La llamada tiene un coste
El Fiscal
Cuidado con el ofrecimiento de maniguetas o ciertas varas
La sortija de Herodes
El cuento de la neo-torrija
Sueñan algunos con ser manigueteros o con portar varas en presidencias y antepresidencias. Es comprensible el deseo y la ilusión por hacer la estación de penitencia cerca de los pasos que portan las sagradas imágenes. El problema es que un día se produzca la llamada soñada del hermano mayor o del diputado mayor de gobierno. "Hemos pensado en ti para la manigueta trasera, ya sabes que el hermano que siempre ocupaba ese sitio falleció hace unos meses". O el otro ofrecimiento que se realiza por alguna ayuda prestada: "Nos gustaría que nos acompañaras en la presidencia con una vara, creemos que es el año adecuado". El agraciado acude al reparto de papeletas, donde se entera que hay que pagar la limosna suplicada, que se suele llamar así por guardar las formas: "Son 300 euros". Hubo uno que no hace mucho tiempo renunció a la manigueta, se negó a pagar. Un numerito allí mismo. Se produjo el runrún. ¿Tieso? No, más bien orgulloso. Y es que, como siempre decimos, para que el poeta haga filigranas con la palabra, como aquello tan hermoso de "los varales son juncos cincelados", hacen falta un buen orfebre que repuje el metal y un hermano notable que ponga el dinero. Así de sencillo. Las cofradías las pagamos entre todos. Las cosas cuestan. Aunque esté feo hablar de dinero. Pero los jurdeles hay que gestionarlos. La tiesura es muy respetable, la grosería en ningún caso. Hay llamadas que son un honor, pero que tienen un coste: en limosna o en quedar retratado.
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