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Un monarca con el santo de cara

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Ritual. La tradición no entiende de días lectivos o laborables y Sevilla repitió ayer el rito de la urna funeraria y la espada de San Fernando, el rey que cambió la historia de la ciudad

Un monarca con el santo de cara
Francisco Correal

31 de mayo 2016 - 01:00

QUIZÁS sea la persona más importante en la historia de esta ciudad. Por eso la figura de Fernando III (Zamora, 1199-Sevilla, 30 de mayo de 1252) está tan presente en la intrahistoria y en los recovecos. Da igual que la jornada que lo recuerda tuviera condición de día laboral y lectivo. He aquí una búsqueda de su aura y de su espectro. De su cruz de santidad y su espada de guerrero, que ayer se vieron en el solemne acto de la Catedral con presencia del alcalde Juan Espadas y su predecesor en el cargo, Juan Ignacio Zoido, padre de un niño de nombre Fernando.

El nombre de San Fernando atraviesa los Pirineos en pacto de santidad. El rey Fernando III, hijo de Alfonso IX de León y de doña Berenguela -con calle en la Puerta Osario- era primo hermano de San Luis de Francia y de los Franceses. "Allí no hay tanta veneración por ese rey como por su primo en Sevilla", dice Jean-Paul Goujon, francés de Burdeos vinculado a la Universidad de Sevilla y a la vida de esta ciudad.

Dice Goujon que toda la santidad la acapara en su país Juana de Arco, que fue canonizada precisamente un mes de mayo de 1920. "La madre de San Luis era española, Blanca de Castilla. Fue una buena regente y pagó el rescate de su hijo cuando marchó a las Cruzadas y fue hecho cautivo en Túnez, como Cervantes".

Manuel Garrido, autor de las sevillanas del adiós, pasa por la Campana. "No, pues nunca se me ocurrió hacerle unas sevillanas a San Fernando", reconoce el universal letrista. Sí se le ocurrió a Silvio ese sincretismo balompédico que convirtió en himno oficioso del Betis cantado por un sevillista: "Cuando el rey don San Fernando conquistó a Sevilla, él se preguntó: ¿dónde está mi Betis?".

¿Qué tiene que ver San Fernando con Álvaro Cunqueiro? La asociación se le viene al cronista cuando saluda por Tetuán a Manuel Gregorio González. El crítico literario ganó con su biografía del escritor de Mondoñedo, el genial autor de Crónica de un sochantre, periodista, gastrónomo y coleccionista de leyendas, el mismo premio Antonio Domínguez Ortiz de biografías que antes había recibido el medievalista Manuel González Jiménez con la que escribió sobre Fernando III. El historiador de Carmona, irlandés consorte, también escribió la biografía de Alfonso X el Sabio, hijo de Fernando III y polivalente como él: además del campo de batalla, se ejerció en los estudios del ajedrez, la cetrería y escribió unas Cantigas de las que hay una muestra en el banco de Murcia de la plaza de España.

Una madre le arregla la trenza a su hija sentadas las dos en la zona que da sombra de la estatua ecuestre de San Fernando, obra de Joaquín Bilbao, hermano del pintor Gonzalo Bilbao. A espaldas de la estatua, en la zona que vigila el obispo don Remondo, dos niños juegan a la pelota. El San Fernando, equipo de la ciudad isleña, la última que resistió el acoso de los franceses en 1808, ha eliminado al Europa, equipo del barrio barcelonés de Gràcia, y se enfrentará al Calahorra en la pugna por ascender a Segunda B. De San Fernando llegaron a Sevilla el párroco de San Lorenzo, Marcelo Spínola, el último obispo andaluz de la diócesis con rango de cardenal. También vinieron de la patria de Camarón dos guardametas del Sevilla, Superpaco y Monchi, el artífice del pentacampeón europeo, que como valido no tendría precio.

La presencia de San Fernando en Sevilla es explícita y sutil al mismo tiempo. El 23 de noviembre de 1248, cuatro años antes de su muerte, cambió la historia de la ciudad. La estatua ecuestre la levantaron para el primer proyecto de Metro y desmontada permaneció en la torre de don Fadrique. La repusieron y ahora el Metrocentro que empezó a funcionar el 28 de octubre de 2007 atraviesa toda la calle San Fernando con parada junto al hotel Alfonso XIII, el bisabuelo del rey actual que inauguró la Exposición Iberoamericana de 1929.

San Fernando está en muchos sitios de la ciudad. Ayer, en la urna y en la espada. En la iglesia de Ómnium Sanctórum, erigida por el monarca en una antigua mezquita de la calle Feria, hay un pequeño pero significativo retrato de San Fernando. El confesor de la capilla de San Onofre, centro para la adoración perpetua, señala con discreción la imagen del rey que reconquistó Sevilla. Está en el altar, a la derecha de la Virgen, con espada y en una imagen de juventud. En las antípodas biográficas de la madurez que muestra la estatua de la Plaza Nueva, escoltado por don Remondo, el almirante Bonifaz, Garci Pérez de Vargas y Alfonso X el Sabio de vigía de la Casa Grande. Ahí ya se ve a un rey que lleva el peso de la historia.

La pregunta que le atribuía Silvio, afín a los cañaíllas Paco y Monchi, encontró respuesta. ¿Dónde está mi Betis? En la tienda oficial del equipo situada junto a O'Kean, sastres y camiseros, apellido irlandés como el de Mary O'Sullivan, la esposa de Manuel González Jiménez. Este historiador, recién ganado el premio de biografía con la que escribió de San Fernando, se acercó a la estatua con la plaza en obras y le regaló a los lectores un titular insuperable: Sin San Fernando Sevilla no tendría Semana Santa, Feria ni Rocío.

El nombre de pila tuvo fecha de caducidad en Fernando VII, el monarca que de Deseado pasó a Indeseable. Hay muchas maneras de entrar en los libros de Historia, pero muy pocas de salir. Donde no llega el rigor, le echa una mano la leyenda.

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