Análisis

Tacho Rufino

Los fraternos navajazos

La semana ha estallado entre el fuego amigo y el comienzo del camino hacia una estructura más sensata de fuerzas políticasLa Administración nos protege de las luchas intestinas de partidos en continua redefinición

La semana política ha sido de reyertas entre parientes, las más encarnizadas de las lides. La minipolítica de la derecha española se revoluciona de pronto en dos días, y en su juego fraterno gana el PSOE de Ferraz y el repentino imperator, Sánchez, a quien se le puede censurar todo menos su vocación de poder y su exitosa estrategia personal. También gana Vox. Ambos crecen en expectativas de voto, en este periodo preelectoral que no debiera serlo: los meses entre unas elecciones -de todo tipo- y las siguientes se alargan y embarran la gestión de la cosa pública. ¿Qué otra cosa es la política democrática sino la búsqueda del poder y el salvar la espalda baja en tu propio partido? La periférica Murcia ha sido el detonante de un estallido de intereses entre facciones que se enfrentan. Ayuso en Madrid y Juanma Moreno en Andalucía han movido ficha, y no son fichas comunes a pesar de compartir militancia; Arrimadas busca que Ciudadanos no sea un lazarillo de un Casado que parece declinar sin remisión, y le hace el caldo gordo a Sánchez, que mata -mataría- dos pájaros de un tiro: el PP, uno; Iglesias, otro, que le quita el sueño, como ya predijo en una de sus trolas solemnes: Ciudadanos debió ser el socio de gobierno del PSOE en los últimos comicios, y puede volver a serlo. Compañeros de cama extraños, ya saben: cómo se puede ser constitucionalista con socios clave como Podemos o ERC, sino con malabares. Muchos votantes conservadores aplaudirían una fusión del llamado trifachito, les gustaría poder votar a un partido, y no debatir su voto entre tres opciones.

La fragmentación de siglas que ocasionó la crisis del 2008 y la previa corrupción del poder -que corrompe, siempre- está transitando, pendularmente, hacia una nueva suerte de bipartidismo que es un melón por calar. El PSOE andaluz vigente -el susanismo- es íntimo enemigo de quien ostenta el mando nacional con inesperado éxito, el presidente del Gobierno. Asistimos a un desafío de pistoleros en la derecha y en la izquierda. "En este sitio no cabemos los dos, forastero". O los tres. Y ahora las costuras de este país crujen no sólo por el afán innegociable de un separatismo de los prósperos, que ven su convivencia dinamitada en la calle, pero que van a lo que van. Sino también por políticos profesionales que -como Aguado en la loba capitolina-se ven abocados a buscarse trabajo fuera del partido. Por enfocar en Andalucía, Moreno y Marín, presi y vice, popular y de Ciudadanos, están a partir un piñón: ambos están en el punto de mira de sus jefes estatales. El terruño impera. O no: impera el sálvese quien pueda. Gana Sánchez, gana Vox.

En esta semana convulsa -y pasando a tope del gran reto nacional, la vacunación masiva-, mucha gente ha vuelto a lamentarse de lo mezquina que es nuestra clase política. Como si ésta no fuera un trasunto de nosotros mismos, aquellos a quienes que votamos (o no). Ante este circo, debemos congratularnos de tener una Administración pública que, con un motor Perkins, sigue su rumbo al trantrán, y garantiza el funcionamiento de las cosas comunes. Hace unos días, un alto cargo -un técnico de valía contrastada, de esos que fagocita el politiqueo- se mostraba desencantado; me vino a decir: ya no vas a ver más que apparátchiks en los medios, políticos profesionales brujuleando dentro de su partido, haciendo cábalas electorales. Militantes alfa, a los que le importa un bledo la gente, que no van a parar de chupar cámara. Uno, desencantado, querría un bipartidismo con bisagras progresistas: ecologistas, animalistas. Pero no, esto es España. Que eppur si muove, con la venia de Galileo. Aquí no hay sitio para tanta ambición. La reyerta fraterna acabará: cuanto antes, mejor.

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