Ignacio Valduérteles
Dolor, amor, hermandades
—Oiga, que hace una eternidad que estoy aquí para poder ver la cofradía. Y viene usted y se me pone delante. No hay derecho.
Nos miramos y sonreímos. Somos verdaderos profesionales del cangrejeo y nos conocemos todo el repertorio de exageraciones de las señoras mayores indignadas con nosotros. Sabemos cómo tratarlas. Tiramos de amabilidad y algo de coba, las llamamos abuelitas, y finalmente les ofrecemos que se pongan delante de nosotros, que la calle es de todos y para todos hay sitio. Pero no nos ha dado tiempo de terminar la perorata: sentimos un escalofrío según nos atraviesa con su vestido de otros tiempos.
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