¡Oh, Fabio!
Luis Sánchez-Moliní
¿Y si le prohibimos el móvil a Óscar Puente?
El anuncio del cierre de los colegios y la suspensión de los trenes desbarató las agendas, que es como los cursis llaman a la lista de tareas del día, sean recados que hacer en el chino del barrio, sea recibir al fontanero (caso improbable de que encuentre uno y le llegue a la hora indicada), sea acudir a la farmacia con la tarjeta del seguro. Tonto el que no tenga agenda, oiga. Estos días sin AVE directo a Madrid se han cancelado numerosas reuniones absolutamente prescindibles. A la capital acude el que verdaderamente no tiene más remedio. El mundo ha seguido girando, el sol saliendo y las empresas funcionando sin que usted se haya escapado a Madrid en dos horas y media. Póngase delante del espejo y, al menos, dígase a sí mismo la verdad. Y si se ha quedado en casa a trabajar –o a hacer como el que trabaja– se ha librado de esas formas de torturas que deberían aparecer así referidas en los tomos de Historia del Trabajo: las reuniones. El veterano periodista Alfredo Relaño siempre dice en las entrevistas que el peor recuerdo de su vida laboral son las reuniones. El político Alfonso Guerra era de los que, al menos, acudía a las reuniones con los temas previamente estudiados, nada de cultivar esa costumbre de sentarse con cara de desgana y un papel en blanco mientras se pregunta si a alguien le sobra un bolígrafo.
Como dicen los motivadores que tenemos que ser positivos en los días de adversidades, concluiremos que el tráfico rodado fluía ayer como nunca sin autobuses escolares, el aire era de mayor calidad, los espacios ocupados por veladores estaban libres por efecto de la lluvia, en muchos bares había hueco en la barra, en el centro de salud no había que esperar ni un minuto para pedir cita o hacerse el análisis de sangre y, por encima de todo, sonó el clarinazo de la suspensión de reuniones no solo en Madrid, que así llevamos más de dos semanas, sino en casi toda Andalucía. La única reunión importante era y sigue siendo la del consejero Sanz (“Hay emergencia, llamad a Antonio”), que afecta a la vida de miles de andaluces que tienen que organizar su jornada. O su agenda, como repiten algunos papagayos para darse importancia. Un meteorito acabó con los dinosaurios, pero no sabemos qué acabará con las reuniones, un invento del diablo para que muchos babuchas aparenten trabajar y estar ocupados a base de darle vueltas al mismo asunto. Las reuniones son como las primarias de los partidos:a la larga provocan el efecto contrario al deseado. Recordamos la confesión espontánea de un ilustre cofrade al que saludamos en el AVE hace unos años: “Voy simplemente a comer un cocido a un sitio muy bueno y me vuelvo. ¿Te apuntas?”. Eso sí que es un motivo de peso para ir a Madrid, no las chorradas que se inventa el personal con las agendas y los líos.
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