La aldaba
Carlos Navarro Antolín
Ciudadanos activos contra la cochambre
El ex presidente Obama ha declarado, en entrevista reciente, que los extraterrestres existen, lo que pasa es que él no los ha visto. Luego matizó que se refería a que, estadísticamente, es poco probable que seamos una excepción en el universo. Pero la noticia ya estaba en marcha. Esta misma regla de cálculo nos dice que es muy improbable que los alienígenas hayan visitado Utah; e igualmente nos advierte de que los políticos de alto nivel no suelen adentrarse en este tipo de floresta. De alguna manera, el señor Obama ha recordado a aquel policía de Gila cuando murmuraba, al cruzarse con un sospechoso de asesinato por el pasillo de la pensión: “Aquí alguien ha matado a alguien”. Y luego continuaba a sus quehaceres.
Esta forma de decir nada del señor Obama no carece, sin embargo, de consecuencias. Que un ex presidente de los EEUU se manifieste en tales términos pudiera alimentar nuestra suspicacia. Y en mayor modo, cuando la situación política mundial parece particularmente inestable. Nadie ignora que el fenómeno ovni, tal como lo conocemos, es hijo de la imaginación y el terror de la Guerra Fría. Recientemente se han estrenado varias series sobre ovnis (J. J. Abrams ha producido una de ellas); y parece que algún lobby norteamericano ha encontrado la forma de monetizar la cuestión a costa del erario público. No es casual, por otra parte, que la actual recuperación de mitos y figuras que albergan lo sobrenatural o aluden a los peligros de la ciencia, gocen de una salud irreprochable: ahí tienen ustedes la revitalización de Frankenstein, de la bruja, de las numerosas y no siempre afortunadas versiones de Drácula/Nosferatu. En todos ellos vive un átomo de miedo y un escrúpulo de perpleijidad y desánimo ante lo incomprensible.
El gran antropólogo español don Julio Caro Baroja, en su estudio sobre la brujería, señalaba que la credulidad en tales hechos “aumenta en momentos de angustia, de catástrofes; cuando las existencias humanas no solo están dominadas por pasiones individuales sino por miserias colectivas”. Es fácil comprender que nos hallamos en una situación histórica que invita a tales sublimaciones de carácter trascendente. El extraordinario auge de la science-fiction y de los superhéroes obra en el mismo sentido. Solo Batman, criatura de la noche, era hijo de su fortaleza, su astucia y su amargura.
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