Matrimonios Separación de bienes o régimen de bienes gananciales: estas son las diferencias

La transmisión viral es el fuerte de Netflix y sucede cuando en cuando de forma más o menos involuntaria e imprevista. Sucedió con nuestra Casa de papel, que pasó casi de largo por Antena 3 y fascinó a espectadores de todo el planeta, en un fenómeno hasta entonces sin parangón que la plataforma ha estirado hasta lo insoportable. Los monos rojos ahora son de una ficción coreana con tintes de cómic sádico y mosaico satírico. En apenas dos semanas todo el mundo se ha puesto de acuerdo en devorar a este calamar. Desde las papas con chocos de Huelva un cefalópodo nunca había sido tan apetecible para tanta gente.

Esta masacre de moda por entregas hipnotiza porque El juego del calamar va de una competición de niñerías letales donde los aspirantes pugnan por un botín que les remedie la vida. Y sus vidas no valen ni un céntimo de won porque están condenados al cadalso in situ. Un planteamiento tan sencillo se retuerce entre tantos personajes que vienen a representar la negación de la individualidad cuando el totalitarismo y la ausencia total de piedad se aposentan en la cúpula.

Las comparaciones con Los juegos del hambre son inevitables y el público de palomitas en el cine cae rendido en casa a esta fiesta sanguinaria y de violencia nihilista que nos parece lejana, imposible, y se nos presenta hasta divertida. Como en el coliseo nuestro de cada día, y que vemos a través de los informativos, los que sufren son otros. Lo hemos estado viviendo a lo largo de estos meses. Así que resulta hasta simpático pensar que esas tragedias del calamar son fantasía. Si después en la vida real se registran sucesos estúpidos es porque hay tipos (y tipas) que no parecen distinguir ficción de realidad. Esta serie coreana de Netflix, tan gore, con ese poso de humor negro que parece igualarnos ante la muerte frente a la muerte, es un pasatiempo morboso, que pisotea caminos ya conocidos sobre la distopía. No es gran cosa, para animar la mirada curiosa de un sábado, quizás. Chipirón

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