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Guillermo Antiñolo: Un médico 'renacentista' que salva vidas antes del primer llanto

Con ADN sevillano

Ha liderado desde el Virgen del Rocío 19 cirugías fetales abiertas de espina bífida, situando a la sanidad pública andaluza entra las pocas del mundo que las hacen

Lucía Medina pone rostro a la cirugía fetal de espina bífida número 19 en el Virgen del Rocío

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Con ADN sevillano: Guillermo Antiñolo / Juan Carlos Vázquez

Guillermo Antiñolo nació en Granada, creció en Madrid, estudió en Navarra y recaló en Sevilla tras hacer el MIR. No procede de una saga médica. Eligió Ginecología y Obstetricia casi por azar, en una época en que las plazas eran escasas y la competencia feroz. "Luego me alegré. Es una especialidad preciosa. Y he aprendido muchísimo de las mujeres. Me han inspirado en mi vida y en mi trabajo", afirma.

Lo dice sin impostura. Habla de genética, de diagnóstico preimplantacional y de su libro La revolución del genoma femenino, con la naturalidad de quien ha aprendido a moverse entre el laboratorio y el quirófano. Se describe, con media sonrisa, como un médico "renacentista". Ahora trabaja en un proyecto sobre el genoma femenino porque está convencido de que la medicina arrastra todavía una mirada androcéntrica que ha dejado demasiadas preguntas sin formular en torno a la salud de la mujer.

Acumula reconocimientos. Ha sido Hijo Predilecto de Andalucía, Medalla de Andalucía, Medalla de Oro de la Diputación, Ciudadano Europeo del Año o Encomienda de la Orden Civil de Sanidad, entre otros. Pero no se detiene en ellos. Se declara más profeta fuera que dentro. Reconoce, sin dramatizar, que su campo está atravesado por una competencia áspera, a veces poco colaborativa. "Pero aquí hemos demostrado que se pueden generar procesos en los que ganamos todos", manifiesta.

Ese "aquí" no es retórico. Es el quirófano donde su equipo ha realizado ya 19 cirugías fetales abiertas de espina bífida. Diecinueve decisiones complejas. Diecinueve madres sanas que aceptaron someterse a una operación mayor para mejorar el futuro de sus hijos. Diecinueve historias que comenzaron con un diagnóstico devastador y que hoy evolucionan mejor de lo que las expectativas iniciales permitían imaginar.

Está "a punto de retirarse", comenta, con esa mezcla de humor y verdad que sólo concede la experiencia. Llama a sus líneas actuales de investigación "proyectos crepusculares", la luz que queda antes del atardecer, cuando el conocimiento acumulado permite afinar más que nunca la mirada.

En el quirófano, sin embargo, no hay crepúsculo. Hay concentración absoluta. Hay un útero abierto y un feto de no más de 25 semanas cuya médula debe ser protegida del segundo golpe. Hay una madre que confía. Hay un equipo que no puede improvisar. Y un médico que, lejos de la épica, se limita a explicar.

El programa de cirugía fetal del hospital se sostiene sobre una idea sencilla y poderosa: la hipótesis del doble golpe. El primero ocurre al inicio del desarrollo embrionario, cuando el tubo neural no se cierra correctamente. El segundo, y ahí es donde interviene el equipo de doctor Antiñolo, sucede durante la gestación, cuando la médula expuesta sufre el daño continuo del líquido amniótico y los traumatismos mecánicos dentro del útero. "Nosotros no curamos la espina bífida", advierte Antiñolo. "La reparamos. Y no es lo mismo hacerlo dentro del útero que fuera, cuando ya todo el daño está establecido", apostilla.

La diferencia no es retórica. El ensayo internacional MOMS demostró en 2010 la superioridad de la reparación intrauterina frente a la postnatal. Esto es, menos necesidad de válvulas por hidrocefalia y mayores probabilidades de caminar de forma independiente. Pero trasladar ese conocimiento a la sanidad pública española exigía algo más que evidencia.Exigía convicción. Y el coraje del doctor Antiñolo.

La primera vez fue en 2009. Una mujer de Málaga llegó con información bajo el brazo y una decisión tomada. "Quería operarse durante el embarazo", explica. En Estados Unidos ya existían equipos que lo hacían. En España, ninguno. "No soy temerario", subraya Antiñolo. "Tengo amor propio. Y la seguridad absoluta de que lo podíamos hacer bien", apostilla.

No fue una decisión impulsiva. Durante seis semanas el equipo ensayó cada gesto. Ajustaron la anestesia al milímetro. Coordinaron a neurocirujanos, obstetras y neonatólogos. Diseñaron un procedimiento sin margen para la improvisación. La cirugía abierta implica una incisión similar a la cesárea, exteriorizar el útero de 25 semanas, abrirlo con precisión, reparar bajo microscopio la médula del feto y después devolverlo todo a su lugar, sellando la cavidad para que el embarazo continúe. "La madre es el objetivo cero", insiste. "Ella está sana. No puede sufrir daño", remarca.

La operación salió bien. Y después vinieron más. De la primera a la decimonovena han cambiado las suturas, los sistemas de fijación, la precisión del acceso uterino, los microscopios que ahora comparten los neurocirujanos. Lo que no ha cambiado es la intención de ganar semanas. Operar en la semana 25 y llegar, si es posible, a la 33. Permitir que el feto crezca, que pese más, que su sistema nervioso tenga tiempo de reorganizarse dentro del entorno que mejor conoce: el cuerpo de su madre.

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