EL TIEMPO
Regresa la lluvia a Sevilla

Viaje lírico del campo hasta la playa

Calle Rioja

Expectación. La casa de los Pinelo registró un lleno imponente para asistir a la presentación del libro de poemas de Jacobo Cortines, con Alberto Zedda como 'padrino'.

De izquierda a derecha, Jacobo Cortines, Alberto Zedda, Aquilino Duque y Rogelio Reyes, ayer en los Pinelo.
Francisco Correal

04 de noviembre 2014 - 05:03

ALGUNOS académicos tuvieron que hacer de acomodadores. Tal fue la respuesta de público a la presentación del último, tan primero, libro de Jacobo Cortines, Nombre entre nombres (Renacimiento). Su editor, Abelardo Linares, se tuvo que quedar en el patio porque no había un solo asiento libre.

Vinieron hasta sus primas de Lebrija. Cortines, escoltado en la glosa de su libro por los compañeros de la Academia de Buenas Letras Aquilino Duque y Rogelio Reyes, contó con un padrino excepcional, Alberto Zedda, director del festival de música de Pésaro, rossiniano a carta cabal. Venía de ver los cuadros de Carmen Laffón, que acudió a los Pinelo.

Zedda volvió a hacer de director de orquesta. "Hay mucha música dentro de tus poemas, que tienen ritmo de Mozart, de Rossini. El sonido por sí mismo no se puede distinguir del ruido. La evolución de la música occidental es una evolución de formas, no de contenidos".

Nadie se quedó en casa a ver el Rayo-Éibar. Arquitectos, filólogos, humanistas, latinistas, arabistas, pintores... y sus primas de Lebrija, que le preguntaban al maestro Zedda por Jacobo. Editado en la colección Calle del Aire, nombre cernudiano, muchos de los asistentes, invitados por el autor, salieron a coger el aire de la calle camino de la casa del poeta, consulado de la hacienda o cortijo El Labrador. Quizás para ver la segunda parte del Rayo-Éibar, guiño a Miguel Hernández.

En Nombre entre nombres hay "paisajes vividos, lecturas interiorizadas, viajes en el tiempo y en el espacio", en palabras de Aquilino Duque, "y, cómo no, historias de familia. La historia de una familia es la historia de unadecadencia". Familia que en el caso de Jacobo, sobrino-nieto de uno de los fundadores de la revista Bética, hijo de un hacendado y hacendoso arqueólogo, estableció nudos y arbotantes con los sucesores de Fernán Caballero.

Tanto Aquilino Duque como Rogelio Reyes ven ecos en la poesía de Cortines de referentes italianos: de cuna, Leopardi y Petrarca -"cuando un poeta traduce a otro lo tutea"-, de apellido, exilio y correrías, Rafael Alberti, hijo de El Puerto en una de cuyas playas se inicia el libro con un paseo recitado por Cortines.

Los poetas más valorados, argumenta el polemista nato Aquilino Duque, son aquellos que se dedican a "la destrucción y degradación de ese don divino que es el lenguaje". Dice que hay poetas que se acercaron al Cernuda "vidrioso", no al cristalino, acercamiento éste que distingue a Cortines o Pablo García Baena.

Hay mucho Juan Ramón Jiménez en los poemas de Nombre entre nombres. El Nobel de Moguer que, como recordó Rogelio Reyes, dijo de la poesía que es "la expresión de lo inefable". Y eso que entre los del 27 fueron legión los que Reyes llama "poetas profesores": no sólo Salinas, Guillén o Dámaso Alonso; también Cernuda, que vivió de la enseñanza en su exilio sin regreso, Gerardo Diego y su cátedra de instituto "y el mismo Lorca, que alguna vez soñó con hacer unas oposiciones para dedicarse a la docencia".

El protagonista del libro del académico de Lebrija no es "el yo lírico"(Rogelio Reyes), sino el lenguaje. Con dos pilares fundamentales: pasión y paisaje. Con raíces y con alas.

Alberto Zedda vivió la Sevilla de la Expo, dirigió El barbero de Sevilla en 1994. Ahora es español consorte. Vive en La Coruña casado con una musicóloga gallega. Mozart por muñeiras. Jacobo Cortines remató el acto con una selección de lecturas. Mundo de presencias y ausencias, como Azotea de Bornos, dedicado con Villamartín al fondo a su amigo ya fallecido el arquitecto Víctor Carrasco, que vivía "entre Bornos y San Francisco". Leído en presencia de un cualificado ramillete de arquitectos: Rafael Manzano, José Ramón Sierra, Juan Suárez, Gerardo Delgado.

"Tiene el mismo componente rural que sus memorias", decía Eduardo Osborne, pariente lejano del poeta. Por la puerta trasera entraban Juan de Dios Ruiz-Copete e Ismael Yebra. En el patio, aguardaban el final del acto Pepe Serrallé, Alberto Cortina e Ignacio Garmendia.

La presencia en el nombre de la cosa de Perico Romero de Solís, Alberto García Troyano o Isabel González Turmo devolvía el esplendor de tiempos de la Menéndez. Prehistoria de la Expo. Los Pinelo fue ayer academia de academias: de Medicina, Bellas Artes y Buenas Letras. Entre el público, Jaime Rodríguez Sacristán, Enriqueta Vila, Rocío Carande, Vicente Lleó Cañal, Francisco Socas, Juan Lamillar, Antonia Heredia Herrera y un larguísimo etcétera de un auditorio amplio en cantidad y en calidad. Ilustres apellidos en esta apoteosis de los nombres. Triunfo del verbo.

El sonido se iba diferenciando del ruido, en la hermosa analogía del maestro Alberto Zedda, que distingue a Jacobo Cortines con su afecto y su magisterio. Uno de los poemas que leyó el de Lebrija lo escribió de regreso de Pésaro, del festival que dirige Alberto Zedda, para volver a pasear por la playa de El Puerto, Rota y Cádiz entre brumas, arboledas perdidas, el paraíso que estaba al otro lado de El Labrador, final de trayecto de los Amarillos.

En el patio de los Pinelo, el autor saludó al editor y lo felicitó por su trabajo. Salían a la calle, miraban al cielo, que prometía lluvia, y quizás pensaban en los dos tipos de poetas que enunció Aquilino: lunáticos y estrelleros.

De maestro de ceremonias hizo Rafael Valencia, director de la Academia, acompañado por la vicerrectora Elena Cano.

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