EL TIEMPO
Regresa la lluvia a Sevilla

En la batalla de Trafalgar todos pierden

calle rioja

Escenarios. Del Café Gijón, nombre del certamen literario que ganó, a un restaurante de la calle Feria, uno de los escenarios de la novela de Rodríguez del Corral 'Blues de Trafalgar'.

Francisco Correal

14 de febrero 2013 - 01:00

EL asesino vuelve al lugar del crimen y el novelista a los escenarios de su novela. A alguno de ellos, como la calle Feria, donde ayer José Luis Rodríguez del Corral habló en Los Miércoles de El Jueves de su novela Blues de Trafalgar (Siruela), con la que este autor doblemente vinculado con los libros como filólogo y como librero obtuvo el premio de novela Café Gijón, que pese a llevar el nombre de un castizo y reputado tugurio madrileño que Cela inmortalizó en La Colmena, cuenta con el patrocinio homónimo del Ayuntamiento de Gijón y de la entidad bancaria Cajastur.

Rodríguez del Corral (Morón, 1959) hizo un viaje equinoccial desde Berlanga hasta Umbral y demás contertulios del Café Gijón. Justo el año que cerró la librería universitaria La Roldana, en 2003, obtuvo la última edición del premio La Sonrisa Vertical con su novela Llámalo deseo. Una iniciativa literaria puesta en marcha por el cineasta Luis García Berlanga.

La librería La Roldana la abrió Rodríguez del Corral en 1982. Un librero de veinte años en una década, los ochenta, que es el caldo de cultivo cronológico de la trama de la novela que ayer desmenuzaron sus lectores en la iniciativa mensual de la librería El Gusanito Lector. Si Umbral dijo del Autorretrato sin retoques de Jesús Pardo que era como si hubiera entrado "con una ametralladora en el Café Gijón", con esa misma carga metafórica, Rodríguez del Corral, desde el faro de Trafalgar visto desde la playa de la Aceitera que aparece en la portada del libro, entra sin piedad en la hipocresía moral de cierta izquierda del pelotazo, barones rampantes de aquellos barros que nos trajeron estos lodos.

El que fuera librero universitario vertebra una historia de amistad y desazón que arranca precisamente en la antigua Fábrica de Tabacos. A los cuatro jóvenes que ponen en marcha la trama les gusta fumar, pero otra cosa. El Pumarejo es su Eldorado. Tres mosqueteros y una mileidi. Un arquitecto, un filólogo, un director de cine y una antropóloga con ambiciones políticas incumplen el sagrado precepto de Pascal de que todo lo malo procede por el empeño de salir de casa.

Música de Silvio y de Camarón, estampas paradisíacas en Zahara de los Atunes. La Sevilla que precede a la Expo, ésa que describe con realismo sucio Alberto Rodríguez en Grupo 7. Blues de Trafalgar es una película dentro de una novela: una historia entre Zahara de los Atunes, Sevilla y Londres. Una nueva batalla de Trafalgar sin almirante Nelson en la que todos los contendientes sufren una importante derrota.

El librero que se pasó a novelista, el que ganó el mismo certamen que lanzó al estrellato con Las edades de Lulú a Almudena Grandes antes de que esta escritora sólo viera maquis y requetés menciona en Blues de Trafalgar a escritores como Flaubert y Dino Buzatti, metaliteratura pura. Al personaje le ocurre todo lo contrario que al autor: si éste pasó de las ventas y albaranes a la novela, su creación ficticia pasa de novelista a escritor de jardines.

Blues de Trafalgar lo presentó anoche en este restaurante de la calle Feria Antonio Molina Flores, profesor, granadino de Orce, chamarilero de trastos viejos con los que recrea nuevas estanterías de libros. Rodríguez del Corral fue un tiempo colega de Esperanza Alcaide, la librera anfitriona de estos encuentros. El premio Café Gijón le recuerda al cronista el escenario de su primera entrevista: la que le hice, con el temblor del principiante, a Francisco García Pavón, el manchego de Tomelloso que creó los personajes de Plinio y don Lotario, la pareja de la inédita senda de la novela manchega de detectives. García Pavón sería sin duda un entusiasta lector de una novela premiada por un jurado en el que se encontraban Antonio Colinas y José María Guelbenzu.

Blues de Trafalgar cruza las tenues fronteras entre el bien y el mal, la culpa y el perdón, que trenza Patricia Highsmith en El amigo americano. El lector no puede evitar la sombra de Ripley con el faro de Trafalgar de fondo. La reseña biográfica del autor, después de algunos de sus méritos, termina así: "En la actualidad se dedica exclusivamente a la literatura". Una de sus ocupaciones fue escribir una biografía de Manuel Ferrand, el único sevillano que ha ganado el premio Planeta. Poca renta para un galardón creado por un editor de El Pedroso. Aquí hay un serio candidato, paisano de patria de Fernando Villalón, el poeta y ganadero del 27 nacido en lo que es convento de las hermanitas de la Cruz.

Rodríguez del Corral dedica su libro a los amigos con los que ha compartido las playas de Trafalgar y Zahara. Y que, parafraseando la dedicatoria del libro de Jesús Pardo, tienen la fortuna de no salir en esta novela. Le gusta la playa, aunque hacía largos en la piscina de Crédito soñando tal vez con Juliette Binoche en Azul de Kieslowski.

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