Vivir en una caja de zapatos
Reurbanización El hacinamiento y las malas condiciones, lacras de una barriada de remiendos
En los pisos de Los Pajaritos que el Ayuntamiento califica de "infraviviendas" se vive entre el escepticismo y la esperanza la noticia de la demolición y sustitución anunciada por Urbanismo
Parada del 23 junto al mercado de los Pajaritos. Antonia Joaquina improvisa un tratado de ornitología. "Mi hija vive en la calle Cigüeña y mi madre en la calle Codorniz. Pero creo que los pisos que van a tirar son los que están del colegio y el mercado para abajo". Operación que entre Los Pajaritos y Regiones Devastadas afectaría a unas 3.600 personas, equivalente a la población de municipios de la provincia como Aznalcázar, Peñaflor o La lantejuela.
En el centro, las zapaterías y en su barrio, las cajas de zapatos. Rosa Baeza llegó muy niña a la calle Perdiz y al casarse se trasladó a la calle Mirlo. Es una de las muchas historias de este destierro. "Vivíamos en la calle Gerona, cerca de Sor Ángela de la Cruz. Mi padre trabajaba de dependiente de una tienda, pero murió. Mi madre enviudó y con la paga que le quedó se tuvo que venir aquí con los tres niños". Rosa era la más pequeña de los tres y la única que se quedó. Hizo virguerías para sacarle partido a los 36 metros cuadrados de piso. Dos de sus hijos, Juan Ramón y Raúl, se casaron y se fueron bien cerca. "Están con dos hipotecones de 19 millones en dos pisos de las Candelarias". Rosa Segovia, la madre, vive inválida en un principal de la calle Mirlo a sus 84 años. "De noche la cuida mi hijo Sergio y de día yo".
En la casa de Rosa viven el matrimonio y sus dos hijos solteros, Sergio, que la ha hecho abuela de una nieta preciosa, Mari Cruz, que vive con su madre en Zaragoza y viene el 1 de agosto para alegrarles el verano, y Rosa María, que estudia Peluquería. Al emanciparse dos de los varones, le añadieron su dormitorio al modesto salón "para por lo menos caber en Navidades". El patio, donde los vecinos arrojaban desperdicios, lo convirtieron en dormitorio del matrimonio. "Llevan veinte años diciendo que van a tirar estos pisos", dice Sergio, el cuidador de su abuela, fontanero eventual.
"Era un barrio de obreros, pero perdió su encanto. Teníamos la cosa de irnos", dice Rosa, "pero con lo que gana mi marido no llega para meternos en hipotecas. Pusimos a la venta los dos pisos, el nuestro y el de mi madre, y con lo que nos daban, diez millones, no teníamos ni para la entrada".
La mayoría de los bloques tienen la placa de la ley de 15 de julio de 1954 a la que se acogieron sus inquilinos, beneficiarios del Instituto Nacional de la Vivienda. El último año que nevó en Sevilla. Los Pajaritos tiene dos características: está poblado por desterrados de los barrios históricos, "nos echaron de Triana, de la Macarena, y allí se quedaron los gallegos, los asturianos, los montañeses", dice un vecino, y existe un altísimo sentido del vínculo familiar.
Es la hora del bocadillo de los dos albañiles. José Cabello, 35 años, nació en la calle Perdiz, uno de los siete hermanos que se hacinaban en la casa. "Estabas todo el día cabreado", dice de esa obligada vida de gnomo. Se casó, vive en otra casa de la misma calle y como es albañil le está haciendo la obra a su sobrina Tamara, que vive en las Candelarias y se muda para casarse a Los Pajaritos. José, con su sobrino Félix, de Su Eminencia, se han adelantado al Ayuntamiento en las obras del barrio. "Estas casas están caducadas. Aquí no se puede vivir. Es tercermundista", dice el albañil y tío de Tamara.
No se habla de otra cosa en Los Pajaritos. En sus diferentes mentideros: el mercado, los bares, la parada del autobús. ¿Qué hará el propietario que ha puesto un cartel en la plaza de abastos? Pone a la venta "dos pisos unidos-buena zona" en c/ Gaviota, números 13 y 15. En esa misma calle, pero en los pares, en un bloque con veinte vecinos, vive Ana María del Moral, 74 años. "Soy de la calle Alfaqueque. Bautizada y casada en San Vicente. Mi niña nació en la Macarena, mi niño en Triana, bautizado en la O, pero por desgracia estoy en este dichoso barrio". Su bloque respira alegría comunitaria y ropa tendida. "Vivo en un tercero, mi ascensor son mis piernas", dice Ana María, que llegó al barrio en 1975. "Me dio el piso el cardenal Bueno Monreal. Le pedí audiencia y me planté en su despacho".
Obras en la calle Pingüino. "Mi madre, que tiene 90 años, dice que la fusilan antes de bajar las escaleras". Antonia Calle, 64 años, no quiere obras ni en pintura. "Veníamos de San Bernardo. Vivíamos los ocho, el matrimonio y los seis hijos, y no se nos caían los anillos". Su padre era tractorista en Marchena y fue de los primeros que superaron la prueba en la Plaza de España para conducir los cinco primeros autobuses urbanos que trajeron de Madrid. Llegaron a Los Pajaritos en 1960.
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