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Análisis

Joaquín Aurioles

La confusa coyuntura de la economía andaluza

Nos adentramos en la fase madura del ejercicio económico con sensaciones contradictorias sobre la situación de la economía andaluza. Por un lado, un cierto desánimo porque la mayoría de los indicadores confirman que el crecimiento pierde intensidad y la creación de empleo se ralentiza. La previsión de la Junta de Andalucía en el mes de mayo era que el PIB crecería un 2,1% en el conjunto del año (3 décimas menos que en 2018) y la ocupación, en un 2% (8 décimas menos). Al frenazo contribuyen un año agrícola especialmente adverso por la sequía, el declive en la producción industrial que se inició en abril y el enfriamiento de la construcción a lo largo del último año. Puede que también el clima de incertidumbre política a nivel nacional, tan perjudicial para la formación de expectativas empresariales, que podría estar detrás de la caída en la producción de bienes de capital, intermedios y de consumo duraderos, los componentes del Índice de Producción Industrial de Andalucía que más están influyendo en el debilitamiento de la actividad en el sector.

Por otro lado, también se percibe entre los principales observadores de la coyuntura económica de la comunidad un razonable grado de satisfacción con la resistencia frente al deterioro de clima económico internacional. En el pasado, la fragilidad de nuestras defensas nos hacía especialmente vulnerables a las perturbaciones que venían de fuera, pero en esta ocasión todo apunta a que la economía andaluza conseguirá finalizar el año con una tasa de crecimiento compatible con la creación de empleo y mayor que la española, lo que permitirá, como apuntaba el Observatorio Económico de Andalucía hace unos días, la convergencia entre ambas en PIB por habitante, tras un largo periodo de divergencia.

Mi impresión es que, al menos en lo que queda de año, las razones para el optimismo terminarán imponiéndose y que habrá revisión moderada al alza en las previsiones de crecimiento, incluidas las de la propia Junta. El Brexit y el deterioro del clima económico internacional son poderosos estímulos para el pesimismo, especialmente para economías como la andaluza o la española, en cuyas salidas de la crisis han tenido un papel decisivo las exportaciones, pero lo cierto es que dos de los principales vientos de cola durante la enérgica recuperación iniciada en 2014 (precio de la energía y estímulos monetarios) se mantienen y probablemente se van a intensificar.

La realidad es que las exportaciones andaluzas siguen aumentando, en plena guerra comercial, y las importaciones reduciéndose, a pesar de la fortaleza del consumo. Por otra parte, el indicador de actividad en hostelería no ha dejado de crecer desde el pasado mes de octubre, ignorando los oscuros pronósticos sobre el turismo de hace tan sólo unos meses. Lo mismo puede decirse del indicador de actividad en servicios (6,3% de tasa acumulada en lo que va de año) y especialmente en comercio (5,2%) y transporte (12%), confirmando que, entre los vientos enfrentados sobre la economía andaluza, la fortaleza de la demanda interna consigue imponerse sobre los impulsos adversos que vienen de fuera. Al menos por el momento.

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