Amor por sevillanas

Amor por sevillanas

24 de abril 2010 - 01:00

SI lo primero, enamorarse, le resulta difícil, más todavía hacerlo por sevillanas. Aunque tímido irredento como era, resolvió que no hay mejor modo de afrontar un problema que hacerlo en corto y por derecho; que lo de acometerlo poco a poco, dando treguas a la voluntad, puede ser una manera camuflada de dejar las cosas en su sitio. Por eso se matriculó en una academia de baile y por eso está ahora animoso en la caseta, dispuesto a encontrar la pareja que el destino, o la bruja del tren, tiene reservada para él con la predispuesta oportunidad de la Feria. Incluso ha logrado aprender tanto las formas de estar solo que provocan más reclamo, como las disposiciones para buscar compañía que mejor la procuran. De tal guisa que, en la coyuntura de un cambio de tercio, cuando los volantes de una muchacha hermosa desparraman donaire y aromas de mujer, ya se las vio frente a frente para sortear la primera con decisión. Y ahí lo tienen con arrojo, prendido de la mirada, absorto por el juego de las caderas y presto al delicado y más que sugerente trance de la insinuación. Entre la primera y la segunda, una sonrisa de ella no pudo interpretarla sino como muestra de complicidad, todavía más cuando, para corregir la postura, la mujer le ayudó a situarse y sintió el roce de sus manos como anticipo de la más plena cercanía. A la tercera, ya no quería que los cruces se resolvieran con la académica disposición de los pasos bien dados, ni le preocupa algún traspié ligero, sino que, cada vez más cerca, tienta la suerte para dejarle caer, como declaración repentina, lo guapa que era. La cuarta arrancó con un sonrojo gracioso en la cara de la mujer, que ya no fue tan diligente para corregirle la postura y hasta dejó de mirarlo como exige el genuino protocolo del baile. Él esperaba ansioso para agarrarla de la cintura, bien cumplidas las sevillanas del tanteo, y proponerle el refrigerio de la conversación. Pero, mientras buscaba un velador donde dar el definitivo esquinazo a la timidez, la vio colgada de los labios de un hombre solo, que no sabía bailar.

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