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Cambio de sentido

Política emoji

España no está como para que sus representantes sigan confundiendo el foro con el coliseo

Emoji ha sido, según Fundéu, la palabra de 2019. Suena grotesca y designa a los signos que sustituyen a los vocablos, a esos dibujos rudimentarios que, como máscaras del teatro griego, podemos elegir en una extensa galería para colocárnoslas en nuestras comunicaciones digitales y manifestar con ellas emotividad. En estos días intensos de debate de investidura, hemos asistido al paroxismo radiado, televisado y retuiteado de la política emoji, de parlamentarios un pelín histriónicos y sobreactuados, que parecen confundir la solemne sesión del Congreso con un mitin en un polideportivo. En esta ocasión, se ha lucido más la derecha -en otras ocasiones, el numerito de las camisetas et al. lo ha montado la izquierda-. Uno que se saca, ¡tatachán!, una bolsita de tila; el otro, paseando un libro; la otra, que a ver si chupa cámara mostrando una carpeta; el otro que se pone de espaldas y, en pleno, el hemiciclo enganchado con ansia viva al móvil, que ni siquiera mantienen el decoro de hacer como que escuchan. Probablemente estaban enviando emojis cruciales. Los discursos han llamado más la atención por la tonalidad que por lo que contienen. Como el guitarrista que le da el tono a la cantaora para que lo coja y sostenga en todo el cante, el debate de investidura nos da referencia del triste espectáculo que nos espera. España, este país concreto en el que usted y yo hemos de convivir, no está como para que sus representantes sigan confundiendo intencionadamente el foro con el coliseo. De la política espectáculo sale herida de muerte la democracia.

Pero la cosa está así, y no es nueva, sino culminante. Nada de ello es gratuito, actúan de forma calculada. Como la videopolítica, el show de la falta de modales en política es cosa gringa. Recuerde el alma dormida a Bush y Aznar con las patas de atrás puestas en lo alto de la mesa. La vergüenza ajena (mejor llamarlo vergüenza propia, pues era nuestro presidente) que entonces sentimos nos cuenta que, por mucho que nos traten de maleducar políticamente, somos muchas las gentes que aquí tenemos como referencia otra forma de hacer política. Allí donde se deciden asuntos que afectan a nuestra vida y convivencia no se pueden cambiar maneras por mohínes, altas razones por bajos instintos, parlamento por gallera, palabras por emojis. Pido a quienes forman este Congreso que, piensen como piensen, se guarden el móvil, escuchen con atención, debatan con argumentos y se comporten en condiciones.

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