David Cerdá: “Los consensos son transitorios, se pueden revisar”

David Cerdá | Filósofo y economista

Entre la empresa y la filosofía, este pensador políglota abomina de la figura del ‘coach’ y no teme a usar las viejas palabras como ‘bien’, ‘bello’, ‘honor’ o ‘valentía’ como guías en unos tiempos convulsos Rafael Atienza: “Exhibir un título de nobleza trae hoy inconvenientes”Mercedes Comellas: “A algunos estudiantes les duele que les desmonte el mito de Bécquer”

David Cerdá. / Juan Carlos Muñoz

David Cerdá (Sevilla, 1972), aunque residente en el Aljarafe, es un purasangre de El Porvenir. Se crió al final de Felipe II, cuando por allí pasaba el ferrocarril y estudió en el colegio público Turina y el Instituto Herrera. Luego vendrían la carrera de Ciencias Económicas y Empresariales, un MBA y la vocación tardía por la Filosofía, disciplina que cursó en la UNED y en la que se doctoró en la Universidad de Sevilla. Hombre discreto y comedido (se toma un té helado), sin miedo a las viejas palabras en un mundo nuevo, domina seis idiomas además del español (inglés, francés, alemán, portugués, italiano y árabe) y ha traducido a cumbres de la literatura universal como Rilke, Chesterton, Shakespeare, Simone Weil, Toqueville o Roger Scruton entre otros. De sus libros destacamos ‘El bien es universal. Una defensa de la moral objetiva’ (Rialp), ‘El dilema de Neo: ¿Cuánta verdad hay en nuestras vidas?’ (Rialp), ‘Filosofía andante’ (Ediciones Monóculo), ‘Ética para valientes: el honor en nuestros días’ (Rialp) o ‘Sangre en la hierba (Los porqués del fútbol)’ (Funambulista). Colabora habitualmente en prensa y da conferencias en diferentes puntos del planeta. Cuando se le pregunta por la política su respuesta es tajante: “Nunca perteneceré a un partido ni me haré una foto con un político.”

Pregunta.–¿Es usted un ‘coach’?

–En absoluto. Detesto el término. Los coaches han llegado porque los filósofos hemos abandonado el espacio que nos corresponde, que es el de la ayuda a la gente que se ayuda a sí misma. Al final no hay nada más parecido a la autoayuda que la filosofía. Siempre bromeo con que los libros de autoayuda benefician sobre todo a los autores que los venden. Me hace mucha gracia esa gente que dice que ha estudiado en la escuela de la vida, porque todos tenemos una vida. Algunos coaches apenas hacen un curso de seis meses... Me he metido con algunos y me han buscado de malas maneras.

P.–Sin embargo, su técnica a veces recuerda...

Respuesta.–Mi técnica se llama mayéutica y tiene unos 2.400 años de antigüedad. La base de la filosofía es el diálogo elevado. La mayéutica es la capacidad de hacer buenas preguntas para llegar a la verdad. No se trata de un diálogo con vencedores o vencidos, sino de llegar juntos a un determinado sitio. Es un método que requiere cierta generosidad.

P.–En estos tiempos sorprende de usted que no le tiene miedo a las grandes palabras: valor, ética, honor, el bien... Algunas han caído en un cierto descrédito.

R.–El proyecto posmoderno es el responsable de ese descrédito. Había cosas que mejorar, opresiones que finiquitar, desigualdades que superar... Pero se llegó al otro extremo, en el que nada es bello o feo, mentira o verdad. Ese ha sido el gran disparate posmoderno. Ahora mismo hay un cierto cambio de aires. A la gente hoy le sorprende que le hable de asuntos como la valentía.

P.–Durante años se ha exaltado la cobardía, la ética del desertor. Todo eso está empezando a cambiar. El valor es algo importante en las personas.

R.–El valor es el corazón de la moral. Todas las personas buenas que he conocido eran valerosas. Sobre todo eran capaces de defender una causa justa aunque eso les supusiese quedarse solos. Las redes sociales nos invitan a escondernos. Si ahora hay más bullying en los colegios es porque les hemos dicho a los niños que no se metan en más problemas, que salgan corriendo.

Al final no hay nada más parecido a la autoayuda que la filosofía

P.–Hoy todo el mundo tiene miedo: al fascismo, al comunismo, al gran reemplazo, al cambio climático... Se multiplican los discursos apocalípticos.

–El miedo siempre ha vendido. Es un instrumento de control primario y muy conveniente para algunos. Hay un clásico sobre este asunto: El miedo a la libertad, de Erich Fromm. El ser humano tiene la pulsión a ser libre, pero por otro lado la libertad le pesa. Ser libre significa una gran responsabilidad y hay una tentación a delegarla en otros.

P.–En España ahora se vende mucho el miedo al fascismo.

R.–Yo creo que en España no hay ahora mismo ningún partido fascista. Sin violencia no hay fascismo. Otra cosa es si a algunos les gustaría.

P.–Se habla mucho de nuestra dificultosa relación con la verdad.

R.–Es uno de los grandes problemas de la posmodernidad. Si nada es cierto ni nada es falso, si nada está bien ni nada está mal, lo único que importa, como decía Humpty Dumpty en Alicia en el país de las maravillas, es el que manda.

P.–Otra palabra demodé que usted usa es el honor. ¿Cómo puede ser el honor en estos tiempos?

R.–La mejor definición del honor es la del diccionario: “Cualidad moral que conlleva el cumplimiento de los propios deberes frente al prójimo y uno mismo”. Que alguien me cuente qué tiene esto de superado o rancio. Si tú no asumes que debes algo a los demás no eres una persona de honor.

P.–Hoy se presume de “cabalgar las contradicciones”.

R.–Esa es la manera, muchas veces, de decir que no se tienen principios. Sin duda hay grises, matices y dilemas muy potentes, pero más allá de eso uno tiene que tener una serie de principios por los que regirse. Hablemos de los famosos “cambios de opinión”. Claro que uno puede cambiar su juicio respecto a un asunto. La cuestión es por qué y con qué intención. Que no nos vendan que cualquier cambio de opinión es un acto de sabiduría.

P.–Perdón por la autocita, pero escribí un artículo en el que defendía que lo que había que hacer es cabalgar las convicciones.

R.–Completamente de acuerdo.

P.–En algún sitio ha dicho que habitamos en Matrix. ¿Es para tanto?

R.–Mi idea es que hay demasiada gente montando mundos paralelos al real. Una persona que no tiene una relación sana con la realidad terminará quebrando personal y civilmente. Hay muchas personas en el psicólogo porque no tienen una relación sana con la realidad. El mundo es como es y una de las cosas de ser adulto es aceptar que hay cosas que no puedes cambiar y, sobre todo, que no hay que comprar esos mundos paralelos que solo le interesan a ciertas personas.

El miedo siempre ha vendido. Es un instrumento de control primario

P.–¿Cuáles son las señales de que vivimos en un mundo Matrix?

R.–Una de ellas es la quiebra de la salud mental. No podemos creer que eso viene de la nada. Como decía Donoso Cortés le ponemos “tronos a las causas y cadalsos a las consecuencias”. ¿Cuál es la causa de este deterioro de la salud mental? No puede ser el patriarcado, el capital y esas cosas simplonas. Hay mucha gente que está perdida. Otra alarma es la polarización política y el gran descontento que hay entre los ciudadanos. Se está quebrando algo en la democracia.

P.–El problema de la polarización es que es algo que siempre se le achaca al otro. Hace unos días un grupo de periodistas e intelectuales firmaron un manifiesto contra la polarización. Lo gracioso es que muchísimos de ellos eran culpables de esa polarización.

R.–Ahí hay una señal. No necesitamos manifiestos. Fíjese que dos manifiestos apoyaron en sus orígenes al comunismo y al fascismo. Los manifiestos suelen salir mal. ¿Quién polariza? Aquella persona que se niega a sentarse con otros para hablar. Recientemente, hemos tenido un caso en Sevilla. El que se niega a debatir con otra persona es obvio que está polarizando.

P.–Se refiere, evidentemente, a David Uclés.

R.–Y a cualquier persona que use la palabra blanquear. Es un verbo que casi siempre sale mal. Si blanquear significa que no me puedo sentar con algunas personas es una palabra que no nos sirve. Se debe poder hablar con cualquiera.

P.–Hay una pregunta que usted lanza y que es muy inquietante. Yo, por ahora, no me la voy a hacer: “¿Cuánta verdad hay en nuestras vidas?”

R.–A mí me parece una pregunta jodida, pero preciosa. Si no nos la hacemos tenemos el peligro de crear mundos paralelos. La filosofía es básicamente eso, preguntarse lo que es cierto y lo que no es cierto, y añadir verdad a donde no la hay.

P.–Definir la verdad debe ser algo muy complicado.

R.–Qué va, es una cosa sencillísima: “adecuación de tus juicios a la realidad”. La realidad puede ser más compleja o más sencilla, pero si las cosas que dices del mundo se alejan de la realidad tu vida tendrá menos verdad. Y eso tarde o temprano puede saltar. Ahora bien, como decía Pascal, no toda cosa debe ser explicitada. La verdad tiene muchas capas.

Que no nos vendan que cualquier cambio de opinión es un acto de sabiduría

P.–Dice que vivimos en una pandemia relativista.

R.–Arranca seguramente en el 68, aunque ya había antecedentes filosóficos, como Nietszche. Hay mucha gente entusiasmada con la idea nefasta de que nada es falso ni nada es verdadero, sobre todo desde el punto de vista moral, lo que nos ha llevado a bajar la guardia, por ejemplo en cómo se trata a las mujeres en algunos países. Lo estamos viendo ahora con lo del burka. Bajo el manto de la tolerancia se ha colado mucho racismo. El relativismo se ha vendido como una tolerancia y es una forma de discriminación.

P.–Ahora se critica mucho a los partidos que quieren acabar con algunos supuestos consensos.

R.–Los consensos son transitorios, se pueden y deben revisar. Abrir melones es lo que hace a una sociedad madura. Para ser consenso siempre tiene que estar sometido a debate.

P.–Su tesis doctoral en Filosofía fue sobre la amistad. ¿Nos hace mejores?

R.–Sí, es una de las principales formas de amor. Es muy triste vivir sin amigos. Es triste la apropiación del término “amistad” por parte de las redes sociales. Eso provoca una profundísima confusión. Han convertido la amistad en “yo te doy cremita, tú me das cremita”. Esto tiene una derivada hasta en la política. Que un amigo sea alguien que siempre te de la razón es algo negativo.

P.–Los Ilegales, aquel grupo de nuestra juventud, cantaba aquello de “quisiera ser millonario para olvidarme de mis amigos”.

R.–Sí, pero cuando ya no eres famoso, cuando ya no estás en la cresta de la ola, ves las cosas de otra manera. La amistad empieza siendo algo muy afectivo y después se va convirtiendo en algo que tiene que ver más con la épica.

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