La aldaba
Carlos Navarro Antolín
Ciudadanos activos contra la cochambre
Ahora por fin, en los días algo soleados, la lista de primeros auxilios poéticos nos lleva a “la luz con el tiempo dentro” de Juan Ramón. El sol, más bajo y cercano a la tierra, también nos vuelve un poco cernudianos (“Aunque sólo dure unos días, la luz parece eterna”). En la ya lejana edición de Fitur, trastocada por la tragedia de Adamuz, el consejero Arturo Bernal habló de vender el reclamo de la luz en el pabellón de Andalucía. Se había ideado una gran “zona de impacto” para que el visitante recibiera la atmósfera de la luz andaluza. El luto lo veló todo.
De haber transcurrido un Fitur menos triste, uno se pregunta hasta qué punto se podría haber vendido la luz como mercancía. El humo sí que está probado que se vende. De ahí el clásico vendedor de humo (no estoy pensando, entiéndame, en el consejero luminoso). Tras tanto cielo gris y encabronado, ahora que la recatada luz se alarga, el sol de invierno nos convoca para que celebremos las pequeñas epifanías de un día cualquiera. Regálese usted su minidosis de plenitud. Eche a andar junto al río de la Barqueta a las Delicias hacia la hora sexta en el cercano convento de Santa Inés. Tienda la colada en su azotea con delectación en el tacto con las pinzas. Contemple el reborde rugoso de las nubes en el cielo azulísimo. Admire la iridiscencia del sol sobre el pelaje de su perro amigo. Embriáguese con la luz de aurora que baña la Giralda al amanecer y no reprima su pudor por querer contarlo. Observe la belleza de las migas de rocío en los árboles pelados. Fíjese en la esbeltez de la espadaña entre el aire puro. Déjese cegar si al andar la inclinación del sol le da de frente. Deléitese, incluso, con ese picudo destello del sol sobre un vulgar bolardo de la calle. Quien se halle ahora “deprimido como una coliflor llena de gusanos” (no me miren a mí, lo dijo Beckett), verá que el tibio sol de febrero le ayuda a no estar ni mustio ni agusanado, en espera de la crisálida del buen ánimo si llega. Y quien se halle acogido en sí, que pruebe, qué sé yo, a practicar su lumbre interior compartiéndola, pero sin dar la lata, con amigos y desconocidos. Son todas ellas cosas naturales de las que nada sabe la IA.
La luz con el tiempo dentro es esta otra de febrero sin lluvia, la de los días que se alargan con sigilo. No es la de Juan Ramón. No es tampoco la que se pretendía mercadear en la tristísima edición aquella de Fitur.
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