levante - sevilla · la crónica

El olor a colonia se carga el linimento (1-1)

  • El Sevilla se olvida de su espíritu guerrero ante el Levante y se deja dos puntos por el camino de manera inexplicable. El equipo de Emery fue incapaz de rematar a un rival inferior y acaba pagando su propia desidia.

El Sevilla 2015-16, por muy pronto que sea todavía para dictar sentencias, parece inmerso en un proceso autodestructivo que debe finiquitar lo antes posible. El conjunto nervionense se dejó ayer dos puntos en su visita al Levante por la sencilla razón de que no fue capaz de meterle ese puntito de verdad al fútbol que necesitan todos los equipos para alcanzar los triunfos, los éxitos; le faltó ansia de ganar y le sobró ese aire de superioridad que desprendían todas sus acciones después de que N'Zonzi adelantara bien prontito a los suyos. Pero a partir de ahí fue como si los futbolistas consideraran que ya estaba todo finiquitado, que se podían echar medio tarro de esas colonias caras que suelen desprender los profesionales de la máxima categoría cuando abandonan los vestuarios. Pero no, restaba aún un mundo y hasta que se decreta el final de un litigio balompédico el cuerpo de un jugador de verdad debe oler a una mezcla de sudor y linimento. Es la única verdad de este deporte y quien no lo entienda así sobra en una escuadra de élite.

No es una sentencia, por muy dura y apresurada que parezca, exclusiva de quien suscribe esta crónica. Fue el propio Unai Emery el que lanzó la advertencia en la sala de prensa del estadio de Tiflis, capital de Georgia, en la previa de la final de la Supercopa de Europa. "Quiero ver en mis futbolistas la misma mirada (algo así como sangre en los ojos, vino a querer expresar) que el día en el que fuimos capaces de igualar el 0-2 del Barcelona en el Sánchez-Pizjuán". Es una cita de memoria, no literal por tanto, pero fue el sentido que le dio el entrenador vasco, tal vez temeroso de lo que los hombres que tiene a su disposición en el presente curso le están transmitiendo en las sesiones preparatorias a diferencia de lo que ha gozado al dirigir en las anteriores. El día después, Emery debió salir satisfecho con el comportamiento de sus hombres contra el Barcelona, pues sí fueron capaces de rebelarse ante la adversidad de perder por 4-1, pero el tiempo se está encargando de otorgarle la razón en sus presagios a ese visionario nacido en Fuenterrabía.

El Sevilla se está comportando como un equipo guapito, como un conjunto de nombres lustrosos, pero que rara vez se arremanga para proyectar la sangre en esos ojos ambiciosos que pretende su entrenador. Ya le ocurrió en Málaga, donde pecó de no ir jamás por el triunfo de verdad; no tanto contra el Atlético, cuando fue derrotado por un rival muy superior y con un método de fútbol mucho más asumido; y le volvió a suceder ayer en su visita al Levante. Porque esta vez lo tuvo todo a su favor para haberse llevado los tres puntos de su visita al Ciutat de Valencia, incluido un gol tempranero de N'Zonzi, en un excelente golpeo con el interior del pie derecho, que debía haberle allanado el camino.

El Sevilla, que había partido con una disposición táctica bastante convincente, en la que Llorente hacía de Iborra, con la diferencia de que lo ejecutaba en su posición natural de delantero, para bajar casi todos los balones y posibilitar las conexiones con Gameiro y con el resto de los que se incorporaban desde atrás. En el eje, funcionaban a la perfección, por primera formando dúo, Krychowiak y N'Zonzi, quienes daban la sensación de dominar todo el juego en ese arranque; Vitolo y Kakuta salían extrañamente en sus piernas naturales para ocupar las bandas, tal vez con la intención de meter centros con peligro hacia el corpachón de Llorente; y atrás comparecía un cuarteto de nuevo cuño integrado por Coke, Andreolli, Kolodziejczak y Tremoulinas, aunque a decir verdad era el italiano el único que no había estado antes, pues los otros tres jugaron más de un partido juntos en el anterior ejercicio.

El resultado fue un Sevilla bonito, capaz de imponer su mando en esa primera fase del juego, aunque algo obsesionado con la búsqueda de Llorente por arriba, aunque eso se pudiera justificar desde el mismo momento en el que el riojano ganaba el 75 por ciento de los balones que disputaba de esa forma. Incluso llegaría ese excelente gol de N'Zonzi para corroborar que la puesta en escena no podía ser más apropiada. Pero a partir de ahí comenzaron a registrarse las patologías de este equipo, de un conjunto de futbolistas que se deja ir con facilidad por la sencilla razón de que tal vez no interpreten el juego con la misma mala leche, por decirlo de manera correcta, que lo hacía los profesionales que defendían la misma camiseta en la campaña 13-14 y 14-15.

El Sevilla, por una cosa o por otra, fue incapaz de dar el paso adelante cuando lo tuvo todo a su favor. Se dejó llevar por una aparente comodidad ante un rival inferior. Kakuta tal vez fuera el más evidente cuando desaparecía tras ver una tarjeta absurda en el minuto 4, pero no fue el único. Tremoulinas jamás jugó de verdad; los propios Krychowiak y N'Zonzi no eran capaces de plasmar su dominio en su zona y preferían tirar el balón para atrás en exceso; los centrales se limitaban a no fallar, con eso se sentían triunfadores; Vitolo y Gameiro corrían con aparente criterio, pero tampoco fueron capaces de llevar esa apariencia al cero a dos en el marcador cuando pudieron hacerlo...

En definitiva, el Sevilla se fue dejando comer el terreno hasta que el Levante, que también juega, aprovechó las facilidades, incluidas las que le dieron también Coke y Beto. El empate era un golpe duro para los nervionenses, cierto, pero éstos fueron incapaces de sobreponerse, tal vez Konoplyanka fuera el que más oliera a colonia, si se permite ese símil, y el Sevilla sólo buscó el triunfo a través de un Immobile con el linimento fresco y que sí se rebeló contra esa desidia general. Este Sevilla tiene fútbol, de sobras, pero con eso no basta, la sangre en los ojos es indispensable y Emery debe inyectársela pronto a los suyos, hoy mejor que mañana.

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