La tribuna

Antonio Porras / nadales

El tesoro

REPETIDO ya hasta la saciedad, el argumento no tiene más alternativas: el eje de gravedad del planeta hace tiempo que se ha alejado de la vieja Europa. El auge de las economías emergentes, la explosión de China, la capacidad innovadora norteamericana y otros muchos factores, parecen haber dejado a nuestro viejo continente sumergido en un marasmo histórico, sin capacidad de respuestas para hacer frente a la crisis. Europa ya sólo interesa como un sitio confortable para hacer turismo cultural, rincón de encuentro de viejas historias, museos, obras de arte y hermosos monumentos.

No hace mucho, sin embargo, Europa parecía ser un auténtico modelo de proyección mundial. Pero, cuando ahora reflexionamos en perspectiva, tendríamos que preguntarnos ¿un modelo de qué? Y la respuesta parece sencilla: un modelo de desarrollo del Estado social, entendido como un estadio avanzado de la civilización democrática, donde los poderes públicos ostentaban una capacidad demostrada para gestionar economías eficientes, permitiendo al mismo tiempo un reparto equitativo de la tarta de los beneficios sociales que el propio sistema generaba. Ese constituía nuestro auténtico tesoro, ofrecido a toda la humanidad como un ideal realizable: un proyecto superador de viejas desigualdades y promotor de un modelo de bienestar social accesible a todos, o a casi todos.

Cuando nos aventuramos a afirmar que el proyecto europeo está fracasado, parece razonable pensar que ello se debe, entre otras cosas, a que ha debido surgir otro modelo mejor en algún lugar del planeta: es decir, que el ideal del Estado de bienestar ha sido "desbordado" por otros más avanzados, focalizados bien en las nuevas tecnologías, en desarrollos económicos estables y sostenidos, en nuevas formas de dinamismo social o demográfico, en nuevas pautas culturales, etc.

Sin embargo, cuando analizamos la realidad de esos otros países emergentes descubrimos que, en rigor, no existe un auténtico modelo alternativo. Más bien comprobamos, incluso, que esos países emergentes parecen aspirar a ser reproducciones más eficientes del mismo modelo de Estado social que surgió en la vieja Europa. O sea que, de mayores, quieren ser como nosotros.

Obviamente los europeos podemos entonar un mea culpa en el sentido de que, a lo mejor, por un exceso de optimismo imprudente, hemos acabado por comernos nuestra propia tarta, nuestra gallina de los huevos de oro. Es decir, no hemos conseguido que nuestro modelo ideal, inspirado en principios de justicia social, se convirtiera en un sistema sostenible a largo plazo, capaz de enfrentarse incluso a los avatares de una descomunal crisis económica.

Sin embargo, a la hora de abordar una estrategia de supervivencia ante la crisis, cuando nos empeñamos en tratar de salvar algunos muebles del naufragio, cuando escondemos bajo tierra nuestro viejo tesoro para tratar de recuperarlo en tiempos mejores, debemos ser conscientes de en realidad estamos intentando salvar un modelo que, para la humanidad civilizada, sigue siendo el más atractivo. Un modelo que constituye en realidad una expresión ideal de las aspiraciones comunes a cualquier sociedad democrática avanzada de cualquier lugar del planeta. Por eso nuestra supervivencia, la supervivencia de la vieja Europa, sigue constituyendo un esfuerzo por el mantenimiento de un modelo de progreso social de proyección universal; aunque acaso hoy sólo se mantenga o bien en algunos países del norte de Europa o en algunas sociedades de corte occidental como Australia, Nueva Zelanda o Canadá.

Europa se ha convertido así en la isla del tesoro, que todos tratarán ahora de descubrir o de reencontrar, puesto que en los sistemas políticos contemporáneos no existen mejores modelos alternativos. El ideal de la integración entre la economía de mercado y las necesidades sociales o colectivas, no tiene hoy por hoy otra concreción conocida, salvo su proyección mundializada. Acusar a este noble modelo de ser una reproducción de viejas visiones eurocéntricas supone desconocer las aspiraciones a la igualdad y al bienestar social que subyacen en el corazón de todos los pueblos del planeta. Por eso nuestro ideal no es, en el fondo, el ideal único y exclusivo de la vieja Europa, sino la mejor expresión de las aspiraciones hacia el progreso social inherentes a toda sociedad democrática avanzada.

Nuestros esfuerzos por salvar este tesoro son también los esfuerzos de la humanidad civilizada por disponer de unos sistemas públicos avanzados, sensibles a las necesidades y demandas de todos.

Tags

MÁS ARTÍCULOS DE OPINIÓN Ir a la sección Opinión »

Comentar

0 Comentarios

    Más comentarios