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La aldaba

Carlos Navarro Antolín

cnavarro@diariodesevilla.es

El poder del kukuchurro

Ha sabido ver el nicho de mercado que han dejado los cada vez menos despachos de los tradicionales calentitos

En la Plaza del Salvador hay una cola que no se corresponde con la de la visita al templo. Nace de un establecimiento del sector más próximo a la calle Cuna, junto al quiosco de prensa de Juan Dávila, y alcanza sobradamente la altura de La Alicantina (que sea una de ensaladilla con muchos picos). La cola que se ha formado de pronto en una tarde de puente, bulla, carritos y gente que vivaquea con cara de vinagre y sin rumbo fijo, es nada menos que para comprar churros, concretamente kukuchurros, que por su cilindro recuerdan más a las porras que te ponen para desayunar en Madrid que a los calentitos que perdimos en el Postigo, donde ahora hay un negocio horroroso de tonalidad cromática muy discutible destinado a vender billetes de autobús para turistas. El triunfo del kukuchurro es evidente, como lo es el cambio climático cuando se aprecia la cola que hay en la Plaza del Pan para comprar un helado en pleno diciembre.

Para que algo tenga éxito en Sevilla se tienen que cumplir, al menos, una de dos reglas: dejar a gente fuera de una convocatoria, como hizo el catedrático Manuel Marchena en su cumpleaños del pasado lunes, o que se formen colas de espera, como sucede, por cierto, para entrar a visitar el Nacimiento de la sede de este periódico en la calle Rioja. Los inventores del kukuchurro pueden presumir de colas en su negocio del Salvador, del que ya quitaron, por suerte, los horripilantes rótulos rojos de los inicios, que casi hay que ponerle gafas de sol al bueno de Martínez Montáñes. ¿Ven ustedes como se puede triunfar sin esas contaminaciones paisajísticas que traen por la calle de la Amargura al concejal de Urbanismo, Antonio Muñoz? El buen hombre, por cierto, está deseando coger el camino hacia algún despacho de Madrid.

El kukuchurro ha sabido coger su espacio en una ciudad con cada vez menos calenterías. Han sido listos como los señores del cabify, que supieron ver el nicho de mercado que creaba la falta de esmero de muchos taxistas. A veces es casi tan difícil encontrar calentitos en el centro como hallar un sitio donde orinar sin tener que efectuar una consumición. Y después, ¿qué me dicen de los bares que impiden pedir café y tomarse los calentitos traídos del puesto más cercano? Todo son problemas. En el kukuchurro le dan a usted las pseudoporras perfectamente ordenadas en un paquete similar al de las palomitas, su chocolate y, hala, a merendar junto a Montañés y su legión de palomas. Hasta hubo un puesto de kukuchurros en una boda de tronío celebrada recientemente en Sevilla. El kukuchurro triunfa en un centro hecho un churro.

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