Cuento turístico para despedir a Pichardo
Tribuna de Opinión
El autor se hace eco del cierre de la emblemática tienda de disfraces, síntoma de un centro histórico que pierde cada vez más identidad
Crea para ello una narración fantasiosa llena de sarcasmo
Cierra la histórica tienda de Pichardo en Sevilla
En el 92 no supe calibrar su importancia. Me chocó un poco que las chimeneas se irguieran tan cerca de la Giralda, pero casi podían confundirse con los arbotantes de la Catedral. Definitivamente, el traslado de la fábrica de celulosa de San Juan del Puerto al Patio de los Naranjos fue el primero de una serie de grandes aciertos que ha encadenado la ciudad. Tuve que cambiar la costumbre de acortar por él cuando caminaba de Hernando Colón a Mateos Gago, dejar de pasar junto a la pila visigótica y de asomarme a saludar al cocodrilo colgado del techo, que a mi padre tanto gustaba enseñarme cuando niño. Pero ¿qué era ese leve inconveniente comparado con aquel paso de gigante para la economía de la ciudad?
La riqueza llamaba a nuestras puertas y no era cuestión de andarse con remilgos. Tampoco cuando los responsables de aquella apuesta por el progreso decidieron ir sembrando de eucaliptos las diferentes plazas, patios particulares y rincones del casco histórico. A la fábrica había que darle de comer. Funcionaba día y noche, 365 días al año, y la celulosa no se hacía de la nada. Necesitaba materia prima y para eso el árbol australiano era imbatible. No es una planta autóctona —es cierto— pero se adaptó de forma prodigiosa: se corta cada año y vuelve a brotar. Decían las malas lenguas que su rápido crecimiento podía transformar el suelo en un erial. Aun así, nadie va a hacerle ascos al dinerito que entra ahora por las puertas, cuando por las naranjas agrias no nos daban ni un real. Y eso que al plantarlos en la Avenida se dificultó la instalación de los palcos de la carrera oficial, pero ahí tengo que rendirme de nuevo al ingenio de nuestras autoridades. Sincronizaron su tala anual con el inicio de la cuaresma, lo que permitió incluso situar las tribunas de forma más eficiente, consiguiendo que no solo una hermandad, sino dos, pudieran procesionar a la vez. La innovadora autovía cofrade ha multiplicado la vistosidad de nuestra semana de pasión.
El éxito indiscutible de esta primera operación explica el sucesivo traslado a la ciudad del resto de factorías del Polo Químico de Huelva. En los 60 se nos escapó aquella bicoca, pero Sevilla supo ver que este era el momento de remediar aquel error y lo está consiguiendo. ¡Bienvenidas las factorías contaminantes! ¡Vivan las emisiones y los efluentes en pro del desarrollo!
—Oiga ¿y usted quién es?
—Me llamo López —respondió—. Vengo invitado por las fuerzas vivas a supervisar la apertura de Fertiferia.
—¿La empresa de fertilizantes?
—Correcto. Empezará a operar pronto en la Plaza del Duque.
Llegó entonces la comitiva. No faltaba nadie: ministros, consejeros, obispos, canónigos, concejales del gobierno y de la oposición, dirigentes empresariales y sindicales… Fue precisamente uno de estos quien se dirigió a López:
—Venga, vea cómo está quedando nuestra antigua sede. La fábrica producirá tropecientasmil toneladas diarias.
—Admirable—respondió López—. Ya le dije yo a Su Excelencia que lo del 1001 era una equivocación. ¿Y los vertidos de fosfoyesos? La plaza no parece que dé para mucho…
—Para eso tenemos el plan de azoteas —se apresuró a responder el presidente de una asociación de empresarios—. Los residuos se esparcirán por todas las del casco histórico, rentabilizando así tan desaprovechado activo urbanístico.
—Pero cierra Pichardo —me atreví a decir—. Dicen que no quedan vecinos a los que vender…
—¡No nos venga con historias! —respondieron a coro—. Si quiere un disfraz o una caca de plástico, cómprelos on line.
—¿Su segundo apellido? —alcancé a preguntar antes de marcharme.
—Rodó, López Rodó, pero puede llamarme Fraga —respondió el invitado—. Vaya con Dios.
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