Carlos Navarro Antolín
Ese ratito diario del cura del Porvenir
Hay dos hábitos en el sector terciario que están cogiendo fuerza. Ojo al dato, que decía Butano en las madrugadas de los años ochenta y noventa. Uno se da cuenta al viajar, fuente de conocimiento epidérmica, pues la auténtica se encuentra en el estudio, en los libros, pero tampoco conviene despreciar la que genera el cambio de aires. Los hoteles prescinden cada vez más de las colchas y las sustituyen por un pie de cama para la zonas de los pinreles. Si las primeras daban asco (sí, he dicho asco), las segundas provocan la reacción lógica de enviar cuanto antes el accesorio al armario de la habitación, al estante donde están la bolsa de plástico para la ropa sucia (oficialmente para la lavandería del hotel que usted nunca usa), el calzador de plástico que se lleva a casa y la esponja incolora para los zapatos que siempre que se aplica tiene el efecto de atraer al calzado todas las pelusas del mundo. Los hoteles de hoy te reciben con las camas hechas, pero con esa pieza de tela de tapicería de dudosa calidad donde uno se imagina que media humanidad ha colocado los pies al llegar y practicar la manía de tumbarse sin el más mínimo decoro. ¡Qué perversa es la imaginación! El segundo hábito es el de tener el restaurante abierto, pero con las mesas sin platos, ni cubiertos, ni servilletas. Solo con el mantel. Semejante estampa genera una pregunta al metre o camarero de turno: “Oiga, ¿dan de comer o ya han recogido?”. Te ponen el aperitivo de pan y aceite tan de moda y tan cardiosaludable (ay, aquellas mantequillas portuguesas de los años ochenta) y tiene usted que mojar el pan con la mano como en un pasaje del Lazarillo de Tormes, Marcelino, pan y vino o del refectorio de El Nombre de la Rosa. Que sí, que se puede coger el mendrugo con la mano, ¡cómo no!, pero mejor ofrecer la opción del tenedor y que el personal pueda elegir libremente entre la opción digital y la del tenedor, ¿no?.
¡Qué menos que dar la opción de escoger libremente! Pasó con el Concilio Vaticano II, que algunos creyeron que obligaba a comulgar siempre de pie, cuando jamás impidió seguir haciéndolo de rodillas, ¿verdad Joaquín Moeckel? Pero para generar la libertad de elección hay que tener previsto... un reclinatorio. O postrarse de hinojos directamente en el mármol, granito o cualquier otro material con el que esté construido el firme del templo. Cuídense de los pies de cama porque no vienen higienizados como el mando del televisor de los Paradores. Son como los lavapies de las piscinas de antaño. ¡Zape, zape! Al armario con ellos. Y pidan cubiertos limpios desde el principio: desde el aperitivo hasta el postre. Seguro que la Facua les apoya.
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