar la inversión no funcionen, al margen de que tengan fundamento. La defensa de Rogelio Velasco, con su tono racionalmente pausado, enfría algunas críticas incendiarias. A menudo en los debates de cierto calado técnico, funcionan las ideas básicas, no los argumentos sofisticados. Y probablemente ahora se impone el clintoniano "¡es la economía, estúpido!", en un momento de extrema debilidad.

Tampoco parece calar otro aspecto del decreto, en principio sin urgencia justificada, muy caldeado en los medios: la modificación de la legislación audiovisual. A la ciudadanía no suele interesarle lo que perciben como guerras de medios, presumiendo que es otro frente de las guerras de los partidos. En esos rifirrafes, al final se gana poco y se pierde credibilidad: si estos días se menciona el decreto, aparecen los 15 millones a la televisiones privadas del Gobierno de PSOE y Podemos; si se airea la publicidad de autobombo, se menciona que el Consejo Audiovisual de Andalucía ya hizo requerimientos al Gobierno de Susana Díaz por ese motivo. En el fuego cruzado cunde la desafortunada percepción de la correa de transmisión entre gobiernos y medios con intereses comunes. Con todo, convendría que haya rectificaciones como Loles López se comprometía a abordar el día de la aprobación. No es tiempo de sacrificar buenos consensos. Aunque el fracaso de los grandes pactos va a complicar todo.

En esta crisis sanitaria y económica hay que actuar, y a menudo rápido, sin red. Estaría bien que, a la vez, hubiera algo de margen para la reflexión de la clase política, pero también de los medios. Con miles de muertos a los que no se puede siquiera velar, determinadas broncas en el momento del luto es algo que va a erosionar la confianza de la ciudadanía. Hay señales de que empieza a suceder. Y aunque no todos sean iguales, al cabo acaba por parecer que sí.

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