Ignacio Valduérteles
Dolor, amor, hermandades
En casa, la verdadera comida familiar ocurría cada año el Domingo de Ramos. Espinacas con garbanzos, bacalao con tomate, croquetas, torrijas, rosquitos, arroz con leche… se inauguraban los platos que luego servirían durante toda la semana como socorrido recurso en la nevera, a cualquier hora del día o de la noche. Se comía temprano, casi de pie, como en el libro del Éxodo. Y se contaban historias de pasos, de Semanas Santas pasadas, de bullas y nazarenos. Hasta que se adivinaba a lo lejos el alegre tronar de las cornetas, y en la calle, abajo, brillaban las primeras túnicas, tan limpias y coloridas. Los niños bajaban a pedir caramelos. Los adultos apostaban en el balcón a alguno de los más espabilados para que les avisara de la llegada del paso. El sol hería al Cristo muerto hasta hacerlo otra vez vivo, de tan brillante y moreno, y los tambores sonaban rotundos como doce campanadas. Sabíamos entonces que otro año más había pasado, y que el tiempo se precipitaba otra vez hacia su fin y hacia su gloria.
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