Joaquín De La Peña

Fidelidad

CUÁNTAS veces nos preguntamos las razones que alientan la devoción a una imagen? ¿En cuántos momentos, plantados delante de esos rostros que nos cautivan, absortos en una mirada, inmersos en nuestras dificultades o alegrías, nos hemos percatado de la lágrima que, resbalando por nuestras mejillas es el eslabón que nos ata al rostro del Dios cercano y misericordioso?

Es posible que sesudos investigadores del comportamiento humano nos hablen del catolicismo sociológico, de las herencias atávicas, del marketing de los sentimientos y de un sinfín de conceptos arcanos, sólo comprensibles para una selecta minoría, que más que plantear un análisis objetivo de la realidad trata de deconstruirla en aras a una entronizada modernidad donde el hombre quede liberado de supuestas supersticiones.

Frente a éstos, en unos tiempos no marcados precisamente por el prestigio de la Iglesia, ni por el cumplimiento de los preceptos religiosos o morales que ésta defiende, Él sigue estando ahí, como la roca salvadora, incólume, fuerte, arrastrando tras de sí a todo un pueblo. Su imagen, como granos de una granada abierta, salpica los rincones de la ciudad; las carteras, los balcones, las habitaciones, las cabeceras de las camas de hospital. Sí, siempre ahí, con esas manos abiertas, esperando el rumor callado de una petición que precede al beso, con esos ojos abiertos que se clavan en el alma, con esa zancada abierta, eterna a nuestro encuentro, a la acogida no de una colectividad, sino de cada uno de nosotros, de ti y de mí.

Es la seguridad en el abrazo la que llena las calles, la absoluta certeza en su fidelidad; la evidencia de que esos mismos dedos fueron los que escribieron en el polvo del camino los pecados de los acusadores para que, hasta de aquellos inicuos, no quedara el menor rastro; el convencimiento de que todo, absolutamente todo cuanto se nos escapa a nuestra propia debilidad e impotencia puede ser alcanzado por este hombre maltrecho, por este Dios humilde y entregado que, como el padre, siempre está a la espera, divisando el horizonte de la ciudad para, con los brazos extendidos, acoger una, cien, miles de veces al mismo hijo pródigo.

Él es la zarza, la libertad, el árbol, la estrella, el admirable, el palacio, el paraíso, las arras, el aceite, el justo, el hermano, el unigénito, la primicia, el vendaval y la calma, el arca y la luz, el lirio y la roca, el crisol donde purificar nuestros errores y la arcilla que modela nuevas vidas, la miel exhalada por el león (de forti dulcedo) y el yunque indeformable de la Fe. Pero sobre todo, por encima de todo, Él es el Padre de la misericordia, el siempre fiel, el candelabro permanentemente encendido de los macabeos en este jubileo gozoso.

Se doblarán los pilares del gran templo ante la omnipotencia de Dios, se fundirán los bronces de las seculares campanas, callarán los badajos, se enmudecerán los coros y la liturgia toda entonará el Te Deum de alabanza. Los fríos mármoles se convertirán en el polvo de los caminos de Palestina, las yacentes estatuas se levantarán proclamando la gloria de Dios, las altas rejas girarán sus goznes para que se abran las puertas de la compasión de Dios; de Aquel que ha estado grande con nosotros y por eso estamos alegres. La Madre de este Dios-Majestad entornará los ojos silenciosa para no contemplar la espina que se clava en el alma y hasta la plata apagará sus brillos eclipsada por el resplandor de su mirada.

Llegará hasta el último rincón de la ciudad y sus pueblos el aliento cálido de la misericordia en este noviembre triste y apagado. Esa y no otra es la profunda teoría de la devoción, del cariño de todo un pueblo, de una fidelidad a la imagen que sólo cobra sentido en la fidelidad eterna del Gran Poder compasivo de nuestro Dios.

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