Carlos Navarro Antolín
Ese ratito diario del cura del Porvenir
The Day Begins / Dawn is a Feeling. Antes de que amanezca, por las ventanas abiertas para aprovechar la más ligera brisa, llegan los ruidos del despertar del mercado. Voces, toses de viejos motores, ruido de cajas de camiones abatiéndose, de cascos de mulos, porque era tanto el retraso que todavía se llenaba el ensanche de carros que aún no habían sido sustituidos por los isocarros, del trajín de los tres únicos bares, el pequeñito del ensanche y los de las esquinas de Alcázares y de José Gestoso, que huelen al café, el aguardiente y el coñac de los carajillos y los sol y sombra. No ha amanecido aún y ya se oye el ir y venir en la casa quienes se levantan temprano. Hasta el sueño llega un olor a Patrico, a Heno de Pravia y a café.
The Morning. Por las ventanas abiertas entran los sonidos de la vida de verdad, modesta eternidad de los días iguales. Vuelo de sábanas. Olor a jabón verde y lejía. Eco de coplas y anuncios cantados por la radio. Una cierta languidez, aún tan temprano, porque el calor retiene el sueño. En los carteles de los marcos de madera colgados a los dos lados de la puerta del mercado que anuncian las películas del Regina y el Apolo se lee Cerrado hasta septiembre. Pregones de vendedores de peines o de perritos que nadan en una palangana. A veces, en la esquina de Los Lobitos, un pianillo toca sevillanas. Al mediodía huele a pimientos fritos, duelo de verdes, en aceite de oliva.
The Afternoon. Persianas de tablillas verdes echadas por fuera de la baranda del balcón. Silencio hondo en las habitaciones a media luz. Los cierres de los comercios echados. Lento despertar de la calle con el cansado llegar, chaqueta al brazo, de los dependientes que tocarán la obertura del segundo acto del día cuando levanten los cierres metálicos tras los que el calor ha densificado los olores a tejidos, a ultramarinos, a pan, a enea o a cuero. Mediada la tarde la casa huele a café.
The Night. La radio. Alguien lee bajo el círculo de luz de la lámpara de pie un libro que señalará doblando con cuidado la esquina de la hoja. Silencio solo roto por algún coche que entra para aparcar en el ensanche provocando largas sombras en los gruesos adoquines y el eco de alguno que va o viene de Laraña a Imagen. La única luz cenital que cuelga de unos cables medio pelados en el centro del ensanche no se mueve: mala señal. Nights in white satin… Beauty I’d always missed.
También te puede interesar
Lo último