Un brazo del Pisuerga bajo el puente de Triana
Calle Rioja
Se cumple un año de la muerte de Enrique Valdivieso y su esposa, Carmen Martínez.
Su legado es el de los epítetos de Sevilla: la ciudad barroca, la conventual, la costumbrista
UN año sin Enrique Valdivieso es como un día muy largo. El 2 de febrero de 1882 nace en Dublín James Joyce. El 2 de febrero de 1922, como regalo por su 40 cumpleaños, cuando según Gil de Biedma empieza la nostalgia, salió a la calle el primer ejemplar del Ulises, casi mil páginas de lo que ocurrió por las calles de Dublín un 16 de junio de 1904, aunque el libro lo escribiera entre Trieste, París y Zurich. El 2 de febrero de 2025, Enrique Valdivieso emprendió su último viaje. Le acompañó su compañera de vida, Carmen Martínez, la madre de sus tres hijas.
Ha habido a lo largo de la historia muchas maneras de conquistar Sevilla. Una ciudad que muchas veces se ha dejado someter para convertir en rehén a su conquistador. Síndrome de la mantis religiosa. No es igual la conquista de Bonifaz que la de Queipo de Llano, la de Almutamid que la de Fernando III. La del cardenal Segura que la de Diamantino García. Además de las civilizaciones que la dominaron (romana, visigoda, árabe, cristiana), otros epítetos se han incorporado como adjetivos en su pila del bautismo junto al nombre acaparador: Sevilla. La Sevilla napoleónica que estudió Manuel Moreno Alonso, la Sevilla americana de Antonio Cascales, la Sevilla romántica que se puede ver en la exposición de la Casa Fabiola, muy cerca de donde vivía Enrique Valdivieso, la casa en la que en 1929 muere Luis Montoto Rautenstrausch. Está la Sevilla golfa que una noche postelectoral presentó Joaquín Arbide en La Carbonería con el editor David González Romero y Gonzalo García Pelayo.
Esa Sevilla que tantas veces pronuncia Audrey Hepburn en My Fair lady. No sé si en la obra original de Bernard Shaw, Pigmalión, aparece todas esas veces que la señorita Doolittle la repite en las lecciones de urbanidad que recibe del profesor Henry Higgins (Rex Harrison) en la película de George Cukor. El irlandés Bernard Shaw, a diferencia de su compatriota James Joyce, sí recibió el Nobel de Literatura y no dedicó palabras muy cariñosas al Ulises. En la trayectoria académica y científica de Enrique Valdivieso (Valladolid, 1943-Sevilla, 2025) podrían aparecen múltiples epítetos: la Sevilla barroca, la Sevilla conventual, la Sevilla costumbrista. También la Sevilla desganada e indolente a la que le atizaba sin remilgos ni eufemismos.
Se puede hablar sin error a equivocarse de las Sevillas de Enrique Valdivieso. Su fascinación por la ciudad fue muy similar que la que sintió Francisco García Tortosa, murciano de La Ñora, catedrático de Filología Inglesa y traductor del Ulises de Joyce. Valdivieso la conquistó con humildad, convirtiendo a cada alumno en un embajador del juicio crítico y del buen gusto. Han sido varias generaciones de discípulos que mantienen vivo su legado.
Daba igual el foro donde te lo encontraras: en Cajasol en la presentación de un trabajo de Fernando Gabardón de la Banda; en la Academia de Buenas Letras, donde fue uno de los más jóvenes en ingresar, criticando el abandono institucional del patrimonio; en el convento de Madre de Dios, dando una lección que dejaba asombrados a propios, las religiosas del convento, y extraños; en los turnos del hospital de la Caridad; junto al mostrador de La Moneda; en la Caja Rural del Sur, la última vez que le vi con vida, cuando presentó su monumental trabajo sobre el denostado y mal estudiado costumbrismo sevillano; en la Judería de San Bartolomé, lugar que me propuso para hacer un paseo por sus rincones predilectos; en la Barriada Murillo del Polígono Sur que se había sumado al cuarto centenario del nacimiento del pintor. De regreso a su casa de Mateos Gago cogió un catálogo para mostrarme el paradero exacto del cuadro que habían reproducido en uno de los bloques de las Tres Mil Viviendas, donde nos acogieron entre hogueras, bicicletas y botellines.
Enrique Valdivieso llegó a Sevilla dos años después que su paisano Julio Cardeñosa, el artista del balón que fue director de orquesta en el centro del campo del Betis. Unos días antes de su muerte, el Valladolid derrotó al Betis. No volvió a ganar un partido en toda la temporada y se despeñó a Segunda División. Presumía de su equipo y desconfiaba de Ronaldo como presidente bananero. Jugó una final de la Copa del Rey que perdió contra el Madrid con un gol de Gordillo. Pero su equipo, el único que tiene a un poeta rotulando su estadio, Zorrilla, tan unido a Sevilla por el mito de don Juan, ha logrado tantos Pichichis como el Betis y el Sevilla juntos: los de Badenes y Polilla da Silva.
Era muy amigo de los hijos de Delibes y con Miguel, el biólogo, formaba una sociedad de afectos castellanos en una ciudad que hicieron suya. En 1982 recibieron el refuerzo, desde Tánger, de un obispo nacido en Medina de Rioseco que tiene su calle, calle Carlos Amigo Vallejo, a dos pasos de la casa de Valdivieso.
La calle Mateos Gago debe su nombre al arqueólogo, humanista y canónigo que participó en el Concilio Vaticano de 1870. El año de la guerra francoprusiana, la muerte de Bécquer, el asesinato de Prim y la llegada a España de Amadeo de Saboya. De la casa de Valdivieso hacia abajo, la vista es impresionante: a los pies de la Giralda. El tránsito de turistas, abrumador. Unas huestes de las que ya habló Gerald Brenan y que merecían ácidos comentarios de Valdivieso. De su casa hacia arriba, sin embargo, la calle se convierte en un espacio íntimo y recoleto que sólo interrumpe esa quietud cuando salen de misa en la iglesia de Santa Cruz (de la que es feligresa a sus 105 años María Asunción Milá de Salinas) o llegan los parroquianos a La Fresquita, que abrió sus puertas en 1993. Es la Sevilla de Montoto y Valdivieso. El primero, como Aníbal González, murió en 1929. El segundo, aunque no le tocaba todavía, el año que se llevó a Vargas Llosa, el Papa Francisco y Robert Redford.
Lo nombraron trianero adoptivo por su celo en la recuperación de los retablos de Pedro de Campaña en la iglesia de Santa Ana. Un brazo del río Pisuerga corre caudaloso bajo el puente de Triana hermanando las ciudades donde pernoctó Colón antes de viajar a Indias y donde murió para que después Sevilla y Santo Domingo pleitearan por sus restos. Valdivieso fue un tiempo vecino de Abelardo Linares y su librería Renacimiento. No descansó hasta inventariar todo el expolio del arte sevillano. En su informe contra el mariscal Soult fue el tercer capitán. Daoiz, Velarde y Valdivieso.
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