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El legado de un portugués de la época de Magallanes

Calle Rioja

Clausura. Don Álvaro de Portugal, nacido en Ceuta cuando era portuguesa, primo de Isabel la Católica, alentó la posterior fundación en 1520 del monasterio de la calle Águilas

Portada del convento de Santa María de Jesús, en la calle Águilas. / Juan Carlos Vázquez
Francisco Correal

24 de mayo 2021 - 05:00

MUY famosa y desconocida. Esa simbiosis de lo visible y lo invisible que encabeza una campaña de promoción de la ciudad se da a la perfección en este monasterio situado en la calle Águilas. En una zona equidistante de Pilatos y de la Alfalfa donde la vía se estrecha. Muchos asocian el edificio al culto a San Pancracio, que recibe muchas visitas todos los lunes por su conocido predicamento a la hora de encontrar trabajo.

Hasta el 30 de junio se puede visitar el rico patrimonio de un monasterio que el año pasado cumplió cinco siglos de historia. Se funda en 1520, cuando la expedición que partió al mando de Magallanes ya había surcado el Estrecho que llevaría el nombre del navegante. Detrás de la historia del Monasterio de Santa María de Jesús hay otro portugués. Don Álvaro de Portugal nace en Ceuta, la madre de todos los telediarios, en 1439, cuando la ciudad pertenecía al reino de Portugal. Este aristócrata era primo hermano de Isabel la Católica y fue el único extranjero que presidió el Consejo de Castilla. Como Magallanes, otro portugués trabajando para el reino de España, cruzando la línea del Tratado de Tordesillas. Murió en 1504 en Toledo, tierra adentro, pero nunca abandonó la vocación marítima de sus compatriotas. Intercedió para que Cristóbal Colón consiguiera un 10% de los beneficios de sus expediciones y medió para que liberasen al cartógrafo Juan de la Cosa, que estaba arrestado en Lisboa acusado de espionaje.

Su familia cumplió la voluntad de don Álvaro de Portugal de fundar un monasterio dedicado a la orden de las clarisas creada por San Francisco de Asís y Santa Clara. En el monasterio hay un antes y un después en 1683, un año después de la muerte de Murillo. Ese año es nombrado vicario Fray Juan de San Buenaventura, que se dedica a pedir por toda la ciudad para mitigar los estragos de una terrible epidemia. La historia se repite.

Muchos son los alicientes del patrimonio artístico, inseparable del sentido de la devoción de las clarisas. En el retablo principal hay una escena de la Virgen María cambiando los pañales del Niño Jesús, el sumando que da nombre a este monasterio del primer tercio del siglo XVI, un barco de fe y devoción en el corazón de la ciudad mientras que las naves seguían los derroteros de las islas de las Especias.

Hay un San Francisco de Asís de Martínez Montañés, obras de Juan de Oviedo, de Duque Cornejo, de Pedro Roldán, pero el monasterio da una idea cabal del magisterio y la sensibilidad artística de la hija de este escultor, Luisa Roldán, más conocida como La Roldana. Suyas son algunas de las obras más importantes que se pueden contemplar. El recinto monástico tiene una colección impresionante de nacimientos. Uno de tamaño natural; otro con piezas todas ellas obras de La Roldana que causa el asombro de quienes lo ven, hasta el punto de que el guía que nos tocó en la visita hablaba del síndrome de Stendhal, esa patología de los visitantes de la ciudad de Florencia que se desmayaban por no poder soportar tanta belleza. También tiene una colección completísima y muy variada de Niños Jesús: el Manolito, el Miguelito, el Cardenalito, el Príncipe, el del Mayorazgo. Fe y cultura hermanadas con una imagen de Santa Ana enseñando a leer a la Virgen María.

En la actualidad residen veinte religiosas y una novicia. Tuvieron que reajustar el espacio para acoger el patrimonio procedente del monasterio de Santa Clara cuando se desacralizó para convertirse en el actual espacio cultural de la calle Becas, a los pies de la Torre de don Fadrique. Hay bulas con la firma del papa Alejandro VI y del cardenal Cisneros; documentos de las elecciones que cada tres años se celebraban para elegir abadesa. Un cuadro que representa a los mártires del Japón. En la línea del compromiso oceánico del fundador del monasterio, don Álvaro de Portugal, podemos encontrar un crucificado de México, un manto de Filipinas y un cáliz de Potosí. Frente a frente, dos advocaciones fundamentales: San Juan Bautista y San Juan Evangelista. En el corazón de la ciudad, elementos que remiten a otros rincones de la ciudad: una capilla que perteneció a los Pinelo, comerciantes que se asentaron en el palacio que lleva su nombre, sede de las academias, o la misteriosa presencia de la imagen de Cristo que provocó la conversión de Miguel Mañara. Al final de la visita, uno se puede llevar un libro con la historia de estos tesoros monásticos convertidos en discreto y respetuoso museo, o los dulces que hacen las hermanas, unas confituras que saben a gloria bendita.

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