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"El requerimiento notarial de pagos va a más en los barrios"

Son y están

Hijo de eminente jurista, estudiante de matrícula, reputado notario, agudo observador de la vida cotidiana y siempre con la ironía a mano entre sus lecturas y sus escritos, es una cabeza bien amueblada que ama y sufre Sevilla

Gutiérrez-Alviz, en el ático de su notaría, cerca de la iglesia de La Magdalena.

04 de enero 2009 - 05:03

HA dejado atrás los últimos días de diciembre, siempre muy intensos en actividad notarial. Ustedes le han leído en este periódico, sacándole punta como observador a lo que ocurre en la sociedad. Su notaría en la calle Santas Patronas es fehaciente indicador de los dimes y diretes societarios y familiares, de cómo la crisis le ha cambiado el paso a la gente. Nació en Sevilla en 1959. Su infancia la pasó en una casa de la Avenida de la Borbolla. Casado y con tres hijos, ahora vive en República Argentina. Es hijo del gran jurista Faustino Gutiérrez-Alviz y es experto en temas como el derecho sucesorio y la parcelación ilegal de fincas.

-¿Cómo recuerda a su padre?

-La imagen predominante es la de un hombre que siempre estaba leyendo o escribiendo. Él fue un intelectual de primer orden. Su obra principal fue el Diccionario de Derecho Romano. Su biblioteca es espectacular, sobre todo de literatura. Era compañero de tertulia de Ramón Carande en la librería Lorenzo Blanco. Tenía un sentido de la austeridad y el rigor del que daba ejemplo continuo. Y me ensanchó las miras enviándome cuatro veranos consecutivos a estudiar a Inglaterra, a partir de los 15 años.

-¿Por qué eligió ser notario?

-A mí me encantaba el Derecho Civil, reconozco que era un empollón. Viví de 1976 a 1981 una universidad como la Hispalense que comenzaba a perder universalidad y a dejarse llevar por la endogamia cateta de que los profesores hayan de ser del lugar. Mis dos vocaciones iniciales eran la de ser diplomático y profesor de universidad, pero me lo quitaron de la cabeza, respectivamente, Juan Antonio Carrillo Salcedo (por lo frustrante que es hacer una carrera tan larga como la diplomática, para que después los principales puestos se los den a políticos) y Ángel López (por el bajón de nivel que ya se percibía en la docencia universitaria). Y me decanté por la notaría por lo que tiene de actividad preventiva de conflictos y por su labor de asesoramiento a la ciudadanía. Como decía el regeneracionista Joaquín Costa: "Notaría abierta, juzgado cerrado".

-¿Qué le gustó más de sus años universitarios?

-Los cursos de verano de la Menéndez Pelayo en Santander residiendo en el Palacio de la Magdalena. Podía relacionarme con ponentes de primera fila, y con personajes de la actualidad. Guardo especial recuerdo de la conferencia que dio El Lute. Nos demostró la solidez de la preparación jurídica que había adquirido en la cárcel. Después de escucharlo nos fuimos varios alumnos con él a tomar copas. Y como la residencia la cerraban temprano, El Lute me ayudó, aupándome, a saltar la verja del Palacio de la Magdalena y poder entrar.

-¿Qué valora de su periplo como notario hasta llegar a Sevilla?

-Mi primer destino fue en Alameda, un pueblo malagueño muy pequeño donde no había casi actividad. Después pasé a Utrera, donde estuve casi nueve años. Fue una experiencia muy buena, en un municipio en expansión. En sitios como ése, el notario tiene un protagonismo especial porque se convierte en un confesor al que acuden muchos vecinos. Me tocó ser testigo del fenómeno de la secta del Palmar de Troya, cuanto intentaban manipular a colonos de la aldea para comprar sus casas a nombre de extranjeros que se incorporaban. Después estuve tres años en Barcelona que fueron todo un bautismo de fuego. Acepté el reto de llegar al lugar con el mayor dinamismo mercantil en España y ser notario sin renunciar a mi acento andaluz. Allí el notario tiene prestigio por serio y cabal. Y su legislación en materia de sucesiones es la mejor y más moderna. De ahí pasé seis años a Cádiz, en los que disfruté con el ingenio gaditano y su capacidad para la simpatía pese a sus problemas económicos. En Sevilla he tenido la suerte de asumir el Protocolo Olavarría, un archivo formidable.

-¿Qué imagen percibe que tienen los sevillanos de los notarios?

-Tenemos mala imagen porque no nos sabemos vender. Nuestro deber de secreto profesional lleva a un erróneo sentido del oscurantismo. Debe ser todo lo contrario, abiertos a la sociedad. Y el mito de que somos caros tampoco está fundado: el testamento de una herencia cuesta 36 euros.

-¿Es un notario al cabo de la calle?

-Mucho. Con la crisis está aumentando mucho nuestra implicación en las actas de notificación, sobre todo por requerimientos de pagos. Pocos barrios habrá en Sevilla donde no haya estado por requerimientos de bancos que van al domicilio de los morosos, quienes disponen del derecho constitucional de contestar en los dos siguientes días laborales. Es una actividad que me permite conocer la realidad de los barrios de Sevilla. Me conozco ya el callejero como los taxistas. En ocasiones es muy desagradable, porque te abren la puerta mujeres que se enteran en ese mismo instante de la situación económica de la familia y las deudas que arrastra su cónyuge.

-Comparte edificio con otro notario, Pedro Romero.

-Nos conocemos desde que él era notario en Arahal y yo en Utrera. Compartimos edificio pero cada uno tiene su clientela y su especialización. El notariado no puede convertirse en un supermercado de estampación de sellos al servicio de los bancos y de los grandes despachos. Tiene que seguir ligado a su sentido originario y personalizarse la labor y el trato.

-¿Qué balance hace de la crisis?

-En esta notaría no se ha despedido a nadie y procuraremos que así sea. Son las notarías muy ligadas a la actividad de bancos e inmobiliarias las que lo están pasando muy mal. Por otro lado, con el desastre de la desregulación a nivel internacional, los hechos han demostrado que el sistema hipotecario continental y el modelo latino de notariado son muchos mejores y más baratos que los anglosajones, que están al servicio de la gran banca, las compañías de seguros y los grandes despachos de abogados.

-¿Por qué el derecho sucesorio está obsoleto?

-Los gobiernos no reforman los temas de sucesiones porque deben creer que no les da votos. La longevidad y la capacidad de los mayores han cambiado por completo las relaciones familiares. Andalucía no ha desarrollado un marco normativo como Cataluña o Galicia y se rige por una legislación general que ya es anacrónica y perjudica a muchas familias. Valgan unos ejemplos: los gallegos han reducido de dos tercios a un cuarto la legítima que debe aportar un padre a su hijo. Basta imaginarse a un padre de 90 años ¡teniendo que aportar dos tercios de sus bienes a un hijo de 65 años para mantenerlo!. Y en Galicia han suprimido la obligación de la legítima de hijos a padres. Pensemos en el caso inverso: una persona de 65 años que tenga que darle una considerable parte de sus bienes a su padre de 90 años.

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