La adolescencia en la UCI frente al Guillain-Barré: "Tenía 14 años y de repente no podía moverme ni respirar sola"
La historia de Adriana Solano pone rostro a la dura realidad de vivir esta enfermedad a los 14 años y revela la humanidad del equipo de intensivos de Vithas Sevilla
Adriana Solano Pancha tenía 14 años y un verano por delante. Acababa de terminar tercero de la ESO, soñaba con piscinas, ferias de pueblo, amigas y planes sin reloj. Nada hacía sospechar que, en cuestión de horas, su cuerpo dejaría de responderle y su vida se trasladaría a un lugar donde el tiempo se mide en respiraciones: la UCI.
Todo comenzó una mañana cualquiera. Adriana ya estaba convaleciente de una mononucleosis, pero aquel día algo era distinto. Al intentar caminar desde el sofá hasta la cama, sus piernas fallaron. Cayó. Después vino el hormigueo, la fiebre, el vómito, la silla de ruedas, las urgencias. Y, casi sin transición, la inmovilidad. "No podía andar", recuerda. Poco después, tampoco podía respirar por sí misma.
El diagnóstico llegó como llegan muchas palabras desconocidas en medicina: sin significado inmediato. Síndrome de Guillain-Barré. Adriana no sabía qué era. Nadie imagina, con 14 años, que su propio sistema inmunológico pueda volverse contra ella y paralizar, músculo a músculo, incluso los que permiten respirar. Nadie imagina una tráquea, una sedación, una máquina respirando por ti.
Hoy Adriana explica la enfermedad con una claridad que impresiona. Habla de anticuerpos "que se vuelven locos" y "se atacan entre sí", de un cuerpo que deja de obedecer, de una parálisis que no distingue entre piernas, manos o pulmones. Pero lo más duro, dice, no es solo lo físico. "Es una de las peores enfermedades que te puede tocar, psicológica y físicamente. Y no sólo para ti, también para los que te ven", afirma.
La UCI: el lugar del miedo y de la humanidad
Adriana pasó por tres habitaciones de UCI. De algunas no guarda recuerdos. Estaba sedada e intubada. Otras permanecen grabadas como fragmentos sueltos: sensaciones, voces o manos. El miedo nocturno, sobre todo. "Las noches eran un infierno", confiesa. "Ahora me cuesta dormir. Me quedó ese trauma".
En ese espacio extremo, donde la fragilidad es absoluta, Adriana descubrió algo esencial: la importancia de sentirse escuchada. Ella lo repite como un mensaje casi urgente. Escuchar al paciente. Escuchar a la familia. Escuchar incluso cuando el cuerpo no puede hablar bien.
Y ahí emerge con fuerza el papel del equipo de la UCI de Vithas Sevilla, un entorno que Adriana y su familia describen no solo como altamente cualificado, sino profundamente humano. Enfermeros, auxiliares y médicos trabajando sin jerarquías rígidas, ayudándose unos a otros, atentos a cada gesto, a cada señal de miedo o cansancio.
"Esta ha sido una de las mejores UCIs que se pueden ver", afirma Adriana, apoyándose también en la experiencia de su tía, sanitaria. "Aquí me escuchaban. Si me veían mal, dejaban pasar a mi familia. Y eso, en una UCI, no es lo habitual".
Nacho, el médico que insistió
En el centro de esta historia hay un nombre que se repite con emoción: el doctor José Ignacio Sánchez Olmedo, Nacho, jefe médico de la UCI de Vithas Sevilla. Adriana lo dice sin rodeos. "Si no llega a ser por Nacho, yo ahora mismo no estaría aquí contándolo", apunta.
Durante el tratamiento, la plasmaféresis —una técnica compleja que filtra la sangre para eliminar los anticuerpos dañinos— provocó una reacción grave en Adriana. Hubo dudas. Se planteó suspenderla. Pero Nacho insistió. Ajustó la medicación, buscó alternativas, defendió continuar. Apostó por ella cuando otros no lo veían claro.
Ese empeño médico, basado en conocimiento, experiencia y convicción clínica, marcó un punto de inflexión. Adriana pudo completar las cinco sesiones. Empezó la mejoría.
Pero Adriana no habla sólo del médico brillante. Habla del ser humano. Del profesional que entraba a verla, que le hablaba de su familia, que le daba un beso, que la acompañaba día tras día. "Ha sido como un padre aquí para mí", dice. "Una de las personas más importantes de la UCI", se reafirma.
Desde el centro destacan este modelo como el que "representa Vithas Sevilla". "Una UCI que no se conforma con aplicar protocolos, sino que busca sumar tratamientos, insistir, innovar y, sobre todo, cuidar a las personas más vulnerables desde la cercanía", apuntan.
Volver a aprender lo básico
Salir de la UCI no fue el final, sino el comienzo de otro proceso. La fisioterapia. Volver a mover una pierna. Un brazo. Escribir. Levantarse sola. "Es como volver a ser un bebé", explica. "Todo es un mundo", apostilla.
Cada gesto cotidiano —andar, respirar, hablar, abrazar— adquirió un valor nuevo. Adriana observa ahora a la gente caminar como quien contempla un privilegio. "No sabes la suerte que tienes de poder respirar", dice con serenidad.
La experiencia también le abrió los ojos a la discapacidad, a las barreras invisibles, a las rampas mal pensadas. A la falta de empatía que sólo se rompe cuando el cuerpo te obliga a mirar distinto. "Me he llegado a sentir mal por no haber empatizado antes", se lamenta.
Adriana no romantiza la enfermedad. La nombra dura, injusta, traumática. Pero tampoco se queda en el dolor. Ha salido con la convicción poderosa de vivir sin aplazarse. "Si quieres hacer algo, hazlo. No sabes qué puede pasar mañana", afirma con contundencia y madurez.
Quiere estudiar Química. También le interesa la psicología, la salud mental o la discapacidad. Tiene 14 años y habla con una madurez que desarma. "Antes pensaba que era la oveja negra de mi familia. Ahora sé cuánto me quieren", sostiene.
Antes de terminar, lanza un mensaje claro, casi como un deber moral. "Si hay hormigueo persistente, debilidad, algo que no encaja, acuda al hospital. Y, sobre todo, que se escuche a los pacientes. A los niños. A los adolescentes. A las familias", concluye.
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