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El cine es eterno en cinco minutos

calle rioja

Paseo cinematográfico. Por cinco minutos no coincidieron en la Alameda Paco Millán, hijo del director del primer festival de cine de Sevilla, y Cienfuegos, director de la última edición.

El cine es eterno en cinco minutos
Francisco Correal

22 de enero 2014 - 01:00

POR cinco minutos no coincidieron. En el caso de haberlo hecho, habría hecho de introductor de embajadores para presentarlos. A José Luis Cienfuegos, director de las dos últimas ediciones del festival de cine de Sevilla, le habría dicho que ese chaval cargado de energía era Paco Millán, el mismo nombre, el mismo primer apellido de su padre, que fue director de la primera edición del festival sevillano, el que apadrinaron en 1980 aquellos dos abogados laboralistas del bufete de Capitán Vigueras, Rafael Escuredo y Manuel del Valle, uno como presidente de la Junta de Andalucía, el otro presidente de la Diputación Provincial. Los dos, en aquella edición inaugural, escoltando a Silvya Kristel cuando la actriz de Enmanuelle vino como una estrella a presentar un pestiño danés.

Orto y ocaso de un certamen que ha tenido diferentes formatos: el quiero y no puedo, la opulencia, el intento de aprovechar un bajón del festival de San Sebastián cuando Pilar Miró era directora general de Cinematografía, el boca a boca de los cinéfilos, las ediciones de la música de cine, las conexiones con el deporte, el cine europeo. Pasado y presente se funden en ese encuentro que por cinco minutos no se consumó en la Alameda de Hércules. Paco Millán, de casta le viene al galgo, ha terminado un documental sobre el Sáhara que podría figurar en la próxima edición del festival que dirige Cienfuegos.

En uno y otro extremo de la Alameda, el Multicines y el Teatro son salas consagradas para este festival. En siete lustros de historia, que se dice pronto, el tránsito del cine mudo al hablado o el de blanco y negro al tecnicolor son cambios mucho más suaves que las metamorfosis en los soportes que ha vivido esta escritura cinematográfica, como podríamos llamar al cine para de paso homenajear al centenar de miembros de Asecan, asociación que se fundó en septiembre de 1982 con una serie de pioneros (Antonio Colón, Juan Fabián Delgado, Paco Casado, Rafael Utrera, Enrique Colmena, Carlos Colón…) que pusieron los cimientos de lo que vino después.

Entre el festival de Millán, un sevillano del Polígono San Pablo que ejercía la crítica de cine y también la de televisión, y el de Cienfuegos, un asturiano de Avilés que le dio alas al muy prestigioso certamen de cine negro de Gijón, hay puentes curiosos. Uno de ellos puede ser la presencia en la fase primeriza de Jacques Demy, el director de Los paraguas de Cherburgo y el reinado esplendoroso en la penúltima edición de su viuda, Agnes Varda, superviviente de la nouvelle vague, guiño a aquellos delirios de grandeza en los que esperaban en el Lope de Vega la aparición de Jean-Luc Godard. Sólo vino su película, Prenom: Carmen.

Es Sevilla una ciudad de cine. Un plató andante. Más todavía cuando no hay rodajes, cuando la ciudad se rueda a sí misma. Ayer caminaba por la Alameda Lole Montoya, una de las voces más fascinantes de la pantalla: no sólo en Manuela, la película de Gonzalo García Pelayo y Pancho Bautista, sino en Kill Bill, de Tarantino. Una pareja de policías a caballo entran en la calle Cuna por Acetres: pasarían delante de la casa donde nació Cernuda, quizás el más cinéfilo de su generación, igual que Alberti fue el más cinematográfico, el más gozoso con el invento.

Delante de los policías a caballo, caminaba Javier Paisano. Ejerce la crítica de teatro y lleva poco tiempo al frente de la Asociación de Escritores Cinematográficos. El sábado celebran su gala de entrega de premios. Siempre la suelen hacer dos semanas antes de los Goya. Y vendrán los Oscar en Los Angeles.

Sevilla no le arrebató el cetro a San Sebastián, que se recuperó y siguió creciendo. La última edición se estrenó con Futbolín, del argentino Juan José Campanella. Una metáfora de esta crisis del fútbol español que remedian a base de soluciones argentinas: Simeone en el Calderón, Tata Martino en el Barça, Pizzi en el Valencia y ahora Gabriel Humberto Calderón y Eduardo Anzarda en el Betis. Coetáneos de los primeros tiempos del festival de cine de Sevilla, cuando vinieron Otto Preminger, Michelangelo Antonioni o Bernardo Bertolucci. Sevilla era el número 12 de la selección. Un plató con gradas.

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