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La tribuna

aquilino Duque

Las máscaras del interregno

SOY el primero en celebrar que una parte importante de nuestras masas encefálicas decidan, aunque sea con casi cuarenta años de retraso, darse por enterada de las consecuencias que en algunas regiones españolas tiene la chapuza constitucional del 78 en lo que a la lengua se refiere. Más vale tarde que nunca, pero la estrategia está mal planteada pues, a mi juicio, no es la lengua española o castellana la que está amenazada, sino los españolitos que tienen la desdicha de habitar en esas regiones y a los que se pretende encerrar en guetos dialectales. No es que los demás españolitos sean más afortunados, excepción hecha de los que pertenezcan a familias cultas o pudientes que los manden a colegios de pago. Quiero decir que la cuestión regional no es más que una secuela de la cuestión nacional.

Una vez me sorprendió en Málaga la conmemoración del Día de la Constitución, en que la Santa Madre Iglesia festeja a San Nicolás, y todo lo que vi fue un par de automóviles erizados de banderas de la Segunda República. Esperaba yo un autobús y comenté en voz alta que vaya manera de conmemorar la Constitución, con una bandera anticonstitucional, y una joven señora me dijo con desprecio que en la Constitución cabe todo. En otro orden de cosas, que es el mismo, creo haber leído en un artículo de un profesor de Derecho Constitucional que, con la Constitución en la mano, cualquier lehendakari o parlamento regional tiene perfecto derecho a convocar un referéndum ilegal. Con la Constitución en la mano todo es posible en este cerrado de vacas locas que es el Estado de las Autonomías. De esta suerte, pocas ilusiones podemos hacernos con ella, hoy que el imperio de la ley es en realidad la república de la trampa. Recurrir al Supremo es como jugar a la ruleta, y acudir al Constitucional, exponerse a que sus miembros y miembras hagan una vez más con esta Constitución que llevamos en la mano un cartucho de pescado frito.

Si el efímero patriotismo futbolístico tuviera alguna continuidad y alguna consistencia, hoy estarían, no las masas encefálicas, sino las masas rojas, clamando por la suspensión de las "autonomías" en las regiones donde con toda impunidad se incumple la Constitución. Ya han pasado a la historia los tiempos en que en la llamada sede de la soberanía nacional se llamaba al orden a los que se atrevían a desafiar esa soberanía en nombre de tal o cual tribu celtibérica con ínfulas de nación. El asentamiento, con la anuencia de los grandes partidos turnantes, en esa sede de determinados personajes, ha hecho que la sola mención de la patria una e indivisible, ese invento de la Revolución Francesa, constituya una provocación inadmisible.

Y eso no es lo peor, lo peor es que eso se haga en nombre de la democracia, con lo que a ésta se le hace un daño irreparable. De hecho, es tal el uso que se viene haciendo de ella que lo que se presentaba como una fórmula salvífica degeneraría una vez más en una dolencia perniciosa. Esperar que ésta se regenere por sí sola es pedir peras al olmo. Ni tan siquiera existe la institución arbitral que ponga orden en la olla de grillos, pues ya al proclamarse la Constitución vigente hubo alguien que comentó que habían metido al Rey en una jaula de oro, muy parecida a la de Azaña cuando lo hicieron presidente de la República. El descarado de Valle-Inclán comparaba por cierto los matrimonios en que el marido no ejerce su potestas coeundi, con las monarquías parlamentarias. Por eso me parece gratuito acusar al jefe del Gobierno de usurpar unas funciones regias no previstas en la Constitución.

Así las cosas, no sería mala idea suspender de empleo y sueldo a toda la clase política, algo que no vendría nada mal para conjurar la crisis que amenaza. No bastaba en la tarea del desguace nacional con enfrentar unas regiones con otras mediante el engendro de las autonomías, sino que vendría la llamada "memoria histórica" a lanzarse a tumba abierta a cavar las trincheras de otra guerra civil. Ni Gobierno ni oposición, cada día más intercambiables, están por la labor de salvar a la patria, ¡oh, anatema!; antes bien, dan la impresión de que conspiran contra ella. Uno y otra, incluso cuando truecan los papeles, nos han traído a la presente situación, y ya ni se preocupan de guardar las formas ni de sostener las máscaras. Por cierto, ¿qué quería decir Spengler con aquello de que "caerán las máscaras de los interregnos parlamentarios"?

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