Semana Santa de Sevilla: el que pueda hacer, que haga

El Fiscal

Todos estamos llamados a cuidar una fiesta y un mundillo de las cofradías que evidencian una decadencia cada vez más honda, con hechos insólitos que colocan a las hermandades a la altura de partidos políticos

¡Frío, frío, papeletas de sitio en formato digital!

"Hermano mayor de esta nuestra hermandad"

Costaleros / M. G.
El Fiscal

01 de febrero 2026 - 04:00

Todo indica que el día que se estudie con perspectiva la Semana Santa de comienzos del siglo XXI se concluirá que ha sido un período (2000-2025) marcado por una decadencia con fecha de inicio precisa (Madrugada de 2000) y por una degradación con el efecto de una bomba racimo (período de pos-pandemia). El mundillo de las hermandades ha evolucionado en muy mala dirección por varias causas, ninguna de ellas ajena a otros ámbitos de la sociedad. Comenzamos el segundo cuarto de siglo en peores condiciones que el primero. No solo no hemos mejorado, sino que asistimos a una serie de acontecimientos que provocan entre sonrojo y perplejidad. Causa cierta ternura recordar cuando se reprochaba a los medios de comunicación que "desnudaran" determinados aspectos de la realidad de nuestras queridísimas cofradías: las votaciones para elegir pregonero, las cuestiones de economía (tributarias incluidas), las copias de seguridad de las imágenes sagradas, la organización de la carrera oficial... Ojalá cuanto se escupe masivamente hoy en las redes sociales estuviera elaborado con los criterios de profesionalidad (y también de cariño y tacto) con que se hacían aquellas informaciones a cargo de muy diversos profesionales. Hoy no hay desnudez, sino un caos absoluto en el que participan las propias hermandades, probablemente inconscientes del alcance de sus comunicados (tantas veces irrisorios en innecesarios). Estamos desatados, con el Norte perdido y embriagados por el exceso de carbón quemado y la escasez de incienso de calidad. Las buenas intenciones para luchar contra el frío espiritual a base de tomar la calle con procesiones nos ofrece muchas dudas, muchísimas. Es cierto que la autoridad eclesiástica, no solo en Sevilla, tiene un modelo definido: la piedad popular es el gran valor añadido de la Iglesia en el Sur de España. Pero el contexto de estos años pone en duda los supuestos beneficios, por tal motivo cabría una proceso de reflexión al respecto.

La situación de la Semana Santa es preocupante. Ahondamos en una crisis cuando quedan pocos meses para un cambio en el equipo de gobierno del Consejo de Cofradías. El nuevo deberá afrontar retos muy diferentes en intensidad a los de hace ocho años, como en su día hubo una junta superior que tuvo que aplicar grandes reformas a una carrera oficial que se organizaba con buena voluntad, pero sin planimetría, sin base de datos y sin controles. Hubo que reaccionar tras varos escándalos. Hasta la propia composición del Consejo parece poco operativa ya para los nuevos retos, que son la seguridad, la recuperación de competencias con respecto a la autoridad civil y la compleja tarea de fomentar una suerte de educación para la Semana Santa. Nadie quiere, ni respeta, ni valora aquello que no se conoce. Hemos desarrollado una cultura de la retransmisión de hechos cotidianos de la vida interna de la hermandad que, además de absurda, termina por banalizar los propios cauces oficiales de comunicación y, por supuesto, contribuye a encender polémicas nada recomendables. Hagamos una analogía con el fútbol. Si el presidente de un club se comporta como un forofo no puede exigir después compostura a los hinchas. Si los propios candidatos a hermano mayor hacen referencia en su campaña a vestidores, capataces y otros puestos que siempre debieron quedar en la vida interna, no pueden luego pretender cuando gobiernan que no haya polémicas y debates que lastren el buen nombre de la cofradía, o demandar que la imagen de la hermandad esté exclusivamente ceñida al culto, la formación y la caridad.

Falta mesura como se echan de menos perfiles de mayor fuste en el organigrama de las cofradías, voces de prestigio y con brillo propio que sepan templar, apostar por la recuperación de la normalidad perdida y recuperar viejos y hermosos estilos del saber estar y gobernar. Recordamos la reflexión del presidente Aznar a cuenta del bloqueo político que sufre España: "Quien pueda hacer, que haga". Una petición polémica para quienes realizaron una interpretación retorcida, pero que no deja de ser una invitación a que cada uno aporte lo que pueda desde su posición. En nuestro caso, el de la Semana Santa, todos estaríamos llamados a defender la necesidad de reflexionar, de apagar fuegos (lamentable el episodio de los costaleros de la Macarena), de volver a planteamientos donde no caben tantas campañas, asesores a sueldo ni esa necesidad de publicar cinco o seis mensajes diarios sobre la actividad institucional de la hermandad. No son ya las procesiones que salen todo el año, sino la frenética adición por contar hasta el cambio de la marca de jabón del aseo de la casa, la renovación del contrato del sacristán o la devolución de los cirios no usados. No podemos quejarnos de los pájaros de las redes sociales si no dejamos de sembrar alpiste. La Semana Santa actual necesita una gran sentada porque las alarmas suenan cada vez con más estruendo. No podemos provocar tantas polémicas. La clase dirigente, en general, tiene que ser más responsable. Y, sobre todo, tener en cuenta que los criterios de 2000 no sirven para 2026. Hoy todo tiene un eco desmesurado y una resonancia desbordante. Seguiremos.

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