EL TIEMPO
Aviso amarillo por lluvia en Sevilla

Macondo de tagarninas y furgonetas

Novedad. Numerosos vecinos del Polígono Sur contaron sus vivencias en la presentación de 'La Zúa', una novela en la que Antonio Ortega le da voz a un niño de ese entorno marginal

Francisco Correal

17 de junio 2015 - 05:03

DE ida y vuelta. Del Polígono Sur al Polígono Sur. El barrio de nacencia, crecimiento y devoción del autor del libro, Antonio Ortega (Sevilla, 1971), poeta, crítico flamenco, biógrafo y desde ahora novelista; de uno de los presentadores, Antonio Camacho, profesor de Pedagogía Social de la Universidad de Sevilla; y de Antonio Reina, el actor que leyó e interpretó algunos de los pasajes de La Zúa (Ediciones en Huida) con el acompañamiento a la guitarra de Ramón Arias, integrante del histórico y pionero grupo Parachokes.

La Zúa se presentó con todos los honores en la sede del Comisionado del Polígono Sur, en el Edificio de Servicios Sociales sito en el barrio de las Letanías. Le dio las bendiciones María del Mar González, comisionada. La singularidad del libro de Antonio Ortega es que le da voz a un niño de doce años que acompaña a su padre en la ardua tarea de vender chatarra para sobrevivir.

El libro puede que no llegue a los suplementos literarios de los diarios, pero entrará sin duda en los corazones de quienes lo lean. Hay que remitirse a algunos cuentos de Ignacio Aldecoa, a la novela Intemperie de Jesús Carrasco para encontrar precedentes de la verosimilitud literaria en el uso infantil de la primera persona.

El autor nació en las Casitas Bajas y vivió en los Verdes, uno de los cuatro colores de las Tres Mil Viviendas. Un niño que sueña con jugar al fútbol en el equipo que entrena el Gordo, en ganarle algún día al equipo de los Coloraos, que parece una metáfora balompédica de La Roja; y en que los Reyes Magos, uno de los hilos conductores del emotivo relato, le echen algún día la bicicleta que todos los años les pide.

El escenario literario no es nuevo. Ya lo frecuentó con un dramatismo coral Fernando Mansilla en su novela Canijo. Drama sublimado en épica de lo marginal en películas como Polígono Sur, de la francesa Dominique Abel, o Grupo Siete, de Alberto Rodríguez. La Zúa es una joya literaria sin literatura. A su autor le molesta sobremanera que en algunas recreaciones personas de este barrio que nunca fueron a la escuela "hablen como Cervantes". Por eso usa la jerga, las perífrasis de barrio.

"¿Sabes qué es un periodista?". La pregunta del niño a su padre en este camino de chamarileros es un guiño autobiográfico de este vecino del barrio que después ejerció dicho oficio y ha publicado biografías del Bizco Amate y Paco Palacios El Pali.

"Este libro es el grito de los niños que nunca tuvieron voz", dice Antonio Ortega. Niños que crecieron en un entorno de delincuencia, de marginalidad, del boom de la droga, "el caballo sobre todo". Antonio consiguió salir de ese entorno, muchos de esos niños están en la cárcel o sencillamente ya no están. Si Fernando Savater escribió Ética para Amador, en el libro de Antonio Ortega hay una propuesta kantiana de un niño que lucha por ser bueno. Quiere ser bueno en el peor de los contextos, el mismo propósito que se hace el personaje de Berlin Alexanderplatz cuando sale de la cárcel en el comienzo de la novela de Alfred Döblin.

El padre del protagonista nunca va al médico. Los únicos oficios que aparecen en el barrio son los de chatarrero o el afilaó, amén de las incómodas visitas policiales. La presentación dio pie a la participación de vecinos que como los personajes de la novela se habían bañado en la Zúa, un ramal del río Guadaíra -hoy es el parque de este nombre- que era muy peligroso por el fango y las corrientes y al que tiraban desde bicicletas a sillones orejeros. La consigna de desecho que el profesor Antonio Machado, en su infancia poligonera, encontraría cuando vaciaron la piscina de aguas llovedizas de la antigua Universidad Laboral.

Padre e hijo siempre caminando, como personajes de una película de Kurosawa. Canciones de Nino Bravo, episodios de Colombo. El niño sigue sin bicicleta, quiere jugar al fútbol, lee libros de poesía y prefiere un bollo con Tulipán a una sultana. Una lírica del desarraigo de muchachos en flor cuyas madres cogen el Pegaso para limpiar las casas en las que no falta de nada. Anís Zalamea para el dolor de muelas, Orión y Flota para escamondar. Un realismo mágico de zapateros -el insecto omnipresente en la novela- y santateresas. Un Macondo a la vuelta de la esquina de tagarninas y furgonetas. Un distrito en el mapa municipal. Un universo en la memoria de un niño que sigue sin bicicleta y tiene que ganar todos los días el premio de la montaña.

1 Comentario

Ver los Comentarios

También te puede interesar

Lo último