Entre Utrera y Arahal, entre Venecia y Lisboa
calle rioja
The Exvotos cumplen sus bodas de plata. Los destinos de Luciano Galán y Daniel Maldonado, sus socios, se cruzaron a raíz de unas becas Leonardo. La mayoría de la clientela es extranjera
Se conocieron por una beca Leonardo y comparten una historia que es puro Renacimiento. Una historia en la que Sevilla es una media geográfica y artística entre Utrera y Arahal, entre Venecia y Lisboa. La firma The Exvotos cumple este año sus bodas de plata. Nace en 2001 como un sueño de anhelos y proyectos de cerámica e imaginería en el que se embarcan Luciano Galán (Utrera, 1973) y Daniel Maldonado (Arahal, 1975). Tienen el taller donde la calle Castellar se une con Espíritu Santo, es decir, a dos pasos de donde Enrique el Cojo tuvo su estudio de baile y una de sus más distinguidas alumnas, la duquesa de Alba, tenía su palacio donde todavía madura el limonero del poeta.
Daniel está más familiarizado con la pintura y Luciano con la escultura, pero han conseguido la simbiosis perfecta de sus inquietudes. Vencieron la batalla a los egos, no son Luciano y Galán, son The Exvotos. Es la palabra que quedó en el sedimento popular desde que empezaron a frecuentar mercadillos y espacios de anticuarios. La aventura empezó en la calle Peral, siguió en Monardes, Pasaje Mallol, Bordador Rodríguez Ojeda y finalmente en esta calle que para ellos debería recuperar su antiguo nombre de Conde de Castellar “porque muchos clientes la confunden con Castelar”. En cualquier caso, a dos pasos del mercadillo del Jueves, comparten vecindad con el espíritu de José María Izquierdo, alma de la Cabalgata del Ateneo, que nació en esta misma calle.
“Nosotros vivimos intensamente las fiestas, la Navidad, la Semana Santa, el Corpus, el Rocío. Ya han terminado las Navidades y nos siguen encargando belenes”, dice Luciano. El artículo británico The es un guiño a la clientela, que en buena parte viene del extranjero. Pero también funciona el boca a boca, el puerta a puerta. Una señora ha dejado el taxi con el taxímetro en marcha, como la película de Billy Wilder, y entra para recoger una cabeza recipiente. Suena el timbre. Llegan unos clientes muy particulares.
Martín Carlos Palomo y Reyes Pro quieren recuperar la Virgen de Atocha que estaba en el arco del mismo nombre en la confluencia de las calles Gamazo, Pajería (hoy Zaragoza) y Jimios. Un arco que marcaba y delimitaba el acceso a las mancebías de la plaza de la Laguna. “Hay otra puerta más a la remanguillé”, dice la historiadora Reyes Pro, “en la calle Mariano de Cavia, que le llamaban el Golpe”. La Virgen de Atocha, históricamente muy vinculada a la familia Real (hasta da nombre a una estación de ferrocarril y a una de las calles más populosas de Madrid, marcada por el atentado contra los abogados laboralistas de enero de 1977), en el arco se relacionó con la Roldana, una artista que está en el altar de influencias de Luciano y Daniel. “Fuimos a ver la exposición de La Roldana en Valladolid”. Martín Carlos, de la Asociación Niculoso Pisano, toma buena nota en el taller de unos artistas convencidos de que el retablo cerámico debería ser considerado bien de interés cultural.
El taller es una convivencia perfecta de quehaceres y disciplinas. Un maravilloso reciclaje de objetos que cobran nueva vida. Un armarito antiguo comprado en el Jueves hace las veces de sagrario laico. En una mesa de obrador muestran los trabajos más recientes. La estancia la preside una Virgen que es Espejo de Justicia, una de las Letanías, un guiño a la respuesta positiva cuando se encomendaron para solventar una antigua injusticia. Hay sendos bustos de Adriano y Trajano para un particular. Un santo dominico debajo de un Poseidón capaz de agitar los mares de Ulises. Una muestra del sincretismo. “Nosotros nos consideramos artistas que utilizamos técnicas artesanales”, dice Daniel.
En Madrid recibieron un premio del Círculo Fortuny. El Financial Times les dedicó seis páginas. El Marbella Club tiene una chimenea de cerámica que salió de este taller. En el jardín francés de la Fundación San Telmo en Málaga colocaron una Virgen de África “Gloriosa en vez de Dolorosa”. Obras suyas procesionan misterios que salen por las calles de Utrera y Arahal, sus respectivas patrias chicas, y también en Zafra, Almendralejo o Martín de la Jara. Recuperaron el nombre, Egudiel, del Ángel Confortador de la Oración en el Huerto.
Cuando terminaron su formación, los dos, béticos y macarenos, disfrutaron de sendas becas Leonardo. Luciano tuvo la suerte de trabajar en una de las últimas tiendas de máscaras artesanales antes de que llegaran a Venecia los chinos; Daniel, en Lisboa, trabajó en trabajos de cerámica para paradores nacionales y museos.
Todo les sirve para hacer inacabable su aprendizaje: siempre hay algo nuevo que aprender, que es lo que enseñan en este taller donde habitan el asombro y la curiosidad. Están en distintos formatos las dos Esperanzas, la Macarena y la de Triana. Una Madonna con el Niño inspirada en Fra Angelico; unas cabezas recipiente que evocan el tránsito del arte egipcio al helénico. Los abuelos de Daniel se vinieron a vivir a la calle Gerona, donde pasó buena parte de su infancia, sin saber que a dos pasos iba a encontrar la horma de su zapato. El acabado de sus trabajos es apasionado. El proceso de hacerlo es apasionante.
Luciano lleva las cuentas y Daniel los cuentos. Una escuela casi florentina en el corazón de Sevilla. Daniel trabajó en la Nave Siger donde estaba la Escuela Taller de reposición de materiales de la Plaza de España que dirigía Moisés Moreno y en la que trabajaba Román Ginés, recientemente fallecido, ceramista de Aracena con el que siempre estarán en deuda por el legado que les dejó.
A todo lo que hacen la gente le llama exvotos. El todo por la parte, una hermosa sinécdoque. Hay un azulejo trianero con la firma de Rafael Bono Reyes, “ha muerto con cien años”, dice Martín Carlos. Daniel muestra una copia del Cristo de la Misericordia de Arahal. “Una imagen gótica a la que le prendieron fuego en la guerra”. Si hubiera un blasón artístico que represente a The Exvotos serían sus corazones. Todos diferentes, todos con la impronta de un trabajo en serie pero irrepetible. Cada día tiene su afán en la calle Castellar donde hay un rincón del Renacimiento en la ciudad que fue enseña del Barroco. Aquí no se reparten tareas. El arte no son compartimentos estancos. Sus trabajos ni los firman ni los fechan. Claridad sin fecha, como los versos de Juan Sierra.
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