Supercopa de Europa · El otro partido

Ganador hasta en la derrota

  • El sevillismo hincha su pecho de orgullo ante la nueva proeza, esta vez inconclusa, de un equipo hecho de una casta envidiable hasta para el Barça.

Los cientos de miles de sevillistas que seguían el partido por televisión, a 5.500 kilómetros de la lejana Tiflis, en sus hogares habituales o sus distintos refugios veraniegos saltaron como un resorte en el minuto 122 de la prórroga. La rodilla izquierda de Rami no atinó a colar dentro un fuerte centro de Immobile que hubiera significado el empate y los penaltis. Coke también tuvo el gol del éxtasis inimaginado cuatro minutos antes. Una falta inexistente, porque Mariano tocó el balón antes que a Messi en el definitivo 5-4, decantó una final épica, histórica, otra hazaña más de un Sevilla hecho de una casta envidiable para todo el mundo, incluso para este Barcelona que saltó como loco, como si jamás hubiese ganado un título internacional, cuando el escocés William Collum decretó el final del encuentro. El orgullo de ver cómo el equipo de Unai Emery levantó un 4-1 ante el impresionante Barça de Messi fue el injusto premio menor a un dechado de pundonor, tras un planteamiento inicial fallido. Pero fue un título para la fe ciega en este Sevilla, ganador hasta en la derrota.

El dicen que nunca se rinde y la casta y el coraje continúan intactos. El episodio georgiano fue de una hermosura inconmensurable, legendaria. Si los buenos aficionados al fútbol recuerdan aquella épica final de la UEFA entre Liverpool y Alavés, que se decidió por un gol de oro tras el 4-4 del tiempo reglamentario, ¿qué no pensarán los amantes de este deporte del 5-4 entre el Barcelona y el Sevilla?

Las consecuencias de la heroica derrota, heroica desde que el Sevilla estaba mermado en el núcleo de su sistema defensivo, tiene muchas lecturas positivas. Hubiera sido milagroso el triunfo total. Con Vitolo renqueando por problemas musculares en la prórroga, con Krychowiak con todo su tórax vendado por el reventón físico que se había pegado tanto de central como de medio centro, con Messi buscando una faltita para arreglar el entuerto en el que lo había metido la legión de Emery, el espectáculo fue de fútbol por los cuatro costados. Cada uno con sus armas. Y la conclusión debe ser esperanzadora para este Sevilla que, en igualdad de condiciones, tiene mucho que decir en la prometedora temporada que se avecina.

Emery arregló el desaguisado de la medular con un doble cambio con el que le dio la vuelta a su equipo como a un calcetín. Metió a Mariano por el perdido Iborra, a Immobile por el desaparecido Gameiro y reubicó a Coke como central para que Krychowiak le diera empaque a la presión en la zona ancha adelantando a Krohn-Dehli. Entre tres nuevos fichajes, Konoplyanka, Immobile y Mariano, fabricaron el cuarto gol, el del orgullo, obra del ucraniano tras un saque de banda del brasileño muy bien leído por el italiano. Eso, en una final ante este Barça, ya es un buen punto de partida.

Pero hay más. El equipo de Emery volvió a demostrar que jamás de los jamases se lo puede dar por vencido, por mucho que durante 50 minutos fuera un pelele. Y en la plantilla hay elementos para reconstruir el once inicial con un simple movimiento de piezas. Al margen de que Konoplyanka tiene talento para cambiar los partidos, el grupo es fortísimo y cree en sí mismo. ¿Quién no cree en este Sevilla, en el Sevilla de Emery?

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