La aldaba
Carlos Navarro Antolín
El temporal acaba con las reuniones
La historia más reciente de España está construida sobre una imagen idealizada de la Transición como un periodo de consenso en el que la democracia se alcanzó en medio de una paz civil ejemplar y en el que la cultura y la creación artística, constreñidas y apagadas durante cuatro décadas por la dictadura, estallaron por fin en absoluta libertad. Pero como todos los mitos, este tiene mucho de falso. Ni fue un periodo especialmente pacífico ni se vivió durante aquellos años una edad de oro de la creación cultural. Quizás lo que más caracterice la Transición desde el punto de vista de la cultura popular sea, por el contrario, que emergió con mucha fuerza una cutredad que hoy, vista con perspectiva, constituye uno de los fenómenos más definitorios del final de la dictadura y el comienzo de la democracia.
El fallecimiento de Fernando Esteso ha reverdecido el recuerdo de aquel tiempo porque él fue uno de sus personajes más significados. Esteso fue tanto un referente del humor casposo y zafio que se adueñó de la televisión que dejaba atrás la férrea censura franquista como del cine de destape que llevó a las salas a millones de españoles ansiosos de muslos, tetas y culos. De mujer, por supuesto, que otra cosa no se concebía.
Pocas cosas hay que representen mejor aquella España que Esteso cantando La Ramona en algún programa de José María Íñigo en las noches de la única televisión posible o sus aventuras de obseso sexual en las pantallas con Los bingueros o Los currantes, escoltado siempre por su inseparable Andrés Pajares.
Esa era la España de la época. Mucho más que la que estrenaba con regular éxito de público las obras prohibidas de Francisco Nieva o la que se acercaba a las herméticas películas de Carlos Saura protagonizadas por su musa Geraldine Chaplin. La cultura siempre ha tenido derivadas elitistas y populares. Pero en esta segunda faceta en la Transición triunfó una visión chabacana y grosera de la vida que no tenía antecedentes en España y que, afortunadamente, tampoco ha tenido continuidad a lo largo de las décadas. Esteso tras el éxito fulgurante de aquellos años quedó pronto condenado al olvido. Y con él la época en el que fue un símbolo de la visión que se quería imponer del españolito medio. Hoy la España cutre de la Transición produce más nostalgia que otra cosa.
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