Los endemoniados de Jaca | Crítica Clínica y reformismo

  • Carmen de Burgos recoge en 'Los endemoniados de Jaca' cierto espíritu modernizador y salubre, que fue común a la España de primeros del XX, y que se resume en la visita de Alfonso XIII a Las Hurdes

Imagen de la escritora almeriense Carmen de Burgos, 'Colombine' Imagen de la escritora almeriense Carmen de Burgos, 'Colombine'

Imagen de la escritora almeriense Carmen de Burgos, 'Colombine'

Según nos recuerda Emilio Sales en su estudio preliminar, Los endemoniados de Jaca se publicó como Los espirituados en 1923, para luego ver la luz, nueve años más tarde, con el título actual, a un tiempo más sugestivo y más concreto. También nos dice Sales que esta novela de espirituados se escribe entre Jaca y Estoril, donde la escritora vivió con Gómez de la Serna, y donde el madrileño tal vez redactara, con su escritura rauda y circunfleja, La quinta de Palmira. El hecho cierto es que en estos ndemoniados/espirituados se recoge una tradición, hoy en desuso, cual es el de las procesiones y rogativas, los ofrecimientos de enfermos al santo del lugar, y que Carmen de Burgos retrata aquí con viso higiénico y reformista.

Recordemos que este libro está escrito por las mismas fechas que la célebre visita del doctor Marañón a Las Hurdes, en abril de 1922. Entonces, el gran erudito toledano dictaminó que el problema de Las Hurdes era sanitario y alimenticio, debido a la situación de atraso, trufada de superstición, en la que se hallaban. Esto mismo -la superstición, pero no el atraso económico- es lo que denuncia Burgos en un libro, por lo demás, ponderado, sutil y pintoresco.

Una superstición, por otra parte, que corre pareja de la fragilidad de la medicina para unos asuntos, aún hoy de muy difícil solución, como son las aflicciones psíquicas. El sociólogo Lisón Tolosana tiene muy estudiados la profundidad ritual y los usos curativos del exorcismo, las romerías y otros formas numinosas en la Galicia de la segunda mitad del XX. De manera que estos endemoniados de Jaca, en contra de lo que sugiere la propia autora, no remiten tanto a la oscuridad crédula y espantable que habita en Goya, cuanto a la España abrupta y desnutrida de Gutiérrez Solana, cuya obra es contemporánea de la de Burgos. No se trata, en cualquier caso, de caricaturizar una España clerical y obtusa, sino de ofrecer, a un tiempo, estampas del país amado y una receta para su regeneración, pedagógica y salubre, al modo en que se plantearon estos asuntos comenzado el XX.

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