El Madrid se asoma al fracaso
Análisis
El Madrid se queda al borde del fracaso ocho meses después del revolucionar el mercado de fichajes
La ley de Murphy tiene esta temporada un vínculo de hierro con el Real Madrid, que puede terminar la temporada con un balance de pesadilla.
El 2-0 del Barcelona esta noche en el Santiago Bernabéu no sólo determina que los catalanes sumen ahora 80 puntos en la Liga contra 77 del Real Madrid cuando restan sólo siete partidos para el final de la temporada. Los catalanes tienen, además, la ventaja de haber ganado los dos partidos de la temporada, un "punto" más si las diferencias se estrecharan en el final.
"Una vez más el equipo demostró que, hoy por hoy, somos superiores a cualquiera si queremos", dijo el argentino Leo Messi tras una noche en la que "sólo" metió un gol.
Frase fuerte para lo que acostumbra a decir Messi, pero justificada tras la cuarta victoria consecutiva de los catalanes ante el archirrival, un impacto que sitúa a los blancos al borde del fracaso sólo ocho meses después de revolucionar el mercado con megafichajes por 250 millones de euros (unos 350 millones de dólares).
Y esos dolorosos golpes llegaron siempre en el Bernabéu, siempre en casa.
Tras la insólita eliminación ante el Alcorcón en el debut en la Copa del rey y el inesperado adiós ante el Olympique de Lyon en los octavos de final de la Liga de Campeones, los 83.000 espectadores en el viejo estadio en el centro de Madrid debieron resignarse hoy a que el Barcelona, prácticamente, los humillara.
Sobre el partido pesaba la tensión de un recuerdo, el 6-2 del Barça la temporada pasada en ese mismo estadio. Obedientes al esquema táctico del chileno Manuel Pellegrini, durante media hora los blancos pudieron "secar" al Barça.
Pero la cosa no fue más allá, entre otras razones porque el Barça nunca duda de a qué juega, también porque, en el duelo de figuras, Messi le sacó varios cuerpos al portugués Cristiano Ronaldo.
En los instantes previos al inicio del partido el esperado saludo entre ambos ofreció palmaditas rápidas y sonrisas cómplice. Messi con botines blancos, Cristiano con botas fucsia.
Un dato da la idea de la solidez del triunfo del Barcelona: Messi no fue, ni por asomo, el de la histórica noche de los cuatro goles ante el Arsenal.
El argentino, bien marcado en la primera parte del partido, fue sin embargo un peligro latente, y muy real a los 33', cuando se anticipó a su compatriota Gago, entró al área, recibió el pase de Xavi -clave en toda la noche-, se desembarazó de Albiol y la metió de derecha para dejar enfurecido a Casillas.
Messi jugó libre en el centro del ataque y asociado con un Dani Alves que, jugando en el primer tiempo por la derecha en el mediocampo, le demostró a Dunga que no tiene por qué ser suplente en el Mundial. Pedro, a la izquierda, corría y pensaba, aunque no siempre acertara. Claro, hasta que lo hizo para el 2-0 a los 56' tras un pase de, como no, Xavi.
Los días previos al partido se había hablado insistentemente del duelo entre Messi y Cristiano Ronaldo. Los datos incluyeron que el argentino es capaz de conducir la pelota a 30 kilómetros por hora y atada a sus cordones o que el portugués lanza el balón a 120 kilómetros por hora en los tiros libres.
Pero no hubo posibilidad de compararlos, porque Cristiano casi no inquietó, y tampoco tuvo socios para hacerlo.
"Yo no soy superior a Cristiano, el Barça es superior al Madrid", sintetizó un Messi llamativamente locuaz.
El éxito de hoy determinó que, por primera vez en la historia, el Barcelona haya ganado dos partidos consecutivos en el Bernabéu. Lo hizo en un choque cerrado con impotente "deja vu", el ingreso en el complemento de dos viejas glorias madridistas, Guti y Raúl,
Y la pesadilla blanca, como la ley de Murphy marca, bien puede continuar.
Confiados al extremo, los hinchas del Barça bromeaban en la mañana de hoy con que el partido era en realidad una visita para tomarle las medidas al campo de juego. No es broma: la orquesta de Josep Guardiola sólo necesita superar al Inter a fines de mes para, el 22 de mayo, regresar al Bernabéu a luchar por su cuarto título en la Liga de Campeones. Peor, imposible.
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