La aldaba
Carlos Navarro Antolín
Tablada no se inunda
Hace algo menos de un siglo, en muchos países reinaba una evidente angustia a causa de la posibilidad de otra gran guerra, similar a la de 1914. Movida por esa preocupación, la Sociedad de Naciones, en Suiza, tomó una iniciativa que merece, en estos momentos, ser recordada. No porque lograra contener el terrible conflicto, sino porque mostró la singular consideración que aquel organismo internacional depositó en dos hombres de ciencia. Eligió a Albert Einstein y a Sigmund Freud para que expusieran, por escrito, sus teorías, de manera que, de iniciarse una guerra, cuando menos hubiera estado precedida de una seria reflexión intelectual. Así, si llegaba la tragedia, al menos los ciudadanos tendrían una conciencia mejor articulada de sus causas. No iba esto a suponer un gran consuelo a la hora de enfrentarse con las bombas, pero Einstein y Freud pusieron su empeño, en aquellos meses de 1932 –los mismos en que Hitler tomó el poder en Alemania– para difundir sus ideas, en forma de intercambio epistolar, a fin de cumplir tan difícil misión. Aunque divergían en algunas cuestiones, ambos se volcaron. No buscaron analizar los motivos históricos y políticos que habían desembocado en aquel ambiente prebélico. Mas bien, indagaron las causas instintivas y fatales que despertaban tal agresividad humana. Aquella apasionada correspondencia, publicada como libro con el título ¿Por qué la guerra?, no sirvió, como era previsible, para evitarla. Sin embargo, leída ahora, transcurrido casi un siglo, aquella dialéctica confrontación epistolar entre dos genios y mentes tan poderosas, mantiene su valor y clarividencia. Quizás por ello, estos textos, con ese mismo título, han vuelto a editarse. Tras la guerra, fueron olvidados, tal vez porque se les había pedido demasiado. Unas cartas, por muy llenas de sabiduría que estén, son impotentes para detener la agresividad que anida en un tirano como Hitler. De todos modos, quizás puedan todavía recuperar aquella vieja misión. En estos momentos, es posible establecer ciertos paralelismos entre esta situación y aquella que obligó a pedir la mediación intelectual de Einstein y Freud. Cualquier día, vuelve a desbocarse un tirano y para entonces estas cartas, bien leídas, resultarán aún más valiosas y necesarias.
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