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Jacinto Pellón: a los 20 años de la Expo

Jacinto Pellón: a los 20 años de la Expo

13 de mayo 2012 - 05:03

AUNQUE no me gusta aparecer en los medios de comunicación, no he podido resistirme a escribir sobre la Expo 92, que tanto significó para Sevilla, Andalucía y España, y sobre, al menos para mí, sus principales artífices.

La Expo 92 y su celebración en Sevilla -con todo lo que ello supuso- se debió inicialmente a las gestiones y labor llevadas a cabo de una forma magistral por Su Majestad el Rey y por don Manuel Prado y Colón de Carvajal, primer presidente del V Centenario del Descubrimiento de América.

Si bien el acontecimiento y su celebración se concedió en principio por el Bureau Internacional de Exposiciones a Chicago y a Sevilla -lo que suponía una competencia difícil entre ambas ciudades y sus respectivos países, dada la hegemonía y potencia de EEUU-, en relativamente poco tiempo el proyecto de Chicago, que ya había empezado su andadura desde la iniciativa privada, fracasó debido a las confrontaciones que surgieron entre el presidente Reagan, el gobernador del Estado y el Ayuntamiento de Chicago. Sevilla, en consecuencia, lideró en solitario el compromiso desde la responsabilidad pública del Estado español y hubo que enfrentarse al reto de coordinar a sus distintas administraciones (central, autonómica y municipal) y de vender el proyecto a todos los niveles políticos y sociales, para que la imagen de España y la modernización de Andalucía prosperasen de la forma prevista.

Para mí, tres fueron las personas que hicieron realidad el proyecto, que resultó mucho mejor de lo previsto a pesar de las circunstancias políticas, económicas y mundiales que concurrieron con carácter previo a su celebración: caída del Muro de Berlín, desmembración de la URSS, desmembración y conflictos en Yugoslavia, primera guerra del Golfo, entrada en ciclo de crisis económica... Dichas personas, a las que me vinculaba y me sigue vinculando una gran amistad, me permitieron ser testigo de primera fila de todo lo que se hizo y hubo que superar para que el proyecto fructificase en una magnífica realidad. Dichas personas fueron Felipe González, Manuel Olivencia y Jacinto Pellón.

El entonces presidente del Gobierno, Felipe González, que con no pocas oposiciones, dificultades y críticas desde todos los sectores mantuvo desde el principio el paso y su voluntad política para que el proyecto se llevase a cabo, como fin en sí mismo y, sobre todo, como pretexto para la modernización del sur de España. Mi entrañable maestro, el profesor Olivencia, quien, desde su independencia, no dudó en dejar todas sus obligaciones académicas, familiares y profesionales, el aceptar el nombramiento de comisario y meterse de lleno en la organización de un proyecto dificilísimo, sin medios iniciales algunos -ni materiales ni personales-, donde estaba todo por hacer, había que conseguir muchos consensos y recursos y había que realizar una ingente labor con todos los países de la comunidad internacional para su participación en el evento, lo que se superó con éxito impensable. Y mi buen y gran amigo Jacinto Pellón Díaz, que se incorporó al equipo de la Expo cuando ya las obras estaban en marcha y que, sin duda alguna, contribuyó de una forma decisiva a su culminación e inauguración en plazo.

A todos ellos nuestra desagradecida ciudad, tan dada a homenajes y celebraciones, les debe el merecido reconocimiento al más alto nivel, por la labor realizada y la transformación de Sevilla.

En este artículo me voy a referir -por lógicas razones de espacio- al tristemente desaparecido, de una forma repentina e inesperada, Jacinto Pellón, dejando a los otros dos personajes para artículos posteriores.

Jacinto Pellón (Soto Iruz, 1935 - Barcelona, 2006) se incorporó a la Expo 92 cinco años antes de su inauguración, primero como consejero delegado y, posteriormente, como presidente ejecutivo de la Sociedad Estatal, encargada de las obras e infraestructuras del proyecto. Realizó una labor siempre reconocida -la mayor de las veces sotto voce- e impresionante que culminó con la inauguración del evento en el plazo convenido, lo que resultaba inimaginable, consiguiéndose la mejor Exposición Universal del siglo XX, a la que han intentado imitar, sin tanto éxito, las que le siguieron.

A pesar de ello, desde su vinculación al proyecto, fue víctima de una campaña de descalificaciones e injurias -propias en nuestro entorno para el que se pone al frente de cualquier proyecto transformador importante- por parte de determinados políticos y sus respectivos partidos y de cierta prensa crítica con todo lo que huele a progreso. Basta echarle un vistazo a las hemerotecas de la época para ruborizarse y avergonzarse de sus tesis de entonces y de las aludidas campañas difamatorias.

Tras su muerte y su obra hay que reflexionar sobre nuestra Sevilla, antes y después de la Expo. El albañil, como irónicamente le bautizaron los medios y grupos contrarios al evento, ha dejado una obra y estilo difíciles de seguir. Siempre me impresionó su capacidad de sobreponerse a las circunstancias adversas y a las campañas malintencionadas que le plantearon y a la persecución de que fue objeto por los mediocres de siempre que nunca apostaron por nada ni por nadie, aunque a pesar de ello, afortunadamente, culminaron con la constancia y confirmación de su buen hacer profesional.

Las campañas contra Jacinto Pellón no terminaron con el evento sino que, tras su culminación exitosa, se vio involucrado, en la más absoluta soledad, en una serie de procedimientos judiciales basados todos ellos más en oportunismos políticos que en hechos reales sobre su actuación en la Expo.

En este sentido, baste poner de manifiesto algunos. Al terminar la Expo, el entonces alcalde presidente del Ayuntamiento de Jerez de la Frontera, el señor Pacheco, quien por todos los medios intentó introducir un pabellón de dicha ciudad en el recinto (lo que reglamentariamente no estaba permitido y a pesar de ello consiguió de una forma subliminal, a través de la sociedad pública Tierras del Jerez), interpuso una demanda contra, entre otros, el señor Pellón, en reclamación de más de 1.500 millones de las antiguas pesetas, para justificar la situación de quiebra en la que se vio inmersa dicha sociedad.

De dicho procedimiento, en el que se vertieron toda clase de descalificaciones e injurias, de las que dieron traslado y se hicieron eco incomprensiblemente determinados medios de comunicación, conviene destacar que, tras el cambio político operado en 1996, se dejó totalmente indefenso al señor Pellón (dos días antes del plazo que se le confirió para contestar a la demanda), tras ponerse bajo sospecha todo lo realizado en la Expo. A pesar de ello, las sentencias que se dictaron fueron totalmente favorables a la actuación de los responsables del evento, con expresa condena en costas a los instantes de la demanda.

También, tras la terminación del evento, se interpuso una denuncia contra el señor Pellón ante el Juzgado de Instrucción nº 5 de la Audiencia Nacional, a cuyo frente estaba el famoso juez Garzón, quien durante muchos años estuvo practicando diligencias de todo tipo, con el eco mediático que siempre acompañaba a las actuaciones de dicho juzgado. Dicho procedimiento terminó con una resolución, de fecha 25 de junio de 2003, por la que se decretaba el archivo de la causa después más de siete años de diligencias e investigaciones y en la que se razonaba en su fundamentación jurídica: "Así, ni en la documentación suministrada por el Juzgado de Instrucción nº39 de esta capital ni en las Comisiones Rogatorias Internacionales libradas ni las declaraciones de imputados-testigos han conducido a establecer de forma mínimamente solvente la concurrencia de los requisitos del tipo delictivo… Antes al contrario, la dilatada y dificultosa instrucción ha demostrado exactamente lo contrario, de ahí la necesidad de aplicar lo dispuesto en el art.641.1 de la LEC".

La demanda que, asimismo, se le interpuso ante el Tribunal de Cuentas terminó en una sentencia absolutoria con costas, tras más de cinco años de tramitación, en la que se desestimaron todas las pretensiones del abogado del Estado. En la fundamentación de dicha sentencia se estableció que la gestión de la Expo resultó "totalmente razonable, dentro de la gestión de un evento tan complejo".

Conviene resaltar que de dichas resoluciones no se hicieron eco las personas y medios de comunicación que con tanta ligereza y mala fe habían venido actuando y participando en la continua campaña difamatoria.

Como me decía mi gran amigo, en estas circunstancias: "Bores, he servido al Estado cinco años y he sido reo de él once". Desde luego, que bien se le amargó su merecida jubilación antes de su muerte y su posibilidad de desarrollar los grandes proyectos que le ofrecieron.

Afortunadamente el tiempo lo deja todo en su sitio y tras las insinuaciones, manipulaciones, diligencias e investigaciones aludidas, no se pudo detectar ninguna irregularidad en su actuación al frente de la Expo, a la que tantos esfuerzos, medios e ilusiones se pusieron.

Tuvo que soportar estoicamente una situación de clara indefensión e injusticia y las campañas mediáticas que se montaron en torno a los procedimientos aludidos.

No conviene, además, olvidar que toda su actuación, en pro del proyecto de interés general, siempre estuvo respaldada por las administraciones públicas responsables y por los miembros del Consejo de Administración de la Sociedad Estatal, donde nunca se produjo ninguna reserva ni voto en contra de sus actuaciones y propuestas de acuerdos.

Nunca perdió su tranquilidad de conciencia y satisfacción por haber realizado la difícil labor que se le encomendó, considerando que la misma resultó brillante y eficaz, por lo que siempre mantuvo la cabeza alta. Aunque nunca fue persona de la que entendemos por sociable, siempre se le consideró un profesional inigualable -han quedado sus grandes obras públicas y privadas-, una persona magnífica y un servidor público intachable. ¡Jacinto Pellón, que en paz sigas descansando!

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