Reloj, no marques los siglos
calle rioja
El Círculo de Labradores patrocina la recuperación de Antigua calle de San Acacio en la actual Pedro Caravaca
Es el azulejo número 16 de la asociación Niculoso Pisano
El valor de ser imprescindible: "Conocer la Casa es quererla"
No hay nada como una esquina para ver pasar el tiempo. Si en esa esquina hay una relojería que se llama El Cronómetro, relojeros valencianos en Sevilla desde 1901, la atalaya cronológica es doblemente privilegiada. En cuestión de minutos, los que tardó Reyes Pro en contar la historia del edificio, fueron pasando los siglos como si tal cosa.
Es el número 16 de una iniciativa que cuenta con el empuje de la Asociación Niculoso Pisano que representa Martín-Carlos Palomo. Con el Círculo de Labradores como anfitrión (copa de vino español incluida) y benefactor, sigue la campaña de hacer convivir el nombre de calles del centro de la ciudad con la que tuvieron en el plano de Olavide de 1771.
La calle Pedro Caravaca se llamó antes calle San Acacio. El titular actual era un ingeniero 0ndustrial que se destacó en la Exposición Iberoamericana de Sevilla, dirigente de la patronal sevillana y andaluza. Fue asesinado en plena calle el 20 de mayo de 1933. Su nombre une Sierpes con Tetuán, el Tigris y el Eufrates de la Mesopotamia hispalense.
San Acacio era el nombre de un colegio-convento de la orden de los Agustinos que se instalan en Sevilla en 1595, cuatro años antes del nacimiento de Velázquez. Su primera sede estuvo en unas casas situadas junto a la Cruz del Campo, que fue humilladero antes de ser fábrica de cerveza desde 1904, tres años después de que Enrique Sanchis Cucart viniera con sus novedosos relojes desde Gandía a la calle Sierpes.
Los Agustinos, orden a la que pertenece el papa León XIV, llegaron a tener tres sedes en Sevilla. En 1633 llegan al corazón de la ciudad. Colegio y convento. Esa ambivalencia explica uno de sus principales alicientes. Contaban con una biblioteca excepcional, que gracias al cardenal Gaspar Molina y Oviedo se convierte a partir de 1749 en la primera biblioteca de acceso público que hubo en Sevilla, estudiada por Cipriano López e Isabel González Ferrín.
La desamortización de Mendizábal en 1836 supuso el cierre del convento y de su imponente biblioteca, con un fondo que superaba los siete mil volúmenes. Unos fueron a parar a la Biblioteca de la Universidad, otros al Vaticano, y otros quién sabe dónde llegaron, puede que alguno se encuentre en un puesto del Jueves.
El Círculo de Labradores nace en 1859, coetáneo en las manecillas de El Cronómetro de otros clásicos del siglo XIX de la calle Sierpes: Papelería Ferrer (1856), La Campana (1885). O de quienes surgen al atravesar la frontera entre siglos del siglo que vivió entre guerras, como la sombrerería Maquedano (1908).
Antes que Pedro Caravaca y San Acacio, la calle se llamó Leones “o de los Leones”, apuntó la historiadora. Y como guiño a ese nombre, en este edificio de esquina hubo una sede de Correos, casa postal que tuvo hasta un buzón cuya boca para las cartas era un león como la boca de la Veritá que Gregory Peck le enseña a Audrey Hepburn en ‘Vacaciones en Roma’. Entre 1696 y 1703, el solar albergó la sede de la hermandad del Gran Poder.
El azulejo trianero que ha cruzado el puente tiene un librito como tributo a aquella pionera biblioteca que los padres pueden animar a encontrar a sus hijos como hacen con el pajarito del azulejo de la iglesia de San Pedro, ése con la rúbrica de Jesús cuya lectura siempre estremece: “Tened compasión de mí, al menos vosotros mis amigos”.
El Ayuntamiento estuvo representado por los delegados de Urbanismo, Juan de la Rosa, Fiestas Mayores, Manuel Alés, y Casco Antiguo, Amidea Navarro. El acto lo cerró el presidente del Círculo de Labradores, Benito Mateos, en representación de sus 4.100 socios. Mateos, como Manuel Alés, son sobrinos de concejales de la UCD del primer Ayuntamiento de la democracia, el que presidió Luis Uruñuela entre 1979 y 1983. Sólo faltó Rosario, la cuponera, soprano de la fortuna.
Numerosos curiosos se sumaron al descubrimiento del antiguo nombre de calle San Acacio. La concentración de personas llamaba la atención de los turistas que atravesaban Sierpes a esa hora y de los aficionados del Feyenoord, que venían a Sevilla de Erasmus… de Rotterdam. Los pintores Reyes de la Lastra y Ricardo Suárez no se perdieron este bautismo del nomenclátor que ya se ha convertido en una tradición. Los herederos de José Gestoso en los tiempos del algoritmo.
De los presentes, uno señalaba el edificio frontal, que fue de Zara, donde estaba el Kursaal descrito en sus cartas por Pierre Louÿs cuando estuvo en Sevilla; otro el bar donde nace por primera vez la tapa de solomillo al whisky. Y una joven presente escribió una imaginaria carta para echarla por el buzón de la boca del león donde contar que en el siglo XV “los judíos de Sevilla pagaban una renta para alimentar a los leones del castillo de la Inquisición”. El castillo de san Jorge que estaba en la misma Triana de los azulejos tenía una leonera.
El reloj del cronómetro sigue marcando las horas. Seis generaciones de relojeros, algunos formados en Neuchâtel (Suiza), que es el Cambridge de los relojes, como nos enseña Orson Welles en ‘El tercer hombre’. Colegio-convento de los Agustinos, casa-hermandad del Gran Poder, biblioteca, estafeta de Correos… y Círculo de Labradores, donde Álvaro Cunqueiro, según cuenta Antonio Rivero Taravillo en su biografía, pronunció el 5 de diciembre de 1968 una conferencia titulada “La estructura de lo mágico: el orden y el caos”. Un mes después le dieron el Nadal por su novela ‘Un hombre que se parecía a Orestes”.
Acacio es un nombre que viene del griego y significa “aquel que no tiene malicia”. Acacio de Bizancio nació en Capadocia (Turquía), era centurión del ejército romano y fue decapitado en la persecución de Diocleciano. Es patrono de los soldados y de los dolores de cabeza. Acacio de Armenia fue un general romano de los tiempos de Adriano y Antonino. Enviado a luchar contra los armenios, se convirtió al cristianismo y se retiró al monte Ararat, donde se posó el Arca de Noé tras el diluvio. Uno de los dos subió a los altares y tuvo calle en Sevilla. La ha recuperado junto a Pedro Caravaca, un mártir del siglo XX.
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