El adulto anticipado
El relato del propio Márquez Villanueva sobre su infancia sevillana es de una extrema dureza que sólo encuentra perfiles amables al evocar la Semana Santa
Hablamos muchas veces en los últimos meses de 2008. Siempre de Sevilla. Él desde los Estados Unidos, en charlas de teléfono a la hora de la media tarde española. Le emocionaba hablar de su ciudad, porque era hacerlo de su infancia, la patria de todo ser humano, esa etapa al que todo adulto está retornando en un eterno gerundio. Su relato estaba trufado de referencias melancólicas, tal vez porque la melancolía es el barniz de belleza que adquiere lo que en el fondo no deja de ser triste. Y este hombre no ponía paños calientes ni disimulaba la realidad. Baste un ejemplo sobre su salida de la ciudad en 1959: "No es que me marchara a los Estados Unidos, sino que bajo un declarado rechazo me tuve que ir, no he tenido después ninguna ocasión de volver a España, en la que nunca pude ganarme la vida".
Pero antes de eso, la infancia: la casa natal derribada, el hambre de los años 40, el olor a la pólvora quemada de la Guerra Civil, una experiencia próxima a la muerte, el empobrecido arrabal de San Bernardo… Un panorama que en este hijo único sólo adquiere perfiles amables cuando aparece la Semana Santa.
Una frase demoledora, con toda la carga de una sentencia, resume los recuerdos de sus primeros cinco años de vida: "Nací en la calle Oriente, en un casa que ya no existe". ¿Cuántos sevillanos comparten hoy la orfandad material de la casa en que vieron la primera luz por la piqueta que arrasó el caserío de tantos barrios? Acto seguido, una advertencia tiene el efecto del jarro de agua fría para quien le suplicaba acompañarle en ese perenne viaje a la infancia: "Desperté a la vida consciente en la fecha exacta del 18 de julio de 1936, a partir de ahí empiezan a fluir mis recuerdos". La infancia de Márquez Villanueva es una película agridulce en el blanco y negro de una Sevilla que ofrecía pocas concesiones. Fue testigo infantil de los balazos entre los dos bandos de la contienda en su casa de la calle Jerónimo Hernández: "Sufrimos un espantoso asedio, cogidos entre dos fuegos en los primeros días de la Guerra". La familia salió adelante poco a poco. Su madre, maestra titulada, abrió una escuela en la calle Santa Paula en 1938. "Allí vivimos hasta mi marcha a los Estados Unidos, con amargos recuerdos de los terribles trances de hambre, enfermedad y miseria que por tanto tiempo se vivieron en la zona norte de la ciudad, incluyendo una tifoidea que me tuvo a las puertas de la muerte en los comienzos de la adolescencia". Esta secuencia de desgracias y adversidades tuvo un efecto terrible: "La consecuencia de un historial así es que uno se convierte en un adulto anticipado. Los que vivimos aquello no pudimos permitirnos el lujo de ser otra cosa, convertidos en una especie de monstruos. Y ahora, con tantos calendarios encima, lo somos tal vez mucho más".
¿Dónde encontró Márquez Villanueva el marchamo de inocente y blanca felicidad que debe acompañar a todo niño? En la Semana Santa, la fiesta que a nadie deja indiferente. En 2009 nos confesaba sus primeros recuerdos, fechados en la de 1940, como tierno espectador en unas sillas de la Avenida. "Había terminado la Guerra Civil. Sevilla se volcó para la vuelta del festejo primaveral de siempre, como si tratara de persuadirse de que no había pasado nada, sin que hubiera la menor sospecha de la dura década que iniciábamos, ni de la clase de hambruna que nos esperaba a unos cuantos meses vista. Fue una Semana Santa bonita, sin lluvia ni otras esaboriciones". Aquel niño de nueve años evocaba esos días una ciudad que vivía la Semana Santa como terapia eficaz, días por fin sin convulsiones, sin amenazas, sin sobresaltos. "La única nota discordante en este sentido fue la clandestinidad a la que recurrían los vendedores para proporcionar el Viernes Santo bocadillos de carne". Y en contra de lo habitual, al niño Márquez Villanueva no le gustó la alegoría por excelencia de la Semana Santa sevillana: "Me llenó de horror el paso aquel del esqueleto, conocido popularmente como la Canina".
¿Conocía este ilustre sevillano en la diáspora en qué consistía la Semana Santa? Basta recordar sus palabras: "Ofrece características propias muy poco usuales en cuanto a supervivencia histórica. Constituye una fiesta popular y se halla inextricablemente fundida con una alta manifestación de arte. Se trata sin duda de un fenómeno moderno, sin apenas raíces medievales, que nace y toma forma en los siglos XVI y XVII. Su base es total e indiscutiblemente religiosa, pero desde el primer momento vivida y alentada por la sensibilidad del pueblo". En una de aquellas charlas recordó lo que respondió un sevillano capillita a su reproche sobre el carácter no litúrgico de los palios de las vírgenes: "Sí, pero yo creo que Dios no se va a enfadar porque nos sobrepasemos un poco en tratar bien a su Madre".
Que la infancia más feliz estuvo ligada a la Semana Santa lo prueba su vinculación a San Bernardo, en cuya cofradía llegó a salir de nazareno en 1949. En el arrabal vivía su abuelo paterno, ferroviario de profesión. Otra vez el relato estremecedor de los años duros: "Era de familia extremadamente pobre. Y mi abuela Carmen era una persona admirable, aunque no pisó nunca una escuela. San Bernardo era en aquellos años una especie de gueto, habitado por gente tan laboriosa como empobrecida, hecha a depender de los diteros y a recurrir al pequeño grupo de profesionales del toreo como paño de lágrimas". En ese contexto, la hermandad del barrio "endulzaba" la vida al menos por un día. La entrada de la cofradía era el momento más intenso para los vecinos, con un relato que contrasta mucho con la disciplina imperante hoy en las filas de todas las cofradías, pese a algunas estampas muy concretas: "Al llegar a la Puerta de la Carne, la mayoría de los nazarenos se iban, destrozados, a sus casas, y los pasos quedaban confiados al cariño espontáneo, pero siempre respetuoso de la gente a sus imágenes".
¿Cuál fue la primera impresión de aquel joven que debutaba como nazareno? La frase es rotunda y encierra una de las grandes claves que es fácil sentir, pero difícil describir: "Comprobé cómo el antifaz hace al nazareno. La pérdida de identidad es recíproca entre el penitente y la multitud que lo observa. Estamos acostumbrados a sacar a pasear nuestra cara igual que lo hacemos para pasear al perro, y el antifaz liberador da paso a una manera distinta de percibir las cosas. El nazareno no es un ser humano, sino el acto de penitencia en dos pies, y el capirote mismo está calculado para acentuar dicho impacto por una vía definitivamente fantástica".
Setenta años después de aquellas experiencias, desde su despacho norteamericano, confesó su definición de la Virgen de la Esperanza en la Madrugada por antonomasia: "Su paso está hecho para fundirse en la noche primaveral sevillana, es una de las cosas sublimes que cabe admirar en todo el planeta". Y a modo de meditación final, dejó su conclusión más íntima: "Un deber de amor, que lo es también de inteligencia, pesa sobre todos los amantes de la Semana Santa, el problema es el de siempre: conocernos a nosotros mismos, por dentro lo mismo que por fuera".
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