Juan Manuel Gil: “Hoy hablamos todo el rato, pero lo revolucionario es escuchar a los otros”
El narrador almeriense regresa con ‘Majareta’, en la que el altercado protagonizado por el conserje de un colegio sirve de premisa para el retrato, lleno de humor y ternura, de todo un vecindario.
Con la premisa del altercado que provoca el conserje de un colegio al que prejubilan de repente, Juan Manuel Gil pone a hablar en Majareta, su nueva novela, editada como las últimas por Seix Barral, a todo un barrio. Vecinos que señalan a Leo Almada como un tipo inadaptado y que con sus voces conforman “una vidriera imponente, con muchos colores y atravesada por una luz intensa”, la esquiva y fascinante naturaleza humana. El narrador asegura que Majareta es el libro “que más he disfrutado, que más me ha divertido, y que al mismo tiempo más estructurado tenía: otras veces entraba en la selva con el machete”, dice sobre una propuesta donde la inteligencia, el humor y la ternura –marcas de la casa en la obra del almeriense– se alinean para describir la vida.
Pregunta.–Hay quien percibe a este Leo Almada como “una máquina de matar”, un “cíborg fuera de control”, otros lo ven como un tipo culto y raro. Todos somos una suma de contrastes, depende de quién nos mire.
Respuesta.–Yo creo que todos somos un poco Majareta, que tenemos algo de Leo. Nos hemos sentido incomprendidos alguna vez. Somos lo que pensamos de nosotros mismos, pero también lo que piensa nuestro entorno de nosotros. Es imposible delimitar nuestra identidad, y eso en el fondo es una fortuna, porque la literatura vive precisamente de esa imposibilidad, del intento de apresar algo que nunca vas a poder agarrar del todo.
P.–La inspiración de este libro procede de su infancia: el conserje de su colegio tenía una vivienda dentro del centro y se quedaba a dormir allí.
R.–A mí esa idea me parecía fascinante y terrorífica al mismo tiempo. Yo siempre me imaginaba que mi padre tenía ese trabajo, y que cuando tocaba el timbre el viernes a las tres de la tarde yo me tenía que quedar. Ahí había una historia propia de Stephen King, similar a El resplandor. ¿Cómo sería pasar los fines de semana en esos pasillos vacíos, en las aulas donde tú entre semana recibías clases de Matemáticas o Ciencias Naturales? Esa imagen me ha acompañado estos años, y he hablado de ella con antiguos compañeros. Y cuando algo se te instala en la memoria es que está esperando salir en una novela...
“Un mundo que está concebido para el trabajo no nos prepara para la jubilación”
P.–Cuando ganó el Premio Biblioteca Breve en 2021 recordó un sueño que había tenido: que un editor le obligaba a ponerse un nombre anglosajón, y usted estaba molesto porque sus vecinos no lo iban a reconocer. El barrio siempre le ha importado, y en Majareta más.
R.–El mosaico de personajes que aparece aquí podría recordar a la gente del edificio en el que vivo, a las personas que te encuentras en mi calle, al frutero, al farmacéutico, al taxista... A mí me interesa hablar de lo que me afecta, lo que me concierne, y tengo la esperanza de si partes de esa verdad el lector sentirá que en esa narración hay algo suyo, que las calles que describo le recuerdan a sus calles, que las inquietudes de las que hablo son las mismas que él tiene.
P.–¿Le costó mucho afinar esas voces para que resultaran naturales? Reproducir el habla coloquial sin que quede impostado es ciertamente difícil.
R.–Ese era uno de los grandes retos a los que me enfrentaba, sin duda, porque el libro no deja de ser literario, escritura trabajada y artificio, pero por otro lado necesitaba esa chispa, ese sentido del humor, que tenemos en la conversación diaria. Con Majareta he vivido algo muy hermoso, y es que desde hace años en mis presentaciones los lectores se me acercaban y me confesaban, una y otra vez: Si yo te contara mi vida, podrías escribir una novela. Eso me ha perseguido, y yo, lo admito, siempre lo vivía con pesadumbre. ¡Otra vez me salen con eso! Pero escribiendo este libro, pensé: Venga, pues voy a hacerlo. En lugar de que el autor, que no aparece, cuente la historia, van a contarla todas esas personas que creen tener dentro de sí una novela. Voy a darles la atención, el protagonismo, a cumplir lo que me habían pedido...
P.–Todos charlan sobre Leo, que sin embargo se mantiene en un prudente silencio. Hoy, ¿hablamos demasiado?
R.–Yo creo que sí, que estamos en una época de mucho ruido, de mucha chatarra informativa. Todos tenemos algo que decir, que publicar, que ofrecer... Sentimos la necesidad de ser oídos cuando la verdadera revolución es escuchar. Es un gesto de amor, pero también es un acto político. La escucha siempre requiere serenidad, sosiego, análisis, y eso es lo único que nos aleja ahora de fake news, bulos, chismes... Algo que quería contar en esta obra es cómo la vida de este hombre, de Leo Almada, se conforma a través de una constelación de rumores y de medias verdades. Lo han etiquetado como raro, han levantado un muro y nadie se preocupa de quién está al otro lado. Uno de los testimonios dice que de ese frío no te salvan ni las sábanas de franela: como te conviertas en el foco de atención, el chisme es una lava que te sepulta.
P.–Su conserje, al que prejubilan, puede verse como un símbolo de un mundo que nos ha educado para producir y no nos prepara para detenernos.
R.–Lo primero que se pone en las biografías es la ciudad y la fecha en la que naciste, el lugar y el año del fallecimiento si has muerto, y lo que eras, a lo que te dedicabas. Es imposible explicar a alguien sin detallar su oficio: fue profesor, escritor, barrendero, médico. ¿Y qué ocurre cuando te jubilan? En un momento contradictorio en el que el Estado te dice que deberías trabajar hasta los 68, pero la empresa te quiere quitar antes de en medio porque le resultas costoso. En ese mundo surge una cuestión: ¿qué nos espera el día después? ¿Estamos preparados? Los números dicen que no.
“No sabemos quiénes somos del todo, y la literatura vive de esa imposibilidad”
P.–Bajo el tono de comedia, usted habla de asuntos dolorosos como el suicidio o la soledad.
R.–Utilizo el humor como una especie de antibiótico que me permite acercarme a las cosas que me abrasan en mi vida personal. Yo tengo preocupaciones, como cualquier ciudadano, y a la hora de tratarlas el humor sale en mi ayuda. Todas mis novelas tienen en el centro un dolor que no sé gestionar en mi vida, del que intento librarme compartiéndolo con los lectores.
P.–Entre los testimonios ha incluido el de la alumna de un taller de escritura creativa...
R.–En ocasiones, si intentamos aplicar las normas y los resortes de la literatura a la vida, nuestra existencia puede resultar decepcionante. Porque normalmente el día a día no tiene giros inesperados, ni tensión ni emoción. Pero yo, si le digo la verdad, no puedo separar la realidad de la ficción. Y mis lectores tampoco: piensan que mis padres son como salen en las novelas. Mi padre no se queja, está encantado. El hombre ha llegado a firmar ejemplares de mis libros [ríe].
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