Víctimas del imperialismo
Palabra en guardia
El autor supo mantenerse como una de las voces más inconformistas a lo largo de su itinerante biografía. Su activismo político no impidió que estuviera reinventándose toda su trayectoria.
Los halagos y los premios no escriben por ti, decía Juan Gelman. Quizás por ello ha fallecido, a los 83 años de edad, habiendo recibido el Premio Cervantes, el Juan Rulfo o el Reina Sofía, pero siendo también uno de los poetas más inconformistas de nuestra lengua. Transitando de una a otra estética, Gelman cuenta en su haber con títulos tan importantes para nuestra tradición lírica como Los poemas de Sidney West (1969), Cólera Buey (1971), Dibaxu (1985) o Salarios del impío (1998). Fue un incansable activista político, pero su obra no puede explicarse sin las vanguardias o, mejor dicho, sin el después de las vanguardias y su aplastante canon. Como Gelman, los poetas Nicanor Parra, Enrique Lihn, Ernesto Cardenal, Antonio Cisneros o José Emilio Pacheco pusieron en pie una obra consciente del cruce entre poesía, política e historia, y sin embargo en guardia contra el realismo socialista. Más deudor del peruano César Vallejo que de Pablo Neruda, Gelman escribió sin pretensiones totalizadoras, negándose al dogmatismo de la esclerótica poesía panfletaria y desestabilizando su discurso para garantizar una continua transformación, su vida póstuma.
Hijo de un judío ucraniano revolucionario que decidió emigrar a Buenos Aires, Gelman tuvo una biografía itinerante que marcaron sucesivas militancias políticas, desengaños y nuevas militancias. Perteneció al Partido Comunista, a las Fuerzas Armadas Revolucionarias, a los Montoneros y, a lo largo de su vida, fue rompiendo con todos ellos. En 1975 fue condenado a muerte por la Alianza Anticomunista Argentina y se vio obligado a exiliarse. Sus gestiones en el extranjero lograron el primer repudio a la dictadura argentina, publicado en 1976 en Le Monde. Ese mismo año, los militares en el poder secuestraron a su hijo (a quien ejecutaron) y a su nuera encinta, que permanece desaparecida. Su nieta, entregada tras nacer a un militar, fue localizada en el año 2000, cuando pudo reencontrarse con Gelman, reconociéndolo como abuelo.
La política que caracterizó toda su vida no es, sin embargo, en su poesía una dominante temática: es un desafío. Un cruce, como ha señalado el poeta Jorge Boccanera, entre la imaginación y la conciencia. Una forma de entender el lenguaje que lo llevaba siempre más lejos y más adentro. Gelman era un autor conversacional que transformó el castellano escrito, recurriendo indistintamente al argentino coloquial o al literario sefardí, y haciéndolo siempre con una extraordinaria libertad. Escribir suponía para él buscar algo que no se alcanza y que te obliga a caminar por vías insospechadas, donde terminan aunándose política y misterio. En unos versos tempranos del libro Violín y otras cuestiones (1956), escribió: "Quién pudiera agarrarte por la cola / magiafantasmanieblapoesía! / ¡Acostarse contigo una vez sola / y después enterrar esa manía! / ¡Quién pudiera agarrarte por la cola!". Pero la poesía se vive, decía Gelman, desde la obsesión.
Como afirma Miguel Dalmaroni, Gelman desquició el coloquialismo de los años 60, trabajando el español literario del Siglo de Oro, el de la gauchesca y el porteño oral, hasta trastornarlos. Su poesía llevó a cabo una intervención experimental en los dialectos, que aspiraba a deshablar la lengua castellana. Utilizaba para ello giros extranjerizantes, infantiles, místicos, balbuceantes, incluso agramaticales, como una forma de zarandear el idioma desde fuera de su ley. Dice así el último poema de Gotán (1962): "Ha muerto un hombre y están juntando su sangre en cucharitas, / querido juan, has muerto finalmente. / De nada te valieron tus pedazos / mojados en ternura. / Cómo ha sido posible / que te fueras por un agujerito / y nadie haya ponido el dedo / para que te quedaras".
Durante el discurso de recepción del Premio Cervantes, Gelman habló de Don Quijote, nombrando a un gran maestro granadino: "Creo, sin embargo, como el historiador y filósofo Juan Carlos Rodríguez, que el Quijote es una gran novela de amor. Del amor imposible. En el amor se da lo que no se tiene y se recibe lo que no se da y ahí está la presencia del ser amado nunca visto, el amor a un mundo más humano nunca visto y torpemente entrevisto, el amor a una mujer que no es y a una justicia para todos que no es". También durante ese mismo discurso, mencionando a Marina Tsvetaeva, afirmó: "La gran poeta rusa aniquilada por el estalinismo recordó alguna vez que el poeta no vive para escribir. Escribe para vivir". Vive Gelman, por ello, más allá de su muerte.
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