Análisis

Rafael Salgueiro

Universidad de Sevilla

El mundo va a cambiar para siempre

Pedro Sánchez y Pablo Iglesias, en el Congreso. Pedro Sánchez y Pablo Iglesias, en el Congreso.

Pedro Sánchez y Pablo Iglesias, en el Congreso.

Pero no sabemos cómo lo hará. Parece casi inevitable para un articulista económico dedicar su espacio a los múltiples efectos de la crisis que vivimos y a los remedios que se van proponiendo. El lector ya estará probablemente abrumado y seguro que aburrido de las predicciones del impacto de la pandemia que se van ofreciendo, tales como las estimaciones de decrecimiento del PIB que, desgraciadamente, se van viendo agravadas, o un período hasta la recuperación que se va viendo cada vez más dilatado. La verdad es que carecíamos de un modelo económico en el que introducir una variable nueva: la no movilidad de las personas. Cualquier escenario que se ofrezca está sometido a tremendas incertidumbres, porque desconocemos un dato fundamental: cuándo las personas volverán a sentirse seguras y cuándo los gobiernos finalizarán las restricciones a la movilidad, más o menos intensas según países.

Es muy sorprendente, a mi modo de ver, que la limitación de los desplazamientos y de los contactos en las personas estén causando una crisis muy profunda y de salida incierta. ¿No eran estos los tiempos de la superconectividad digital y de la automatización, los tiempos en los que parecía cada vez más innecesaria la presencia física en gran número de actividades, los tiempos en los que podemos adquirir casi cualquier cosa sin desplazarnos y que provengan de casi cualquier lugar del mundo, o los tiempos en los que incluso se pueden manejar a distancia actividades productivas complejas? Desde luego, el impacto directo y evidente en actividades comerciales y de servicios que requieren presencia física o en el turismo y sectores relacionados no bastan para explicar la profundidad y la generalización de esta crisis.

Se ha dicho ya que carecemos de precedentes en los que apoyarnos, y es verdad. Los gobiernos carecen de antecedentes sobre las consecuencias económicas de las medidas que adoptan. Esto no ha sucedido en la pasada crisis financiera, ya que las autoridades monetarias sabían de los errores que se habían cometido en el manejo del crack del 29, y los gobiernos sabían que una limitación de los intercambios comerciales internacionales sólo habría empeorado la situación. Pero es inevitable que los gobernantes acudan a referencias de acción del pasado, aunque sólo sea nominalmente en algunos casos.

Por ejemplo, la sobrevaloración que se le da al New Deal del presidente Roosvelt, que casi lisa y llanamente se puede traducir por “más Estado”. La verdad es que el final real de la Gran Depresión fue el esfuerzo bélico de EEUU en la segunda Guerra Mundial. Se ha aludido también al Plan Marshall, como muestra de que una abundante provisión financiera pública tiene efectos impactantes en la recuperación. Pero esto es desacertado, ya que el monto económico de aquel plan, actualizado a 2020, es poco menos que insignificante frente a los fondos que se están movilizando en la Unión Europea, o los fondos que casi cualquier país puede obtener emitiendo nueva deuda pública. Lo importante fueron los cambios institucionales obligados por el plan. Y, además, seguro que el lector sabe de la diferente evolución de dos de los países beneficiarios: Alemania y Gran Bretaña, que no fue ajena en modo alguno a las políticas liberales de la primera y a las cuasi socialistas de la segunda. Me refiero, claro, a los resultados económicos de los gobiernos de Ludwig Erhard y de Clement Atlee, respectivamente, para que podamos poner muy en cuestión que la recuperación podrá venir simplemente por una ampliación del Estado. Lástima que entre nuestros gobernantes haya quienes no dejan que la realidad y la experiencia afecte a sus creencias, y que estén contemplando la crisis como una ocasión para el avance de su programa político, aunque es muy de agradecer que lo manifiesten con toda claridad, para que no nos llamemos a engaño.

Voces muy autorizadas anticipan cambios muy profundos en el mundo. La de Henry Kissinger entre ellas, cuyo último libro se titula Orden mundial (2014), quien escribió el WSJ (3/4/2020): “La pandemia de coronavirus alterará el orden mundial para siempre”. Lo cierto es que el progreso de los países no es ajeno a la confianza en que sus instituciones sean capaces de prevenir una calamidad o de contener su impacto, y capaces también de conducir el retorno a una situación de estabilidad. Y a este respecto, afirmaba también Kissinger que “cuando termine la pandemia de Covid-19, se percibirá que las instituciones de muchos países han fallado”.

En definitiva, mirar al pasado no sirve de nada o tiene poca utilidad. Claro que todavía no se han identificado con precisión los fallos institucionales, tanto en la gobernanza mundial como en la interna en cada país, pero sí empieza a haber evidencia estadística de cómo la pandemia está cambiando el mundo. Y sí es posible para un gobierno dedicarle esfuerzo analítico a identificar qué está fallando y tener disposición a los cambios, o a escuchar opiniones bien fundamentadas. Y sí es exigible a los gobiernos que además de gestionar la crisis sanitaria sean capaces de mirar más allá de lo inmediato y de facilitar la transición a un nuevo orden que todavía se está definiendo.

Lástima que en nuestro gobierno haya ministros reacios a los cambios si no van en su dirección ideológica o sirven a su proyecto, lástima que estemos perdiendo tiempo y energías en asuntos absolutamente menores comparados con aquello que tenemos que afrontar. Lástima, en definitiva, que todavía algunos se inspiren en ideas socializantes y estatalistas del siglo XIX, que han sido un absoluto fracaso allí donde se implantaron en el siglo XX, en incluso en el XXI, por si hacía falta una nueva comprobación del experimento. Y ello a pesar de del fracaso se habían enterado hasta en China. Basta con leer su Constitución para que cualquiera, salvo un obtuso, se dé cuenta de ello.

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