Wolfsburgo - Sevilla | Contracrónica

Fútbol para una sociedad tecnologizada: la lascivia del VAR

  • El videoarbitraje y Kabakov dan una 'rasca' de época a las manoseadas reglas del fútbol y salvan al Sevilla de una derrota que apuntaba a inquietante

El fútbol está ya como los diferentes dispositivos digitales y sus distintos programas para facilitar, en teoría, la vida a los individuos: requiere de continuas actualizaciones para que no caduquen sus prestaciones. Pero de tanto actualizarlo, de tanto manosearlo, esta tecnologizada sociedad ya ni recuerda cuáles eran las reglas auténticas del originario deporte del balón ni cuándo comenzó esta deriva que invita al ludismo anti VAR.

Menuda rasca –léase en la acepción coloquial sevillana de patada, que cobraba tal rango cuando era recibida en una fría mañana invernal sobre barro o albero– les dieron el búlgaro Kabakov y el árbitro del VAR a las manoseadas reglas balompédicas. Quieren convertir a los futbolistas en robots que, en una millonésima de segundo, retraigan un movimiento ejecutado de forma natural con la precisión de un programador informático.

Acción: despeje de balón en el área; consecuencia: patada por inercia al futbolista que está detrás del balón; reacción: revisión en el monitor, tras el oportuno aviso del árbitro del VAR, y penalti por desprecio absoluto de las leyes físicas... y las reglas del fútbol. Así está este mundo y así está el fútbol, hecho a la medida de una sociedad idiotizada por los avances, continuos y de necesaria y urgente actualización diaria, casi momentánea, de las tecnologías que, en origen, estaban al servicio del hombre. Ahora todo parece al revés y hasta el fútbol sirve ya al VAR.

El Sevilla sale ganando, en esta ocasión, del río revuelto que ocasiona este declive continuo de lo que pretende ser un avance continuado. Tragarse el sapo de que esa acción de Guilavogui sobre Lamela es penalti en el siglo XXI, tan súper tecnologizado, duele a los que aman un deporte que, a fuerza de reinvenciones, va perdiendo su autenticidad de forma diaria, casi momentánea, como esas fastidiosas actualizaciones que se autoinvitan a nuestros dispositivos digitales un día sí y otro también.

Bueno, al menos el VAR sirve para crear dialéctica y debates cuando falta la esencia del fútbol, el juego y la emoción. El partido en el Volkswagen Arena de Wolfsburgo, una ciudad creada para mayor gloria de la industria automovilística en la Alemania nazi, estaba respondiendo a la mecanización del fútbol moderno. Mucha táctica, respeto, fuerza física..., mucho motor y poco diseño imaginativo.

El Sevilla, estático y previsible, apenas había tirado a puerta, ante el aguerrido Wolfsburgo de Van Bommel. El protocolo quedó en el reparto de banderines, previo al reparto de rascas. El equipo de Lopetegui, frente a un duro hueso de roer, apenas probó con medias ocasiones de Rafa Mir, un cabezazo forzado de Diego Carlos y un trallazo de Rakitic. Y, tras varios amagos por menudencias inocuoas -una manita involuntaria aquí, una caída o un choque allá-, apareció el VAR, una tentación demasiado efervescente en este mundo de lascivia digital. ¡Vivan las tecnologías! ¿Para cuándo los luditas anti VAR en el fútbol?

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