TEMPORAL
Así está Matalascañas tras los destrozos por la borrasca este fin de semana

Matalascañas, el paraíso amenazado

La Caja Negra

La urbanización nacida en 1966 por el impulso de Fraga Iribarne ha vivido el esplendor y la decadencia y se enfrenta ahora a su momento más delicado tras los destrozos provocados por la borrasca Francis

El ayesazo

El presidente entra en los templos que quiere

Los destrozos en el paseo marítimo de Matalascañas. / Ismael Rubio

Javier de Burgos dejó a la provincia de Sevilla sin costa en la división territorial que hizo de España en 1833. Sevilla se quedó cerca de tener su trozo de mar. Los sevillanos han hecho suyas por la vía del afecto las playas más próximas a lo largo de los últimos sesenta años. La construcción completa de la A-49 fue clave para tener a poco más de una hora los destinos de la Costa de la Luz. Ni punto de comparación el viaje en coche de Sevilla a las playas de Huelva en los años ochenta y noventa de la pasada centuria con el que se hace ahora, pese a la alta densidad de tráfico, las retenciones de los fines de semana de verano y la aparición de baches. La borrascaFrancisha derribado esta semana gran parte del paseo marítimo de la urbanización de Matalascañas, nacida gracias a los planes de desarrollo turístico de 1966 impulsados por el ministro Manuel Fraga. La empresa Playas del Coto de Doñana, S. A. (que figura todavía en las tapas de las alcantarillas) y la promotora suiza Doñana Landerschliebungs fueron levantando una urbanización de auténtico lujo en un enclave privilegiado, pues hoy pocas poblaciones pueden presumir de estar integradas en un parque nacional de la categoría de Doñana (reserva natural de la biosfera) y con tantos kilómetros de playa.

Los primeros pisos de la urbanización se comercializaron en los salones del Hotel Alfonso XIII de Sevilla, la alta aristocracia formaba parte de los consejos de administración de las promotoras (caso del príncipe Leopoldo de Baviera) y el acceso a la urbanización estaba vigilado por una barrera, como la que, por cierto, sigue hoy instalada de forma simbólica al comienzo de la urbanización Vistahermosa, en el Puerto de Santa María, donde se pueden apreciar las líneas generales del modelo original de la urbanización onubense: un centro comercial selecto, un número ordenado de chalés, pocos bloques de pisos, un par de hoteles y un templo. Pronto el desarrollo fue imparable, cosa que era previsible, y la idea original quedó muy superada. La especulación hizo de las suyas, las promotoras iniciales abandonaron un proyecto nacido al amparo de los planes de desarrollo turístico. Matalascañas creció, pero en una dirección muy diferente a la marcada en el proyecto inicial. Otras iniciativas urbanísticas como Costa Doñana, que buscaban la expansión en el tramo de la Peña hacia Mazagón, no llegaron a cuajar y estuvieron marcadas por fuertes polémicas. Matalascañas se había expandido hacia Caño Guerrero, con mercado y templo propios, y todavía se mantendría como una referencia de nivel durante unos años, basada siempre en su enclave inigualable y en unas infraestructuras hoteleras de peso.

La playa llegó a tener corresponsales de prensa en los veranos de los años ochenta y noventa que firmaban crónicas sociales específicas al estilo de la Costa del Sol. Contó con una discoteca (Surfasaurus) en la que llegaron a actuar Julio Iglesias y Lola Flores, e ilustres veraneantes, desde Helenio Herrera al cardenal Bueno Monreal, pasando por Antonio Burgos, Paloma Gómez Borrero o Rafael Gordillo. Y nunca se olviden las frecuentes visitas al restaurante El Pato del presidente Felipe González, al que le gustaba acudir desde el Palacio de las Marismillas, lugar que estableció como residencia de verano en sus años en el poder, además de usarlo para recibir a altos dignatarios en otras estaciones del año.

Tapa de alcantarilla con la denominación social de la primera constructora de la urbanización. / M. G.

Matalascañas contó con tertulias de intelectuales, con una librería de referencia como Cernuda (con letreros en alemán en atención a los muchos turistas germanos). La urbanización fue punto de reunión de periodistas (hoy sigue el bloque de pisos La Prensa, donde durante años se pudo ver al profesor y articulista Carlos Colón) y gozó de una red de hostelería y comercios de muy alta calidad: desde los restaurantes El Quijote (con sala de fiestas y barra americana), el Ciervo Azul y El Tivoli, o el más posterior de Manolo León, hasta la heladería Sol y Frío o la exquisita tienda de antigüedades Lola Ortega, que hoy se mantiene en la Plaza del Cabildo de Sevilla.

Uno de los folletos de promoción turística de la playa en sus comienzos. / M.G.

El actual alcalde de Almonte, Francisco Bella, conoce bien la historia de la playa. Y pocos alcaldes habrá que hayan mostrado una mayor ilusión por reimpulsar Matalascañas, un lugar absolutamente privilegiado que ha vivido años de esplendor, sufrió una posterior masificación (fenómeno muy similar al de otras playas próximas) rematada con el boom inmobiliario y un período de decadencia que ahora recibe un golpe que parece letal y que ha dejado en jaque el futuro de la playa, así como muchas viviendas de la primera línea, donde las obras están muy limitadas por la vigente normativa de costas (Ley 22/1988). La amenaza es seria y el futuro incierto. Hizo bien Francisco Bella en denunciar públicamente la situación, en pedir la ayuda del Gobierno y la intervención de la Unidad Militar de Emergencias. La reacción ha sido rápida. De pronto se ha derribado todo lo que era sólido, como diría Muñoz Molina, y la política debe ser ágil para interpretar la situación y, si es preciso, cambiar el orden de las prioridades.

Aporta un contexto adecuado el conocimiento de los orígenes de la urbanización, que tantos han criticado tantas veces, sobre todo esta semana, pero el reto no es ahora discutir cuanto se hizo hace 60 años, sino reparar y salvar. Queda tiempo para la temporada de verano. Almonte tiene un alcalde que sabe moverse en Madrid, pues tiene experiencia como senador. Ha sido ágil en poner el foco en los destrozos producidos y en fijar las cantidades económicas que se precisan. Toca hacer piña y pegar los aldabonazos que hagan falta. Todos los altavoces serán pocos para salvar una playa de Huelva que desde sus orígenes Sevilla hizo suya con todo cariño. Es la playa más próxima a Sevilla, a la que muchos sevillanos fueron en burro desde El Rocío en los años sesenta, y en ella acampaban para pasar el día y, con el paso de los años, fueron testigos de un desarrollo urbanístico disparado. La playa de Huelva, la provincia hermana, de donde los sevillanos reciben la lluvia y el contacto con el mar.

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